Opinión

Un callejón con salida obstruida

Actualizado el 23 de julio de 2014 a las 12:00 am

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Un callejón con salida obstruida

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“Callejón sin salida”, el relato que Etty Kaufmann compartió en La Nación (15/6/14), es sin duda una historia triste y difícil de asimilar. Así como Robinson, en el Centro de Formación Juvenil Zurquí hay muchos menores en situaciones similares, y buena parte de ellos estarán ahí hasta que cumplan la mayoría de edad y sean trasladados al Centro Adulto Joven en La Reforma. Según el Instituto Nacional de Criminología, en mayo había 242 jóvenes en este centro penal.

Una vez que cumplan su condena, ellos regresarán al lugar donde vivían cuando cometieron el delito. Entonces se enfrentarán a una realidad muy distinta a la que conocieron antes de entrar a la cárcel, y cuando me refiero a una realidad distinta me refiero a cambios en el entorno, la mayoría de los casos situaciones de más vulnerabilidad que las que existían antes de ir a la cárcel.

Generalmente, luego de la experiencia de estar en una cárcel, muchos intentan cambiar, tratan de evitar los problemas. No obstante, para lograr eso necesitan primero satisfacer necesidades básicas para ellos y su familia; por ejemplo, en el caso de Robinson, probablemente él tendrá que buscar cómo ayudar económicamente a su madre y sus seis hermanos y hermanas.

Lo primero que necesitan es buscar trabajo, y cuando lo hacen se encuentran un obstáculo: no tiene educación suficiente para poder aspirar a un buen empleo (en mi experiencia de tratar con población penal juvenil, son muy pocos los jóvenes privados de libertad que concluyen la secundaria mientras están en un centro penal). Para lograr eso deberán competir por un puesto con otros jóvenes que han tenido mejores oportunidades educativas (según la Encuesta Nacional de Hogares del 2012, en Costa Rica el 73.2% de los desempleados son personas entre 15 y 35 años, es decir, personas jóvenes y adultos jóvenes).

Con o sin trabajo, también tendrán que lidiar con el entorno de violencia social que rodea a muchas comunidades urbano marginales, de donde viene la mayoría de jóvenes que delinquen. Asimismo, se enfrentaran al estigma social que implica haber estado en una cárcel.

Salida posible. Efectivamente, todo ese panorama turbio parece un callejón sin salida, pero puede ser que la salida esté ahí, tapada bajo los escombros de malas políticas públicas.

Investigaciones (Carranza, 2011, 2012; Ilanud, 2011; entre otros) han demostrado que no existe una relación positiva entre el encierro y la reducción de la delincuencia. Pese a ello, las políticas públicas de seguridad ciudadana van dirigidas a reforzar cuerpos policiales e instancias penales, y a agilizar procesos judiciales, entre otras acciones similares; es decir, a fortalecer las políticas represivas y de encierro.

A pesar de eso, existen esfuerzos importantes por cambiar ese panorama. Proyectos de Trabajo Comunal Universitario, ONG´s, trabajos de voluntariado e incluso alguna parte de la institucionalidad penitenciaria hacen un esfuerzo importante por cambiar la situación actual, pero todo esto es insuficiente.

Hace falta crear políticas públicas dirigidas a una seguridad ciudadana entendida en el sentido amplio.

Ese cambio implica volver la mirada hacía el mejoramiento de las condiciones de vida de las personas que eventualmente podrían terminar cometiendo un delito dadas las condiciones sociales de vulnerabilidad en las que se encuentran; crear y fortalecer programas de prevención de la violencia; mejorar la calidad y el impacto de la educación y la salud pública; garantizar el acceso a estos bienes sociales a las personas en condiciones económicas vulnerables; garantizar el acceso a actividades culturales que promuevan el desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes; y generar oportunidades de empleo para los jóvenes, entre otras medidas de carácter estructural.

En vez de meter a más niños como Robinson a la cárcel, esta sociedad debería destapar la salida de ese callejón, y detener la máquina generadora de delincuencia que estamos alimentando.

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