Opinión

El católico y las uniones gais

Actualizado el 16 de julio de 2013 a las 12:00 am

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El católico y las uniones gais

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La reciente controversia sobre si la reforma a la Ley de los Derechos de la Persona Joven abrió inadvertidamente la puerta al reconocimiento de ciertos derechos a parejas homosexuales nos permitiría dar un paso interesante hacia la conciliación de posiciones en este tema tan conflictivo.

Soy católico. Es más, soy dirigente en una agrupación cristiana y le he dado algo de pensamiento a este tema. Creo que en lugar de exacerbar la animosidad entre quienes piensan de distintas maneras debemos buscar avenidas, si no de acuerdo, lo cual sería difícil, sí de cierta convergencia.

Como cristiano no puedo dejar de manifestar mi adhesión al enfoque bíblico sobre el matrimonio y mi oposición a las relaciones homosexuales. Pero algo parecido tendría que decir sobre otras realidades de las que ahora se habla con menos espíritu crítico, tales como el divorcio, o el sexo antes del matrimonio o fuera de él. Estos son fenómenos humanos y sociales que tampoco son consistentes con lo que los cristianos consideramos el propósito de Dios. Sin embargo, son realidades que, como la homosexualidad, desbordan los acercamientos puramente acusatorios o simplistas.

Cuando leo en el periódico que una muchacha dice, respecto a su pareja, con la que ha convivido 10 años, “si me enfermo, quiero que ella me pueda visitar en el hospital, que tengamos derecho a heredar o a asumir un crédito para vivienda juntas…” yo pienso, caramba, sí, parece excesivo e insensible no permitir una cosa así, a pesar de que puedo no estar de acuerdo con el modo de vida que tienen o el punto de vista que profesan.

Algo parecido podría decirse de las parejas en unión libre. Como cristiano no puedo estar de acuerdo con que las personas se junten sin casarse pero, bueno, no me toca juzgar a las personas. Y, sobre todo, esta es una realidad que existe y que la sociedad debe atender de una manera justa y sensata. De hecho ya el legislador lo hizo, hace más de 20 años, cuando dio ciertos efectos legales a las uniones de hecho.

Estoy totalmente opuesto al matrimonio entre personas del mismo sexo. No creo que la homosexualidad sea un “capricho humano”, como dijo alguien, pero tampoco creo que cambiar la definición de las palabras sea un derecho humano, especialmente cuando se trata de palabras que tienen un sentido ancestral y hasta sagrado. Así, no creo que pueda hablarse de un matrimonio cuando se trata de una unión entre dos hombres, como tampoco estaría de acuerdo en que una señora y su sobrino digan que están casados, aunque se quieran mucho, o que un señor llame padre a su nieto por el hecho de que éste lo cuida y lo mantiene. Tampoco creo que impedir el “matrimonio” entre dos muchachas sea un acto discriminatorio, como no lo es el impedir el matrimonio entre una mujer y su hermano.

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Sin embargo, no creo que esa postura impida dar lugar a regulaciones que atiendan una realidad humana que no puede simplemente ignorarse, y evitar así cargas excesivas a ciertos ciudadanos, debido a su orientación sexual.

Hay quienes piensan que no se debe dar la más mínima consideración a las uniones entre personas del mismo sexo porque es como abrir un resquicio por el que después se nos va a colar quién sabe qué. Esa no es una buena forma de hacer leyes y tampoco es una buena manera de hacer moral. Hay que buscar la verdad, y defenderla, en lugar de oponernos a ultranza por temor o mal entendida cautela. Claro que igual traición al diálogo habría entre quienes piensan lo opuesto: “este es sólo el primer paso. Ya verán hasta donde vamos a llegar…” Ojalá no haya agenda oculta.

Si hay ambigüedad en cuanto a si la nueva Ley de la Persona Joven abrió el portillo, mejor quitemos esa ambigüedad y que quede claro que las uniones estables, en determinadas condiciones, aún entre personas del mismo sexo, producen ciertos efectos jurídicos con los que la sociedad da acogida a realidades humanas insoslayables, aunque sin atropellar principios que esa misma sociedad considera fundamentales. Dicho de otro modo, no necesitamos pensar en matrimonio homosexual para dar una respuesta solidaria a las necesidades que con sinceridad algunos compatriotas están expresando.

Me viene a la mente algo que oí decir no hace mucho a un padre en misa: los cristianos debemos tener al mismo tiempo claridad y caridad . Sí, digo yo, claridad para saber qué es lo correcto y lo incorrecto, aunque sea difícil de aceptar, para afirmar con valor aquello en lo que creemos, y para saber qué fronteras no se deben traspasar. Pero también caridad, y ésta no entendida como limosna o lástima, sino más bien como generosidad de espíritu, no juzgar, solidaridad, comprensión, actitud de paz y hasta un poco de ingenio.

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