15 junio, 2014

Pedí permiso al Ministerio de Justicia y Paz para hacer entrevistas a adolescentes internos en el Centro de Formación Juvenil Zurquí. Mi tesis de maestría estaba en juego. Pero me lo negaron. Me indicaron que había sobrepoblación, pocos custodios, mucho peligro, jóvenes sin límites…

Jason, un joven con el que trabajaba en un colegio de Limón, me contó que su hermano estaba preso en ese centro y que lo sentía muy deprimido. Me preguntó si yo podía ir a verlo y conversar con él. Le conté que no me daban permiso para entrar, y él me propuso ingresar como visita. Me pareció excelente idea, porque entraría directamente con la familia del joven y no pasaría los filtros de la institucionalidad, salvo la requisa. Vería la situación tal como era.

Ingresé con Sara, la hermana mayor, a eso de las diez de la mañana de un día entre semana. Nos requisaron detenidamente. Dejamos la cédula con la mujer policía. Yo llevaba unas galletas y unos pasteles para el hermano de Jason, también dos cuadernos de dibujo y lápices de colores. Me dijeron que le gustaba dibujar.

Sara y yo caminamos a solas por un largo pasillo externo, con ese aire fresco de montaña pegándonos en el rostro. Pensé: “De noche, esto debe ser friísimo… pobres chicos”. El Centro queda muy cerca de uno de los lugares más hermosos y exuberantes de Costa Rica, el Parque Nacional Braulio Carrillo. El aire puro y frío de una zona protegida por la que hay que pasar para ir de San José al Caribe, de donde es Robinson.

Un policía nos abrió la puerta del ámbito en el que se hallaba Robinson. Nos hizo pasar y nos pidió que nos sentáramos en una especie de sala de espera, helada, sin ningún tipo de adorno, dividida por una reja. Teníamos que esperar a que trajeran a Robinson. Mientras tanto, yo miraba todo… Había un chico tomado de la mano de la que parecía ser su novia. Frente a ellos, una señora. Le estaban haciendo visita.

Del otro lado de la reja había cuatro niños. En serio, eran niños. Ni siquiera parecían adolescentes. Uno estaba tirado en un colchón, como dormitando. Otro sacaba cosas de una bolsa, parecían papeles o fotos, no logré ver bien, estaba de espaldas a mí. El tercero conversaba con una señora, probablemente su madre. El cuarto chico se acercó a nosotras apenas nos sentamos. La hermana de Robinson me dijo que corriera mi bolso, “no vaya a ser que este chiquillo se lo robe”. Ni se me había ocurrido que en plena cárcel me fueran a robar.

– Hola –le dije al niño.

La verdad es que tenía una urgencia de saber de él: ¿qué hace un niño en la cárcel? Yo sé, yo sé que la ley dice que no es cárcel, que es centro de formación. Pero es cárcel.

– José –me contestó rápido, interesado en conversar conmigo. Se agarraba de los barrotes que nos separaban.

– Hola, José. ¿Qué edad tenés?

– Trece. Y usted ¿quién es?

– Vengo a hacer una visita.

– Yo no tengo quien me visite –me soltó.

Y rapidito empezó a hablar.

– ¿Vio dónde nos tienen, seño ? Somos los más chiquitillos de aquí y nos tienen aquí encerrados. Sin baño, sin salir a ver la luz. Solo una hora a la semana nos sacan. Dicen que es culpa de que está muy lleno aquí y, como somos los menores, nos tienen aquí porque tienen miedo de que los grandes, ya sabe, ¿no? Pero ¿vio usted? ¿Vio? En el peor sitio, a nadie le importamos.

– Sí, horrible –le dije.

– Sí, seño . Como animales. Encerrados.

– ¿Por qué estás aquí?

– Maté a un viejillo, un anciano que estaba tirado. Lo agarré a martillazos –me lanzó, así, sin anestesia–. Salió en el periódico, ¿no lo vio?

De golpe y porrazo, su crimen. Trece años. Niño. Martillazos. Nos miramos a los ojos. Nos quedamos en silencio. Un niño sin límites. Un niño con los ojos perdidos.

– Si no lo hacía, me iba mal, seño . Esos de la pandilla me dijeron que tenía que hacerlo, eso, probar que puedo. Si no lo hacía… Cuando salga, puedo volver con ellos porque ya vieron.

