24 junio, 2014

Medir una educación de calidad es muy complejo y va más allá de la opinión que podemos tener comúnmente al respecto. En un esfuerzo por simplificar las cosas, es frecuente pedir prestado del mundo empresarial modelos e indicadores para aplicarlos a los sistemas educativos. Y, aunque puede haber algo de ingenuidad y de buena intención, a la larga, se termina intoxicando lo que debe entenderse como educación de calidad.

Eficiencia. Si se aplica el criterio de eficiencia en educación se piensa en el adecuado uso del recurso disponible: presupuesto educativo, infraestructura educativa, equipamiento educativo, tecnología entre otros. Aunque todo es relevante, ninguno de estos tiene suficiente peso para asegurar una educación de calidad. Se puede tener una joya arquitectónica como colegio, pero sin asegurar que al interior de la misma haya un ambiente sano de convivencia o se esté impartiendo una formación pertinente.

Eficacia. Cuando deseamos medir el impacto de lo que se hace se recurre a la evaluación. De ahí que existe la tentación de poner cada vez más pruebas para conocer cuánto están aprendiendo nuestros estudiantes. Sin embargo, existe suficiente evidencia internacional de los peligros de esta tentación: mata la creatividad de los alumnos y de los profesores, limita la innovación pedagógica, la prueba y sus resultados se convierten en un fin en sí mismos, no miden el aprendizaje profundo.

Efectividad. Conocemos la cantidad de estudiantes que se gradúan cada año, así como aquellos que por diversas razones abandonan los estudios. Evidentemente se puede mejorar en estas cifras. Pero no es sencillo de medir si logramos formar a estudiantes amante de su patria, con espíritu democrático y solidario. Es difícil conocer si encontraron un claro horizonte vocacional en sus vidas tal y como se espera. Sirvan estos ejemplos para demostrar la complejidad del proceso educativo y de las tareas encomendadas a los profesionales en educación.

La buena noticia es que crece el consenso, gracias a los múltiples estudios que se están haciendo, de cuáles son los factores más determinantes para asegurar una educación de calidad. Aquí mencionaré tres de ellos.

Docentes. El docente no puede ser sustituido por un curso online, ni por una computadora. Los mejores sistemas educativos del mundo valoran a sus docentes y se esmeran para que tengan la mejor preparación posible. Con un alto nivel de preparación y profesionalismo los docentes pueden hacer frente, colectivamente, a la heterogeneidad de sus alumnos. El buen vínculo entre los estudiantes y los profesores es una poderosa condición para el éxito escolar.

Factores internos. El estudiante es muy activo de su propio aprendizaje. Por esta razón, debe estar motivado, capacitado para aprender de los errores, conocer sus habilidades para el estudio, saber administrar su tiempo. La prueba internacional PISA llama a estos estudiantes pues son capaces de superar las limitaciones circunstanciales de su familia o del colegio y lograr éxito educativo.

Cultura educativa. Las altas expectativas hacia los estudiantes, inculcar el valor hacia la lectura, la importancia social y familiar dada al estudio son soportes esenciales para el aprendizaje. No se puede logra la excelencia en educación cuando se está atrapado en una cultura del fracaso, y donde hay indiferencia al mal desempeño y bajas expectativas de lo que alumnos pueden lograr.

Hoy todos los sistemas educativos del mundo están cambiando. Los más exitosos, como Finlandia, son un referente para los demás. Lo que podemos aprender de ellos es que una educación de calidad requiere de una visión a largo plazo, coherencia en las políticas educativas, relevancia social de la profesión docente, menos individualismo y, además, la colaboración de todos.

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