14 marzo, 2014

NEWPORT BEACH, CALIFORNIA – Algunos economistas, como Larry Summers, lo llaman “estancamiento prolongado”. Otros hablan de “japonización”, pero todos coinciden en que, después de muchos años de crecimiento insuficiente en las economías avanzadas, han surgido importantes riesgos a largo plazo, no solo para el bienestar de los ciudadanos de esos países, sino también para la salud y la estabilidad de la economía mundial.

Quienes buscan formas de reducir los riesgos de un crecimiento insuficiente convienen en que, de todas las posibles soluciones, lo que más puede mejorar la situación es un aumento de la inversión empresarial, y ahora muchas empresas medianas y grandes, tras haberse recuperado de forma impresionante de la enorme sacudida representada por la crisis financiera y la posterior recesión mundiales de 2008, disponen de los medios para invertir en nuevas instalaciones, equipo y contratación de personal.

De hecho, con unos niveles de beneficios sin precedentes o casi, la liquidez del sector empresarial de los Estados Unidos se ha acumulado trimestre tras trimestre, al alcanzar los niveles más altos de todos los tiempos, que rinden muy poco con los tipos de interés actuales, cercanos a cero. Además, las empresas, como han mejorado en gran medida su eficiencia de funcionamiento y han alargado los vencimientos de su deuda, necesitan mucho menos ahorro precautorio que en el pasado.

Se mire como se mire, hacía años que el sector empresarial de las economías avanzadas en general y el de los Estados Unidos en particular no estaba tan sólido. Las empresas no financieras han logrado una combinación de capacidad de resistencia y agilidad que contrasta profundamente con las condiciones prevalecientes en algunos hogares y Gobiernos de todo el mundo, que aún deben afrontar adecuadamente una herencia de apalancamiento excesivo.

Pero, en lugar de utilizar su abundante liquidez para nuevas inversiones a fin de ampliar la capacidad e introducirse en nuevos mercados, cosa que han vacilado mucho en hacer desde que estalló la crisis financiera mundial, hasta ahora muchas empresas han preferido devolvérsela a sus accionistas (o han sido presionadas por unos inversores activistas para que lo hicieran).

Tan solo el año pasado, las empresas de los EE. UU. autorizaron más de $600.000 millones de recompras de acciones propias, cantidad impresionante desde cualquier punto de vista y un nivel máximo sin precedentes. Además, muchas empresas aumentaron los pagos de dividendos a sus accionistas. Semejante actividad ha continuado en los dos primeros meses del 2014.

Pero, mientras que los accionistas se han beneficiado claramente de la renuencia de las empresas a invertir su abundante liquidez, la mayor parte del dinero inyectado solo ha circulado por el sector financiero. Poco ha sido el que ha beneficiado directamente las economías a las que les cuesta aumentar sus tasas de crecimiento, ampliar el empleo, procurar no crear una generación perdida de trabajadores y abordar una excesiva desigualdad de ingresos.

Para que las economías avanzadas prosperen, es necesario (aunque no suficiente) que la disposición a invertir del sector empresarial esté a la altura de su rebosante cartera. Seis factores parecen entrañar limitaciones particularmente importantes.

En primer lugar, las empresas están preocupadas por la futura demanda de sus productos. La reciente recuperación económica, tan débil como ha sido (tanto en términos absolutos como respecto de la mayoría de las conjeturas), ha sido impulsada por las políticas experimentales que los bancos centrales han aplicado para sostener el consumo. Como ahora la Reserva Federal de los EE. UU. está empezando a retirar el estímulo monetario y se está aminorando el crecimiento de los países en ascenso, la mayoría de las empresas no saben, sencillamente, cómo descubrir grandes oportunidades de expansión.

En segundo lugar, como China es un influyente motor de la demanda mundial (tanto directa como indirectamente mediante importantes efectos resultantes de las redes), las perspectivas de la economía que ocupa el segundo lugar del mundo por su tamaño tienen unas repercusiones desproporcionadas en las proyecciones de ingresos empresariales mundiales y, como el excesivo crecimiento interno del crédito y el sistema bancario paralelo de China atraen la atención cada vez más, muchas empresas están poniéndose nerviosas.

En tercer lugar, si bien las empresas reconocen que en la economía mundial actual la innovación es una decisiva ventaja comparativa, también el fenómeno cada vez más frecuente de que el ganador se quede con todo las echa para atrás. Actualmente, la innovación lograda depende mucho menos de la financiación y mucho más de encontrar una aplicación con la que dar un bombazo. A consecuencia de ello, muchas empresas, menos convencidas de que la innovación “normal” rinde frutos mayores, acaban invirtiendo en general menos que antes.

En cuarto lugar, el análisis de viabilidad a largo plazo para los aspirantes a inversores está empañado por dudas legítimas sobre ciertos ambientes operativos. En los EE. UU., muchas empresas esperan que se haga una reforma presupuestaria importante, pero aún no pueden evaluar las repercusiones de los beneficios futuros de sus operaciones. En Europa, los políticos son conscientes de la necesidad de unas reformas estructurales más importantes, incluidas las necesarias para solidificar la integración regional, pero las empresas no conocen bien los componentes de dichas reformas.

En quinto lugar, el alcance de la mitigación de los riesgos no es tan importante como podrían sugerir al principio los avances financieros. Es cierto que las empresas tienen a su disposición más instrumentos de protección, pero la capacidad para gestionar el riesgo exhaustivamente sigue siendo limitada por unos mercados incompletos a largo plazo y asociaciones público-privadas que no se pueden apalancar suficientemente.

Por último, la mayoría de los dirigentes empresariales reconocen que tienen una gran deuda de gratitud para con los banqueros centrales por la relativa tranquilidad de los últimos años. Mediante audaces experimentos normativos, los banqueros centrales han logrado evitar una depresión multianual mundial y ganar tiempo para que se sanearan las empresas.

Pero, al trabajar esencialmente a solas, los bancos centrales no han podido renovar adecuadamente los motores del crecimiento de las economías avanzadas, como tampoco cuentan con los instrumentos para hacerlo. Aunque muchos dirigentes empresariales no pueden aún comprender las amenazas concretas, parecen inquietos por los daños colaterales que entraña a largo plazo la gestión de las economías de mercado modernas con tipos de interés artificialmente controlados y con unos balances de bancos centrales hinchados.

Lo bueno es que se pueden –y se deben– abordar todas esas limitaciones de la inversión, y los datos recientes de la inversión empresarial en los EE. UU. indican algunos avances. Lo malo es que hará falta mucho más tiempo, esfuerzo y coordinación mundial. Entretanto, el sector empresarial solo emprenderá la tarea más pesada gradualmente. Será suficiente para mantener el crecimiento de las economías avanzadas en este año; lamentablemente, no será suficiente para lograr el crecimiento más rápido que el bienestar de los ciudadanos –y el de la economía mundial– requiere urgentemente.

Mohamed A. El-Erian, jefe ejecutivo y cojefe de Inversiones de Pimco, es autor de When Markets Collide (Cuando los mercados chocan). © Project Syndicate.