Opinión

El ciudadano debe inquietarse

Actualizado el 27 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

Con la unión del poder económico y el político, tiemblan en sus tumbas Rousseau y Voltaire

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Inquietar es un verbo que debería estar incluido en el lenguaje teórico de la democracia y en el ánimo del ciudadano que la quiere y la defiende. Ciudadano inquieto es aquel que tiene la propensión a promover y efectuar cambios en beneficio de los pueblos. Cuando la democracia se duerme en la paz por el logro de algunas conquistas sociales, políticas y económicas, desaparece el ciudadano que reclama cambios permanentes.

Las generaciones cuyo nacimiento se ha producido dentro de la paz democrática no pueden tener conciencia plena de la lucha de sus abuelos por consolidar un sistema de respeto a la ley, al orden y a la justicia. Entonces, como ese sistema no responde a mayores derechos y libertades, lo rechazan y, algunos, dispuestos están a unirse para destruirlo.

Quizá sea oportuno citar un clásico refrán castellano que pareciera fue pensado para aplicar a un caso como el que comento: “Quien llega a mesa puesta no sabe lo que cuesta”.

En mi partido, algunos manifiestan que soy el último dinosaurio que le queda a la socialdemocracia costarricense y que, por lo tanto, no deben hacerme caso. Me vuelven a ver con respeto, como se mira al abuelo cuando de nuevo cuenta su participación en la última guerra ocurrida antes de la era constitucional de la democracia. Pero nada más. “Libérese del pasado”, pedía Krishnamurti, dando a entender que había que olvidar todo conocimiento para lograr la inocencia total de la conciencia, resaltando que esa era la forma única de alcanzar la libertad.

Valor del pasado. Sin menospreciar el consejo de lo sabios, yo digo que sin el conocimiento del pasado ningún pueblo sabe lo que es ni puede emprender con éxito la conquista de su futuro. Aquí, en nuestro país, antes del año 1950, esta era una sociedad en la cual el 82% de su población pertenecía a la clase campesina, y, de esta, el 80% eran jornaleros, para los que no había escuela ni hospital ni oportunidades. El pobre heredaba pobreza y, cuando le nacía un hijo, resignadamente manifestaba: “Ha nacido un nuevo peoncito”.

En 1975, la situación era completamente distinta, alguien le dio vuelta a la tortilla. A partir de esta última fecha, comenzaron a aparecer los nuevos profesionales (hijos de los jornaleros descalzos que no sabían leer ni escribir), y ocupaban puestos en las más altas funciones, tanto en las instituciones públicas como en la empresa privada.

Y aquel viejo campesino de antes, cuando ahora le nacía un nuevo nieto, emocionado pensaba: “Ha nacido un nuevo profesional”. Y lo pensaba, sin comprender lo que realmente estaba pasando, con los ojos empapados en lágrimas.

Benditos sean el sacerdote Jorge Volio Jiménez, quien señaló el camino; Rafael Ángel Calderón Guardia, quien rompió la primera muralla e imprimió en la Constitución Política el capítulo de las garantías sociales, que impuso el Código de Trabajo, el Seguro Social y la Universidad de Costa Rica; y, finalmente, José Figueres Ferrer, quien creó un nuevo sistema institucional y nacionalizó la banca para dar créditos a los sectores pobres, formando así una amplia clase media, base del despegue económico posterior. Además, consolidó nuestra democracia política al universalizar el voto: hombres y mujeres por igual.

Esto es lo que debe saber, al menos, la juventud actual para defender nuestra institucionalidad democrática, porque es, a partir de ella, que se pueden hacer los cambios y reformas pertinentes.

Poder de la juventud. En una charla que di hace dos años en una universidad, una estudiante me preguntó: “¿Por qué la generación a la que usted pertenece y la generación a la que pertenezco yo no nos podemos entender?”. Le respondí: “Cuando yo era estudiante universitario, nos reuníamos y salíamos por las calles pidiendo cambios y proponiendo reformas. Entonces, estábamos seguros de casi todo, o sea, que era posible crear un sistema democrático que garantizara el ejercicio de los derechos humanos. Creíamos en la democracia, sin haberla vivido en su realidad. Hoy, la juventud no plantea cambios ni propone proyectos, porque está segura de casi nada. Esta juventud no cree posible que la democracia pueda garantizar nuevos derechos y libertades de los pueblos. Es decir, no cree en la democracia a pesar de estar viviéndola en proporciones que muy pocos pueblos han podido conquistar. Por esa razón, hay un desprecio general hacia la institucionalidad imperante porque la ven estancada, con partidos que hacen el juego a los intereses de la poderosa pequeña élite que es la que, en verdad, nos está gobernando”.

Solamente la juventud puede lograr los cambios que la época demanda. Solamente la juventud, porque es a ella a la que pertenece el futuro. En el momento en que estamos viviendo en Costa Rica, ni los partidos políticos ni los gobernantes que se van a elegir harán cambio alguno de importancia.

La baja temperatura política conduce a todos a mantener el estatus. Pero este no es un fenómeno costarricense, es universal. En Europa, desde hace veinte años, los partidos de corte socialistas bajaron vergonzosa-mente la cabeza, ante la avalancha de todos al centro. “Ni a la izquierda ni al la derecha”, manifestó en su discurso triunfal el “joven y bello” Emmanuel Macron, en París.

De inmediato, la señora Merkel, carlomagna emperatriz del nuevo sacro imperio romano germánico, proclamó eufórica en el mensaje de felicitación que le envió: “Ha sintetizado usted el verdadero pensamiento político de Europa”, o sea, todos al centro.

No obstante, como el centro en política no existe porque nadie ha inventado el espacio de “a la derecha del centro izquierda y a la izquierda del centro derecha”, entonces esa posición del centro no es más que el vacío político total, dejando el campo, nada más, a los negocios. Gobernar para los negocios es declararle la guerra a la democracia. Con la unión del poder económico y el poder político tiemblan en sus tumbas Rousseau y Voltaire.

Esperanza. Hay que retomar la fe en la democracia, desembocar en el camino que a ella conduce y comenzar de nuevo a inquietar. Por el momento, renace la esperanza. Los laboristas británicos dejaron de bostezar en el centro y presentaron un programa para las próximas elecciones del 8 de junio, “radical y responsable”, poniendo fin a la austeridad y denunciando “que el país no puede seguir gobernando para los ricos, la élite y los intereses ocultos”; “impuestos a los salarios altos y, para los muy altos, hasta del 50%; renacionalización de los ferrocarriles, el servicio postal y las compañías de agua y la creación de un impuesto Robin Hood a las transnacionales financieras”.

Con el dinero que se recaudará prometen financiar la sanidad pública, construir un millón de viviendas para los pobres y aumentar el salario mínimo. Sin embargo, no hay que alegrarse demasiado; por el momento, los conservadores llevan la ventaja, pero es bueno saber que alguien entendió que hay que comenzar de nuevo.

Inclinémonos otra vez, pero ahora será para recoger las banderas que los dirigentes políticos han dejado tiradas por el camino. Organicémonos, que también se puede gobernar desde el pueblo. Con las banderas en alto, comencemos a inquietar, nosotros, los jóvenes.

El autor es abogado.

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