Los crímenes contra la vida perpetrados por menores han crecido de una manera desenfrenada. De 7 chicos en el 2007 a 86 que mataron o intentaron matar a alguien en el 2012…. En cinco años. Algo pasa. Algo pasa…

José me dejó atónita. De verdad, no sabía qué más decir. En eso suena la puerta, le hago un gesto a José y le sonrío. Me devuelve una sonrisa. Entra Robinson, y José se queda pegado a la reja para escuchar. Lo dejamos que esté, que escuche. La hermana nos presenta.

– Ella es la psicóloga. A ver si quiere hablar con ella –dice.

– Hola, Robinson, me contó tu hermano que te gusta dibujar.

Robinson sonríe.

– Sí. Pero aquí no tengo cuadernos ni lápices. Aquí no hay nada. Ni salimos, ni voy al colegio, ni vamos a la cancha, ni nada. Ese es el problema.

En eso, se da vuelta como dándome la espalda y se levanta la camiseta. El guarda se vuelve hacia otro lado como no queriendo ver. Robinson me enseña una herida en el costado derecho de su espalda que sube hacia el omoplato. Un golpe duro, con una herida abierta, con sangre que empieza a cicatrizar. La hermana se lleva la mano a la boca para contenerse.

– Fue antier. Es lo que le digo: no hacemos nada todo el día. Nada, y eso es un problema porque lo ven a uno y se imaginan cosas y ya se arma el problema. Todos andamos armados. Cualquier problema y ya nos agarramos con lo que tenemos a mano. Arrancamos varilla de la pared, tubos del baño… ya ni baño tenemos, las necesidades las hacemos en bolsas.

Robinson tiene dieciséis años. Está en detención provisional. Por hallarse en esa condición, no va al colegio que está en el “centro de formación”. No hace nada en todo el día, en toda la semana, desde hace tres meses.

– El ambiente en Zurquí es raro, sin palabras. La vida en Zurquí… le toca a uno la papaya . Uno no puede dormir tranquilo porque quieren apuñalarlo a uno o tablearlo. Aquí uno se vuelve loco. Empieza uno a ver cosas (…), como alucinar.

Robinson me cuenta del barrio allá en Limón, en el Caribe tico. Un lugar hermosísimo pero abandonado por los Gobiernos de turno. Limón, antiguo lugar de destierro para quienes eran repudiados políticamente por alguna razón: mujeres adúlteras, traidores a la patria, irrespetuosos de la ley. Limón, Caribe negro, chino, indígena, blanco. Limón hermoso, de rice and beans con leche de coco, patí, plantain . De ahí es Robinson, de un barrio donde opera la ley del más fuerte o del más armado. Con un padre que renegó de ellos y una madre que se la tiene que jugar como puede. A la mano de Dios se criaron él y sus seis hermanos y hermanas. A la mano dura de la calle, del robo, del crimen organizado. Se mezcla lo subjetivo con lo social, y en esta ecuación la ley queda por fuera.

Más triste me dejó encontrármelo dos meses después en la puerta del colegio.

– ¡Hola, Robinson! –le dije emocionada–. ¿Ya venís al cole?

– No, doña Etty. No me dan entrada a ningún colegio diurno y usted sabe que no puedo arriesgarme a ir al nocturno porque ahí me vuelvo a meter en problemas.

– ¡Pero te tienen que dar entrada!

Son jóvenes, pienso, apenas adolescentes, están en esa época de pura posibilidad. La adolescencia es una etapa en la que las personas jóvenes necesitan puntos de referencia claros y precisos en los que anclar su subjetividad. ¿Qué referencias encuentran en privación de libertad? ¿Qué referentes tuvieron para cometer el crimen? ¿Qué lugar tiene lo social en su historia subjetiva? ¿Qué dice el crimen de ese lazo social contemporáneo?

El mismo juez le había indicado que, entre las sanciones alternativas, estaba obligado a ir al colegio. Si Robinson incumplía, podían regresarlo a las rejas. Pero nada funcionó. A Robinson no lo querían en ningún lado. De vuelta a la calle. Sin ninguna estructura. Sin voz, sin palabra, sin derechos. Con mucho peligro de volver a caer.

Cayó. Claro que cayó. O mejor digamos: la sociedad le puso la zancadilla, tropezó y cayó. Y con él caímos todos, O ¿pensaron que caen los otros y nosotros no?

Etty Kaufmann Kappari, psicoanalista y consultora en niñez-adolescencia.