6 mayo, 2015

La reciente polémica sobre Cocorí coincidió con mi participación en un foro internacional de naciones líderes en innovación educativa.

Desde lejos, escuchaba los ecos del debate, y estaba segura de que al regreso habría un momento para participar, motivada por los diferentes puntos de vista que lo han enriquecido.

En mi caso particular, el interés es tratar de entender lo que está detrás del debate: en cierto sentido, trascenderlo. El punto de partida es, sin duda alguna, la circunstancia específica de la petición que formulan destacadas representantes de la comunidad afrocostarricense en relación con la permanencia de esta obra en la lista de lecturas escolares. Pero la nutrida discusión que esto ha generado puso sobre la mesa algo que sin duda sobrepasa un texto y un autor específicos para remitir a una discusión mucho más profunda, más dolorosa y más compleja.

Me refiero al papel de la creación artística en la construcción del imaginario social, a su eventual vínculo con la reproducción de estereotipos y, más allá de esto, a la efectiva existencia de prejuicios y discriminación en nuestra sociedad, sin dejar de lado la función del sistema escolar en este complejo entramado.

Voces en libertad. Digamos, para empezar, que uno de los rasgos que más admiramos de las sociedades abiertas y sin temor a la discusión de las ideas y puntos de vista –sociedades que se toman en serio el arte y la literatura y leen libros– es que defienden de manera implacable la libertad de los artistas. ¡Que no se silencie el arte, que no se pongan trabas a las voces, muchas veces incómodas, de las personas creadoras!

Evidentemente, esta convicción tiene su correlato: que fluyan igualmente, con similar volumen, las opiniones críticas –no acalladoras– sobre las obras, las más diversas y arriesgadas valoraciones sobre la producción cultural.

Una libertad de escritura que se completa con la libertad de lectoras y lectores. Cuanto más libre la palabra –de quien escribe y quien lee y opina– más lejana de los estereotipos y los prejuicios sociales.

Por ello, destacadas escuelas de pensamiento crítico sobre la literatura parten de una suerte de coincidencia entre el alcance ético de una obra y su plena realización propiamente estética. O dicho de otra manera, entre más logro estético alcance una obra, más capacidad tiene de expresar, superándolo su propio contexto de producción, de ir más allá de su tiempo y de las condiciones históricas que le dieron vida.

Cocorí . ¿Y qué sucede con Cocorí ? En estudios que realicé y publiqué sobre la producción de Joaquín Gutiérrez, a quien no dudo en calificar como uno de los autores clave de la literatura costarricense del siglo XX, de cuya mano el género novelesco avanza hacia su consolidación en Costa Rica, no dejé de valorar la particularidad de este relato. Prueba indiscutible de ello son las lecturas que en pocos días se han agolpado –defensores y detractores– de quienes por una parte extraen segmentos con claros matices racistas, junto a otros (otras) que rescatan importantes valores ligados al personaje infantil.

Ambos sentidos coexisten en el texto como huella indiscutible del momento histórico en el que se produce –un lenguaje marcado por la historia, con todo lo que esto supone en términos de limitación y de oportunidad– y del momento creativo mismo del propio escritor.

Por ello, resulta simplificador etiquetar un texto literario –si lo es– como racista, reduciéndolo al nivel de cualquier panfleto propagandístico, o pretender vaciarlo completamente de historia y colocarlo en un inexistente espacio de eternidad y perfección. Por ello también, estrictamente hablando, toda lectura literaria es un reto a la inteligencia y a la comprensión.

La literatura es un tejido complejo cargado de historia y de sentido, de contradicciones, y el papel del educador consiste en crear las condiciones para que los educandos estén en capacidad de desmontar este edificio y ponerlo en perspectiva, liberarse de él, escaparse de la esclavitud de sus enfoques seductores.

¿Y no será esto un buen entrenamiento para enfrentarnos en la vida a todo hecho de sentido? ¿No se relacionará con lo que damos en llamar –y repetimos con satisfacción– “lectura crítica”, “personas críticas”?

