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El camino de África para salir de la pobreza

Actualizado el 26 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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El camino de África para salir de la pobreza

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PEKÍN – Todos los países de bajos ingresos tienen el potencial de lograr un dinámico crecimiento económico. Lo sabemos porque hemos visto el fenómeno repetidas veces: una economía pobre, agrícola, se transforma en una economía de ingreso medio –o, incluso, alto– en una o dos generaciones. La clave es aprovechar la oportunidad de industrialización derivada de la deslocalización de manufactura ligera de los países de más altos ingresos. Así fue en los siglos XIX y XX, y sigue vigente.

Japón aprovechó su oportunidad en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, mediante industrias de uso intensivo de mano de obra, como la textil y la electrónica simple, para impulsar su economía hasta que los costos crecientes de la mano de obra mermaron su ventaja comparativa en aquellos sectores. Este viraje después permitió que otras economías asiáticas de bajos ingresos –Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong, Singapur y, en cierta medida, Malasia y Tailandia– siguieran los pasos de Japón.

Claro, China es el caso más reciente que ha seguido este camino ya conocido. Después de más de tres décadas de crecimiento económico vertiginoso, se ha autotransformado de uno de los países más pobres del mundo del planeta a una de las economías más grandes del mundo. Y ahora que China también está empezando a perder su ventaja comparativa en industrias de uso intensivo de mano de obra, otros países en desarrollo –sobre todo de África– están determinados a tomar su lugar.

En efecto, desde la Revolución industrial, el auge de la industria ligera ha sido el motor de un aumento espectacular del ingreso nacional. La transformación económica del Reino Unido empezó con los textiles. En Bélgica, Francia, Suecia, Dinamarca, Italia y Suiza, la industria ligera encabezó la transformación. Igualmente, ciudades como Boston, Baltimore y Filadelfia se convirtieron en centros de producción de textiles, prendas de vestir y zapatos.

No hace mucho, pocos creían que África también podría convertirse en un centro para la manufactura moderna. Sin embargo, con las políticas correctas, no hay razones para pensar que los países africanos no puedan seguir una trayectoria similar.

Consideremos el caso de Etiopía, que no tiene litoral, que hace solo diez años parecía ser un mal lugar para invertir. No obstante, el país construyó un parque industrial cerca de Adís Abeba e invitó al fabricante chino de zapatos, Huajian, a abrir una fábrica allí. Huajian inició operaciones, en enero del 2012, con dos líneas de producción y alrededor de 600 trabajadores. Para finales de año, estaba empleando 2.000 etíopes y duplicó las exportaciones de zapatos de piel del país. Ahora, la compañía tiene 3.500 empleados en Etiopía y produce más de 2 millones de zapatos al año.

En el 2013, impulsado por el éxito de Huajian, el Gobierno etíope creó un nuevo parque industrial, con un área para 22 unidades de fabricación. Al cabo de tres meses, todas estas unidades habían sido arrendadas por compañías orientadas a la exportación, procedentes de Turquía, Corea, Taiwán, China y otros lugares. El Banco Mundial ha ofrecido $250 millones para apoyar la construcción de más parques industriales.

El caso del éxito en Etiopía es apenas el principio. A medida que los inversionistas conozcan mejor África, se irán dando cuenta, cada vez más, de lo que puede ofrecer. En efecto, el costo de la mano de obra en África es tan competitivo que Etiopía pudo atraer empresas desde países tan pobres como Bangladés. África tiene un superávit de mano de obra agrícola y muy pocos empleos en otras áreas. Cuando las empresas extranjeras inicien operaciones en los sectores intensivos en mano de obra, en los que África tiene una ventaja competitiva, capacitarán a la fuerza de trabajo local.

Algunos de los trabajadores se convertirán en gerentes. Se familiarizarán con la tecnología y aprenderán a mantener una calidad uniforme en la línea de producción. Establecerán contactos con compradores e inversionistas extranjeros. Con el tiempo, algunos de ellos podrán reunir un capital y poner en marcha sus propias empresas, compañías exportadoras pertenecientes a africanos y operadas por africanos.

La isla de Mauricio está mostrando el camino. En los años setenta, el Gobierno instaló parques industriales para procesar textiles y prendas de vestir para la exportación. En ese momento, la mayoría de los propietarios eran de Taiwán u Hong Kong. Actualmente, más del 70% de las compañías industriales de la isla son propiedad de los ciudadanos locales.

Es esencial tener una estrategia de exportación cuidadosamente diseñada. La comunidad internacional de asistencia al desarrollo y muchos Gobiernos africanos quieren orientar su trabajo hacia la integración regional y vincular los mercados de 55 países del continente. Esto puede tener ventajas, pero no debe ser una prioridad. Actualmente, África significa apenas el 1,9% del PIB global, mientras que Estados Unidos representa el 21% y Europa, el 23%.

Los países en desarrollo deben utilizar sus limitados recursos del modo más efectivo, y no hay duda de en dónde se pueden encontrar las oportunidades más atractivas en África. Por ejemplo, en lugar de hacer grandes inversiones en la infraestructura necesaria para la integración regional, a un país como Etiopía le convendría más construir parques industriales y conectarlos por carretera a puertos en Djibouti.

Con la estrategia adecuada de crecimiento, pueden darse cambios profundos durante la vida de una persona y, en ocasiones, más de una vez. Taiwán, de donde yo soy, es ahora una economía de altos ingresos. No obstante, cuando nací, en 1952, la isla era más pobre que casi todos los países de África.

Más adelante me volvió a suceder. Me fui a China continental en 1979, cuando el ingreso per cápita en el país era menor a un tercio de lo que era el del África subsahariana. Actualmente, China se ha convertido en un país de ingreso medio-alto y se prevé que, para el 2020, será un país de ingreso alto.

Tengo la esperanza de poder volver a presenciar una tercera transformación económica, esta vez en Etiopía y otros países de África. Si siguen por el camino acertado de quienes los han precedido, hay muchas probabilidades de que así sea.

Justin Yifu Lin, ex economista en jefe y vicepresidente del Banco Mundial, es profesor y decano honorario de la Escuela Nacional de Desarrollo de la Universidad de Pekín, y director fundador del Centro Chino de Investigación Económica. © Project Syndicate.

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