6 julio, 2014

El mayor problema que existe en Costa Rica para poder descentralizar el arte es la carencia, en las provincias y los cantones fuera de San José, de casas de cultura, pequeños auditorios y locales aptos para actividades artísticas. Sin embargo, con la cooperación de tres importantes entidades –el Ministerio de Cultura y Juventud, el Ministerio de Educación (MEP) y las municipalidades–, se podría lograr esta primordial meta.

El mejor ejemplo lo he visto en la Escuela Municipal de Artes Integradas de Santa Ana (EMAI). Este es un maravilloso proyecto que fundó el maestro Jorge Luis Acevedo. Hace 15 años inició con el Festival de Música Barroca y, después de años de exitosos festivales, el interés de la comunidad era tan grande, que obtuvo un convenio con la Municipalidad de Santa Ana: primero les donaron un terreno y los medios para la construcción del imponente edificio que alberga la EMAI, y luego consiguieron la asignación anual de un 3% del presupuesto municipal. A esto se suman unas horas profesor dadas por el MEP y otras por el Sistema Nacional de Educación Musical (Sinem).

El maestro Acevedo ha trabajado ad honórem todos estos años, después de una fructífera labor en la UCR como profesor de canto, director de la Escuela de Artes Musicales y antes de su retiro como decano de Bellas Artes.

Arte para todos. La EMAI es un modelo para la descentralización y regionalización de la enseñanza de las artes, lo cual la convierte en un prototipo de transformación social a través del arte. Entre sus 2.000 estudiantes se da un dinamismo casi mágico, donde convergen niños, jóvenes y adultos. Padres de familia tocan un instrumento, pintan o danzan con sus hijos, incluso abuelas con sus nietos. Un coro, una banda, y una orquesta hacen que jóvenes, adultos y adultos mayores cultiven el arte, pero también la tolerancia y el respeto intergeneracional.

El panorama se enriquece con bellos murales y esculturas, y también con exposiciones permanentes en la galería. Los amplios corredores y el auditorio son constantemente ocupados por organizaciones comunales, colegios, escuelas y otras instituciones públicas y privadas.

Todos estos cursos se dan al bajísimo costo de ¢12.000 por cuatrimestre, y hay un sistema de becas para ayudar a los estudiantes talentosos o de escasos recursos.

En síntesis: se ha consolidado un programa social de formación artística y valores humanos que integran la familia. Además, se genera una intensa actividad artística, la cual se proyecta a la comunidad, contribuyendo así al desarrollo cultural de la sociedad, la formación integral del individuo, la autoestima y la integración familiar.

Este proyecto es “único” en el país y debería de ser emulado (en pequeño) por otras municipalidades para beneficio de sus ciudadanos.

Arte en la montaña. Otro estupendo ejemplo ha sido lo que ha logrado la violinista Gloria Waissbluth en Monteverde. Era tal la sed de cultura que encontró en esta comunidad hace más de 25 años, que inició un festival de música que se continuó por un largo período.

Luego, Waissbluth se fue a vivir a Monteverde y siguió cooperando con la comunidad. El anhelo por el arte que siguió encontrando es el mismo que tienen muchas localidades fuera del área central, las cuales no tienen ayuda estatal para proyectos de desarrollo cultural.

Un grupo de ciudadanos de Monteverde, con la pasión y liderazgo de doña Gloria, se unió para crear un movimiento coral y luego construyó un teatro en la antigua bodega de reciclaje de basura. Las actividades semanales tenían el nombre de Reciclando Cultura y fueron de gran éxito. Sin embargo, por razones que ignoro, se cerró el teatro a tres o cuatro años de haberse abierto.

Pero eso no impidió que Waissbluth siguiera haciendo actividades culturales en el colegio de Monteverde. El hecho de que ella y otros conciudadanos sigan luchando por llevar arte a su ayuntamiento merece un fuerte aplauso y el ser emulado por otras comunidades.

Posible salida. ¿Cual sería una posible solución? Desde hace varios años los montos que se gastan en el FIA (Festival Internacional de las Artes) y el FNA (Festival Nacional de las Artes) han ido creciendo.

Un ejemplo: este último FIA costó ¢1.200 millones. Si estos festivales se dejaran de hacer por varios años, ¿se pueden imaginar todo lo que se haría con este dinero en comunidades fuera de la capital? Casas de cultura, pequeños auditorios, renovación de cines de los pueblos para convertirlos en teatros, y tanto más. Esto, aunado a la cooperación ciudadana de cada lugar, la ayuda del MEP y un porcentaje anual de las municipalidades de cada comunidad, sería una posible solución para llevar el arte a todo el país.

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