Opinión

El ciudadano virtuoso

Actualizado el 03 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Según Savater, los ciudadanos detestan a sus políticos... pues se les asemejan

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Últimamente, las conversaciones en este país terminan en una letanía bastante parecida: todos los políticos son unos corruptos, cuando menos ineptos y mediocres. El país, saqueado y descarrilado, irremediablemente se dirige al despeñadero sin que nadie haga nada; y por tanto, lo único que nos quedaría es sobrellevar la debacle tratando de rescatar los muebles.

Quizás entrar a ponderar que el país no es un caos es una tarea perdida. Responder que hay casos de corrupción, pero que no todo es rapiña, que hay funcionarios valiosos, que en educación ha habido encomiables avances, que económicamente Costa Rica no es un estado fallido, y que se está mejor en muchos aspectos con respecto a una década atrás por decir, resulta casi que una argumentación inocua.

Total, es más importante la diatriba y el amarillismo, la denuncia fácil, y la generalización simple: si hay dos o tres mediocres, pues todos lo son; si hay uno o dos ladrones, todos lo son; y ya en el summum del paroxismo: si el resto no lo es, se debe a que no se le ha pillado todavía, pero es un potencial inepto o ladrón en ciernes.

En el fondo, el argumento se reduce a lo siguiente: “Todo funcionario público es un ser deleznable y rapaz, que hurta a destajo o que lo hará; su culpabilidad o incompetencia se da por descontado, o está en proceso de incubación”.

Pero más allá de lo iracundo, y lo pesado del dictamen, lo segundo que llama la atención es ese tufillo de virtud, de pulcritud con la que el juez acusador se mira a sí mismo. Vamos, que el mal de nuestro país está depositado en esa camarilla de ladrones que nos gobiernan, no en nosotros que formamos parte del sistema político; los policías son una lacra, no así aquellos que pagamos el dinero, y que siempre que podemos nos brincamos la ley, o ya pillados pues la recusamos con miles de impugnaciones, a sabiendas de que son falsas; el exministro de Hacienda es un ser impresentable por no haber actualizado la valoración de su casa, pero nosotros tampoco lo hicimos, y jamás lo haremos. El Gobierno es impresentable en el cuidado del medioambiente, y, sin embargo, al caminar por la UCR, los pocos basureros están desbordados de inmundicia: y es que no es malo pelear por el aire de Crucitas, pero tampoco es malo empezar a hacerlo por el irrespirable aire de la calle de la amargura.

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Decía Savater que los ciudadanos detestan sobremanera a sus políticos precisamente porque se les asemejan: quizás no nos gustan porque nos reflejan lo que somos, nos evidencian de lo que estamos hechos.

Y en Costa Rica, ya asumiendo el Armagedón reinante –cosa de la que discrepo– si hemos de entrar a ver responsabilidades quizás podríamos asumir la propia: nuestra evasión a las leyes, la propensión por el atajo frente a lo institucional, la cultura del vivo que si se puede se brinca la fila, coimea y engaña con tal de ganarse algo, adelantarse o sacar un mísero provecho, y el que se vale de la ley para entrabar la justicia.

Sin embargo, quizás lo que más nos gusta es ese rol moralista, de señalar las debilidades ajenas para no asumir las propias; total, el infierno siempre serán los otros, esos politiquillos arteros que no nos permiten proseguir en nuestra excelencia. Y así, la virtud se limita a ser una máxima a pregonar, no a cumplir.

Total, nadie va a escarbar en nuestras miserias; nosotros, muchísimo menos.

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