Opinión

La ciencia como brújula

Actualizado el 22 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Cada año, durante la pausa reflexiva de los últimos días de diciembre, Bill Clinton dedica tiempo a repasar los grandes hitos del desarrollo científico de los últimos doce meses. Así lo declaró el ilustre expresidente durante la conferencia magistral que pronunció en el congreso de ICANN celebrado en San Francisco de California, en el 2011.

Para los líderes políticos, educativos y científicos, para un presidente, es imprescindible comprender hacia dónde van las grandes tendencias y las ideas que transforman el mundo. Las decisiones sobre el destino de los recursos y la inversión de un país, por ejemplo, deben de estar marcadas por la comprensión del rumbo que llevan el desenvolvimiento humano, las realizaciones propias de la época y las concepciones dominantes. Como afirmó Clinton, “la ciencia nos permite imaginar un mundo diferente”, y esto marca una dirección.

Si miramos atrás, es evidente que el hito científico-tecnológico que marcó la presidencia de Bill Clinton fue la explosión de Internet, y así lo reconoce él mismo. De hecho, cuando asumió el poder en 1993, existían solamente unos cincuenta sitos web. Al terminar su gestión en el 2001, el número de sitios había ascendido a más de treinta y seis millones. Los pioneros en la creación de Internet y quienes contribuyeron a su democratización –muchos de ellos sentados en el auditorio, mientras se refería a estos temas– supieron imaginar un mundo diferente. Los políticos que los respaldaron supieron tomar riesgos para universalizar sus beneficios.

Espíritu dinámico. Sin embargo, cuando un logro científico o tecnológico se consolida y pasa a formar parte del sustrato de la actividad socio-económica normal, es fundamental que no sucumbamos a la autocomplacencia. Según aconsejó en esa ocasión el expresidente, justo en ese momento debemos evitar que nos alcance “la esclerosis burocrática que suele acompañar algunos desarrollos cuando empiezan a perder su energía y juventud”. De ahí que sea esencial mantener un espíritu dinámico y proactivo y, sobre todo, no tener temor a equivocarnos. “Tropezarse alguna vez,” agregó Clinton, “no es algo grave,” especialmente “si tropezamos en la dirección correcta”.

Y ¿cuál sería la “dirección correcta”?, podríamos preguntarnos. La respuesta la dio, con toda claridad, el propio Clinton en el marco de la Cumbre de Laureate International Universities sobre Educación y Trabajo, celebrada en Madrid hace unos meses, cuando afirmó que “la dirección correcta” es precisamente aquella en la que se conjugan la innovación y la responsabilidad social.

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El secreto para la creación de mejores empleos y mayor calidad de vida depende de la forma en que, desde la educación, sepamos imprimir en jóvenes y adultos un espíritu proactivo e innovador, en un contexto ético que comprende y respeta el bien social. En un mundo tan competitivo como el nuestro, la actitud cívica, la ética y la responsabilidad social nos obligan a plantearnos los beneficios que se derivan también de la colaboración y del interés por lograr el sano equilibrio entre el impulso individual transformador y la necesidad de gestión de un espacio de construcción colectiva.

El gran desafío. La reflexión del fin del año resulta imprescindible: pasar del descubrimiento de la ciencia básica a la aplicación práctica y transformadora es el gran desafío. Exige mentes lúcidas y penetrantes capaces de imaginar mundos diferentes, para emplear la expresión utilizada por el expresidente. Pero requiere también de emprendedores, de hombres y mujeres que identifiquen las oportunidades, tomen riesgos y pongan en marcha iniciativas capaces de generar productos y servicios transformadores del mundo, como ocurrió con Internet y sus derivaciones.

No hay duda de que el temor al error limita y, a veces, paraliza el impulso creador. Sin embargo, esto no debe apartarnos de la tarea de imaginar nuevos caminos y de hacerlo en forma rigurosa y sistemática.

En un país como el nuestro, tan lleno de talento, parecería imprescindible que aprendiéramos a gestionar los riesgos implícitos en el acto de investigar, crear y emprender. La capacidad de innovar está en la base del desarrollo contemporáneo. Es preciso que formemos mejor a la población, que innovemos más, que logremos crear empresas más fuertes y más productivas, y, en consecuencia, una sociedad más sana e inclusiva.

Hallazgos insólitos. En estos días, la revista Science dio a conocer los más importantes descubrimientos científicos del año 2013. Allí figuran hallazgos insólitos: la inmunoterapia para curar el cáncer, el papel de las bacterias en el mantenimiento de la salud, una tecnología de imágenes que hace transparentes los tejidos cerebrales, procesos para crear miniórganos in vitro, una proteína bacteriana que permite activar, cambiar o inhabilitar genes, la función del sueño en la limpieza del cerebro, células solares de bajísimo costo…

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Al leer sobre ellos recordé las palabras de Clinton e, inevitablemente, me pregunté cuál será el hilo conductor y cuáles las tendencias que hoy se vislumbran a partir de estos logros, cuáles de ellos deberían orientar nuestra brújula y cuáles harán posible que imaginemos “mundos nuevos”.

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