6 febrero, 2015

Uno de los primeros días de diciembre de 1968, una semana después de mi graduación e incorporación como abogado, por amable invitación de mi querido amigo Francisco Morales, lo acompañé a Zarcero, donde nos esperaban a las 5:45 a. m., en el atrio de la Iglesia, el padre Corrales y miembros de la Junta Parroquial, entre los que recuerdo a Israel Chaves, Bando Solís, Hernán Bolaños, Rafael Rodríguez, Misael Solís, Walter Rojas y Manuel Alfaro, todos leales, honestos y ejemplares servidores permanentes en las actividades comunales.

El motivo: qué hacer para salvar la Iglesia, a la que, entre otras dificultades, se la estaba comiendo el comején. Por eso también formaba parte del grupo el ingeniero Ricardo Morales, hermano de don Francisco.

Como todo en la vida, lo positivo y lo negativo se rechazan, se unen, crean. Escribo esto porque resulta que, a propósito de las aclaraciones de que el padre y yo no éramos parientes y del intercambio de ideas sobre los graves problemas estructurales de la Iglesia, fue positivo para mí. Dado que Zarcero en ese momento no tenía abogado, me invitaron a que abriera una oficina los domingos, con la condición del padre de que fuera a misa y la advertencia de don Bando Solís de que mi labor fuera honrada y no defraudara a los zarcereños, porque si no él mismo se encargaba de sacarme del pueblo.

El domingo siguiente, a las seis de la mañana, llegué en “cazadora”. La oficina ya estaba lista en la sala de la casa de la mamá de don Israel. A las 10. a. m, puntualmente, asistí a la misa con la sorpresa de que, en medio sermón, el padre me presentó como el nuevo abogado de Zarcero.

Bueno, pero no se trata en esta ocasión de narrar los inicios, experiencias y satisfacciones de un recién graduado en leyes. Es más importante contar, aunque sea sucintamente, lo que durante esos años y, posteriormente, hasta el día de hoy, he observado y vivido en Zarcero. Es casi la segunda mitad de los 100 años de la fundación como cantón, que se celebra en este 2015.

Paisaje y gente. Se trata de un cantón pequeño en extensión y población, fundado el 21 de junio de 1915. Sus primeros pobladores, allá por 1854, escogieron con gran sabiduría y con la sensibilidad de un artista esas tierras rodeadas de colinas, verdes por los pastos y los bosques, que se fueron cubriendo de hortalizas, repastos, flores silvestres y cultivos que en conjunto dan un colorido, un aire, un paisaje especial, con áreas protegidas, como el Parque Nacional Juan Castro, la Zona Protectora del Chayote o la del Río Toro, que comparten con otros cantones de Alajuela.

Ese entorno ha estimulado que sus habitantes también sean diferentes: afectuosos, amables, tolerantes, serviciales, conversadores, muy trabajadores, amantes de la naturaleza, preocupados por el progreso y con gran facilidad para unirse, asociarse, para en conjunto afrontar las actividades y dificultades comunales. De ahí que las asociaciones de desarrollo, las sociedades de usuarios de agua, de protección a las fuentes de agua, las cooperativas, abundan. Por ejemplo, en este campo del cooperativismo, han constituido cooperativas de electricidad, de ahorro, de productores de leche, de agricultores, de productos orgánicos.

Unidos lograron la creación de un primer colegio y recientemente un segundo, ambos públicos. El Hogar de Ancianos es orgullo nacional.

Estas fortalezas los ha forjado también para enfrentar los riegos y adversidades propias de quienes cultivan la tierra: los precios que se pagan por sus productos es una de ellas. Cosechas completas, de gran calidad, que los grandes adquirentes o intermediarios las pagan miserablemente, no solo al agricultor individual si no también a las mismas cooperativas.

Cuando se fundó el cantón, se denominó Alfaro Ruiz. Hoy en día es Zarcero, el nombre original con el que es conocida esta zona que se identifica como de altura, clima fresco, neblina, paisaje pintoresco, productos lecheros, hortalizas, flores y de personas sensibles al dolor ajeno. Su altura, formas y calidad de cultivos, variedades, régimen de lluvias, topografía, son muy propias. Zarcero es, pues, un nombre geográfico que identifica claramente una región y una forma de ser. Todo el cantón es así, no solo el centro. Un recorrido por Palmira, Laguna, Las Brisas, Tapezco, Zapote, Guadalupe, San Luis, La Legua, Pueblo Nuevo, lo confirma.

A propósito: la Ley de Marcas y otros Signos Distintivos dispone que no es admisible el registro de una marca si su uso afecta el derecho al nombre, la imagen de una colectividad local, regional o nacional, salvo si se acredita el consentimiento expreso de la autoridad competente. Norma acertada pero poco respetada. Zarcero es un ejemplo. Zarcero, como otras comunidades en situación similar, tiene el derecho a que solo los productos y servicios de su región puedan utilizar ese nombre. Es el derecho de una comunidad a su nombre geográfico y a sus sitios característicos, como el parque o la iglesia de Zarcero. No es justo ni legal que terceros se aprovechen del prestigio de un nombre geográfico para comercializar productos que no son cultivados ni elaborados en esa región.

Insto a los lectores a aprovechar su tiempo libre para visitar Zarcero, sitio de inspiración en la naturaleza y que motiva el valor ciudadano. Durante todo este año se realizarán eventos especiales con ocasión del centenario. Y, a los zarcereños de todas las generaciones, mantengan ese entorno y ese espíritu que han tenido, fomentado y cuidado desde que se establecieron los primeros pobladores.

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