La historia de la influencia occidental es plétora en grandezas, pero también en miserias

 3 abril

¿Claudicará Occidente a sus valores culturales? ¿Renunciará a influir en el mundo como lo ha hecho a lo largo de la historia? La respuesta ofrece muchos vectores. Lo cierto es que cuando lo bueno de nuestros valores occidentales se ha propagado por vías pacíficas, mediante la influencia del buen comercio, la asistencia internacional norte-sur, el sacrificio misionero de la Iglesia con una vocación solidaria o el sensato derecho internacional –por poner solo algunos ejemplos–, la huella benefactora ha sido invaluable.

Hay, sin embargo, una fuerza centrífuga que poco a poco tiende a minar los valores culturales que le dieron a Occidente su grandeza. Influidas por el materialismo, las sociedades de consumo occidentales promueven una entropía proclive a vaciar de toda identidad a nuestros pueblos.

La consigna es que, en el altar de la idolatría de la tolerancia absoluta, debemos dejar de ser lo que somos para evitar salir de la zona confortable de una era de vacíos. De ser así, el precio por pagar a largo plazo será enorme, pues donde no hay identidad, se pierde la cultura.

Adviértase que ella exige la defensa de un indispensable conjunto de principios que le permiten existir. Los “bien pensantes” me contestarán con la tesis, “políticamente correcta”, de que todas las manifestaciones de conducta social o sistemas de convivencia y organización humana se deben valorar con la misma medida o “tabula rasa”.

Quien así opina, cierra sus ojos. Solo citaré algunos ejemplos que permiten justipreciar lo errado de esa óptica.

Sistema opresivo. Fue gracias a la influencia cultural y espiritual de Occidente que se logró socavar el sistema opresivo de castas en la India, que solo por una condición genealógica de nacimiento condenaba a una vida de terrible opresión y máxima vileza a millones de hindúes.

Si se nacía brahmán, solo por tal condición se nacía con privilegios absolutos; por el contrario, si se nacía paria, no se tenía derecho alguno. Incluso en épocas recientes, misioneros occidentales afincados en aquella nación documentaban que la prensa de ese país reportaba, ordinariamente, y con el consentimiento implícito de la población, las matanzas de hijos por parte de sus padres, sustentadas dichas prácticas en cosmovisiones subculturales aberrantes.

Los misioneros occidentales debían empeñarse en convencer a la población sobre lo errado de prácticas perversas arraigadas en su convivencia.

Más ilustraciones. Es por la influencia de los valores culturales de Occidente que desaparece la arraigada práctica de la esclavitud, la cual era más ancestral que la misma civilización humana.

De hecho, donde es abolida por vez primera la esclavitud es propiamente en la Inglaterra de 1772, con el caso Somersett. A partir de ahí, fue desapareciendo en el resto del planeta.

Si de ejemplos históricos se trata, son innumerables. Quienes sostienen la inconveniencia de influir otras culturas, no disciernen el crimen contra la solidaridad que se comete, al ser indiferentes con quienes son víctimas de la crueldad de sus propias subculturas.

Prácticas indígenas. Incluso podemos citar experiencias en nuestro propio territorio. El eximio historiador Carlos Meléndez, en sus obras de investigación referidas a la Costa Rica precolombina, menciona la práctica de algunos caciques sujetos a la jurisdicción huetar de Acserí que, con ocasión de las muertes de los señores de la tribu, asesinaban a grupos de sus sirvientes para enterrarlos –en acompañamiento mortuorio– juntamente con oro, mantas y otros bienes. Lo que en las prácticas nativas precolombinas denominaban “enterramientos secundarios”.

La desaparición de esas inicuas prácticas nos demuestra que una correcta influencia cultural puede ennoblecer la convivencia.

Ahora bien, debe reconocerse la contracara del asunto. Para educar a los súbditos indios del raj, los parlamentarios Charles Grant y William Wilberforce lucharon dos décadas en el Parlamento británico para exigir a la Compañía de las Indias Orientales la inversión de cien mil rupias derivadas de sus ganancias. Pese a sus inmensas utilidades, se resistían a devolverles algo de lo mucho que obtenían.

La referencia histórica ofrece la siguiente lección: el problema surge cuando la influencia occidental se reduce a una mera codicia político-económica. En otras palabras, cuando la acción que genera la influencia –el hecho influyente– carece de valor moral.

En su obra Combate moral, Michael Burleigh nos muestra la visión de un grupo de naciones –imbuidas por la defensa de sus valores–, que decidieron tomar acción para influir con una genuina vocación moral; me refiero a la guerra de la Resistencia francesa, Gran Bretaña y los Estados Unidos contra el nazismo alemán y el fascismo italiano. Y después, en un largo proceso posterior, contra el marxismo soviético tras la cortina de hierro.

Pese a que nuevamente al fascismo y al marxismo le han surgido entusiastas defensores, nadie que se precie de un sincero espíritu de bondad se atrevería a afirmar que la subcultura impuesta por el III Reich, con sus campos genocidas sustentados en nociones racistas, sea la “cultura” que merecía prevalecer entonces. O bien, que el marxismo soviético, con sus gulags y su materialismo totalitario, fuese un preferible ganador, frente a la batalla moral que en Europa del Este, con sus homilías en las plazas de Varsovia, le plantó en cara Juan Pablo II.

Violencia militar. En este punto, surge otro dilema referido a la influencia occidental a partir de las pisadas de las botas militares. Salvo las diferentes experiencias de defensa, como la que protagonizó Carlos Martel en el siglo VIII frente a los moros, o la ya citada defensa aliada frente al nazismo, la violencia militar como mecanismo de influencia cultural es altamente ineficaz por ser generalmente injusta.

Salvo casos de legítima defensa, como los citados, usualmente la tradición militar occidental está asociada a historias negras de rapiña y codicia, que lejos de sembrar la semilla de la grandeza de nuestras instituciones democráticas y espirituales lo que han dejado es tierra arrasada.

Lamentablemente, la historia de la influencia occidental, al tiempo que es plétora en grandezas, también lo es en bajíos y miserias. ¿O acaso concebiríamos que, imitando la violencia de los musulmanes para imponer sus creencias, alcanzaremos un mundo mejor?

Puestos los argumentos en balanza, Occidente no debe claudicar en su empeño por influir con la grandeza de sus valores culturales y espirituales. El asunto radica en que nuestros motivos sean ciertamente la huella benefactora de nuestra cultura, y no la voracidad de codiciosas talegas.

El autor es abogado constitucionalista.