¿Temor a las aulas? De ahí que el asunto de si se trata de una lectura “obligatoria” u “opcional”, si bien es un dato, no resulta para nada lo esencial de esta discusión.

Más que el adjetivo (obligatoria o no), aquí lo que interesa es la sustancia, el sustantivo: sí, la lectura. Si excluimos o silenciamos textos, ¿contribuimos con ello a que los estudiantes, los futuros ciudadanos y ciudadanas, tengan criterio para enfrentarse a esos diversos hechos de sentido que los asaltarán a lo largo de la vida? En otras palabras, ¿habrá un lugar más apropiado para desenmascarar eventuales prejuicios discriminatorios, mitos y lugares comunes, que el aula, con el acompañamiento de un educador?

Yo por lo menos trabajé buena parte de mi vida formando educadores en lengua y literatura, que no es otra cosa que aprender a leer y a escribir por uno mismo, a descifrar los textos ubicándolos en su propio contexto de producción y leyéndolos desde un espacio de libertad bien ganada.

Lo que está en juego. Por todo lo anterior, según mi criterio, lo que verdaderamente está en juego en este debate va mucho más allá de si un texto determinado se queda o se va. Censurarlo y expulsarlo, o sacralizarlo y censurar a quien se atreve a una lectura crítica, resulta igualmente inapropiado y sobre todo estéril.

Probablemente lo que esta discusión enmascara es el temor que tenemos a hacernos las preguntas de fondo, esas que duelen porque nos enfrentan a una realidad compleja que preferimos negar: ¿Qué calidad de lectura estamos propiciando realmente en las aulas? En otras palabras, ¿estamos haciendo bien la tarea? ¿Cómo estamos enfrentando en el sistema escolar el racismo, la discriminación racial y la xenofobia?

En lo que se refiere al racismo y a su superación, mucho camino nos falta por recorrer en Costa Rica. Pero un paso decisivo es que empecemos a hablar directamente de ello, que reconozcamos su existencia, sin convertir en víctima al mensajero que nos trajo la noticia. Tenemos relevantes puntos de partida: intelectuales –en el caso del racismo hacia la población afro–, de la talla de Quince Duncan o Rina Cáceres, cuyas renovadas investigaciones sobre el tema nos permiten –nos obligan– a revisar muchas cosas: el enfoque de los textos de historia, la deuda con la población afrocostarricense, cuyo legado hemos invisibilizado. Y además de esto, la mediación pedagógica y el acompañamiento a las lecturas (obligatorias o no), y hasta la propia ilustración de los textos.

Actuar ya. Tenemos en el Ministerio de Educación Pública dos importantes espacios para enfrentar estos desafíos: la Comisión de Estudios sobre Personas Afrodescendientes y el Departamento de Interculturalidad, cuya misión es amplia. Y en ambos casos la participación de gente muy calificada y comprometida. Evidentemente, esto se enmarca dentro de las iniciativas que a escala nacional ha promovido el señor presidente, Luis Guillermo Solís, quien nombró a Quince Duncan Moodie comisionado de la presidencia de la República para asuntos relacionados con la comunidad afrocostarricense y dictó la directriz “Sobre el decenio internacional de los afrodescendientes”, publicada en La Gaceta N.º 77, del miércoles 22 de abril del 2015, mediante la cual el Poder Ejecutivo y los entes descentralizados se unirán al cumplimiento de los objetivos de la Proclamación del Decenio Internacional de los Afrodescendientes, hecha por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, y a la vez formularán políticas públicas que, según el ámbito de su competencia, cumplan lo planteado en el Programa de actividades del Decenio Internacional para los Afrodescendientes, aprobado también por la Asamblea General de la ONU.

El objetivo final es que una serie de valiosos esfuerzos dejen de ser hechos aislados y se conviertan en política pública, que nos asumamos realmente como una nación multiétnica y pluricultural y desterremos la odiosa discriminación y el racismo.

El sistema educativo tiene una enorme responsabilidad en la construcción de una sociedad respetuosa de la dignidad y los derechos humanos de todas las personas, responsabilidad que estamos asumiendo.

*La autora es ministra de Educación.