12 junio, 2015

Cocorí nació de la misma edad que yo tenía entonces. Nos llegó un nuevo hermano, que siempre nos gustó. Nos emocionaba, nos divertía.

Disfrutábamos a sus amigos: el tití era gracioso, doña Modorra inspiraba ternura y respeto, pero, de todos ellos, yo prefería al Negro Cantor.

Era el poeta. Mi padre me había explicado: hay cosas que son verdad, otras, mentira. El resto es poesía. El Negro Cantor era sabio, con su poesía despertaba los secretos más intrincados, me acercaba a los misterios, rozaba la belleza.

Me abrieron ese país donde había yo nacido y que no conocía. De doce años fui a conocer a mis abuelos: un viaje largo de 16 horas hasta Panamá, de ahí a Costa Rica.

Llevaba varios encargos y deseos. Por supuesto, encontrarme con mi familia tica: abuelos, tíos, primos. Visitar a don Joaquín García Monge, quien conversó más de una hora con esa niña encaramada en uno de sus negros sillones grandes de cuero. Fabián Dobles me invitó a su casa y conocí a su familia y a amigos de la literatura y el partido: Carlos Luis Fallas, Luisa González…

Además, muy importante, debía viajar a Limón. Conservo (o me conservaron mejor dicho) una carta de once páginas que enviara a casa con la descripción de la naturaleza que maravillaba, de las gentes que iba descubriendo. Descubría Costa Rica, la que mi padre añoraba, que logré vislumbrar a través de sus relatos y que yo procuraba acercar imitando el acento tico.

No sabía, lo comprendí años después, que, al leer Cocorí, estaba leyendo también un texto en contra de la discriminación y el racismo.

Cocorí era mi hermanito. La selva, subyugante, peligrosa también, y bella, era la vida que se abría. Había que tener el coraje de Cocorí para recorrerla. Y su curiosidad y perseverancia. Más Cocorí no estaba solo: sus amigos lo ayudaban y protegían. Y el Negro Cantor lo inspiraba y alentaba.

Frente a la ventana del dormitorio de mi padre, en su casa en la urbanización Alma Máter, crecía una gran planta con flores que colgaban carnosas, rosadas intensas y que un colibrí visitaba esporádicamente.

Mi padre podía contemplarlas desde su cama, en las mañanas o cuando estaba enfermo. De vuelta a Chile, después de uno de mis viajes a Costa Rica, al abrir la maleta me encontré una de ellas.

Él la había escondido allí sin que yo lo notara. Y había pasado la aduana, inadvertida. La puse en agua, pero no pude lograr que me siguiera acompañando, finalmente se secó, en Chile no hay flores así.

No pude ser como Mamá Drusila: a punta de cariño, hizo crecer un rosal para su negrito.

Cuando velaban a mi padre en el foyer del Teatro Nacional, escuché de pronto un rumor: llegó Cocorí. Mira, vino a despedirlo.

Lo vi. A algunos pasos de distancia, a los pies del ataúd, estaba un niño, tendría quizá diez o doce años, de azul creo, solo, en silencio. Lamento no haber tenido fuerzas para acercarme. Era un niño negro. Fue mágico.

La autora reside en Santiago de Chile.