Opinión

La calidad de la educación

Actualizado el 20 de enero de 2015 a las 12:00 am

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Llegado el fin de cada período lectivo se escuchan lamentos, reprensiones, quizás bien justificados, pero insalvables cuando ya se han reprobado las materias: llantos extemporáneos, se podría decir. Pareciera que la falta de exigencia es de las escuelas y de los colegios, otras veces, de las universidades, en ocasiones, de los docentes, y pocas, de los padres. Y todavía en nuestros días quisieran cargar la conciencia del profesor, diciéndole que no sabe dar clases, que evalúa lo que no enseña y que sus hijos obtienen buenas notas en todas las materias excepto en la que él imparte. ¿Es eso un favor para los hijos o un mal endémico de los padres sobreprotectores? ¿No se filtrará el orgullo de ver que un hijo o una hija ha manchado el expediente académico de la familia?

Pareciera tan fácil empacar para irse de viaje, encender la computadora, tomar entre manos la tablet, enfrascarse para chatear con colegas y amigos, y empezar un videojuego. Sin embargo, sentarse a estudiar ya no resulta tan sencillo, acompañar a los hijos en sus faenas es más bien una proeza de la que un universitario está dispensado (de hecho, pero no de derecho). Tal vez eso explique aquella frase puesta por Cervantes en boca del Quijote: “el comenzar las cosas es tenerlas medio acabadas”. Pero si bastara empezar abundarían los versos, los elogios, las buenas notas y hasta las graduaciones. Lo que hoy abundan, en cambio, son las fiestas, los partidos de fútbol, las salidas con amigas y conocidos, la evasión… Cuánto dinero gastado –“invertido”, querríamos decir– en fiestas y excesos para celebrar un aniversario, una edad de la vida, cuando lo que se habría de celebrar con mayor fervor es la coronación de las pequeñas etapas, de cada jornada diaria, del trabajo bien hecho, en el aula, en el tiempo extraclase, en ese amplio espectro de la formación informal, en el ámbito extracurricular, en el seno de la familia, idóneo para el desarrollo de los talentos.

¿Es que hoy lo importante es el festejo, la imagen y el reconocimiento social? ¿Y qué prioridad tiene el aprendizaje dentro del frenesí de una ciudad que clama por likes , seguidores, selfies y fans ? Nadie niega que una buena calificación es importante –o al menos eso queremos pensar–, pero la pregunta no es esa, sino ¿interesa el resultado, más que el proceso? ¿Basta aprobar, o en realidad existe una genuina búsqueda de la excelencia, de perseguir la mejor versión de nosotros mismos, para construir un proyecto de vida y de carrera? ¿Queremos tener un profesional más en la sociedad, o pretendemos tener uno menos? Uno menos, porque es disconforme, inquieto, apasionado por la verdad, sediento de felicidad para sí mismo y para quienes le rodean, afortunado –¡qué riqueza encierra tener acceso a la educación!–, ilusionado por cambiar el mundo y transformar la realidad de su comunidad y del país.

Universidades. Hoy notamos que las academias sobran, quizás hasta nos parezcan pocas, pero, como reza con pesar Rubén Darío en los versos de su letanía al señor don Quijote: “De las academias, ¡líbranos, Señor!”. Universidades, universitas…, esas que cobijan la universalidad de conocimientos, la amplitud de saberes, la diversidad más enriquecedora… ¡siguen siendo tan pocas! Y en los países de Latinoamérica, hasta se podrían contar con los dedos de una mano, aunque a veces bastaría el índice, para exclamar, mientras apuntamos con decisión: ¡esa sí es una Universidad!. Porque las academias auténticas no sobran. Abundan los modelos de negocio educativo, esos que generan una fortuna a sus dueños, que probablemente empezaron siendo una fundación, sin afán de lucro ni de pérdida, pero hoy son un negocio redondo, garantía de sostenibilidad, sin importar la calidad, porque lo importante es el resultado, el título, el reconocimiento social. Queda atrás el aprendizaje compartido, la investigación, el claustro académico o la proyección social. Y ese no es un problema “social”: es un problema nuestro.

Muchos se siguen quejando de la educación que no queremos, pero muy pocos trabajan por la educación que necesitamos. Si el formato de educación actual está obsoleto, probablemente alguien inventará alguno nuevo. Innovar en educación es osadía: es atreverse, emprender, ir contra corriente, y penetrar en lo árido hasta roturar el terreno. Seguiremos buscando opciones educativas más cercanas, más baratas, bilingües, por supuesto, con horarios cómodos y, si es posible, con estatus. Ojalá con food court , excelentes instalaciones deportivas, alta tecnología y convenios internacionales, sin importar que el precio sea algo elevado. Pero son pocos los que reclaman exigencia, profesores con preparación, trato humano con los estudiantes, relación personalizada, valores, ética, prestigio de los compañeros, alimentación balanceada o la sonrisa del celador.

Seguiremos señalando al culpable, continuaremos hurgando en el profesor mediocre, sin tener la humildad de reconocer que fuimos nosotros los que lo escogimos porque no quisimos leer la letra menuda de nuestra conciencia. Fuimos nosotros los que votamos por esa enseñanza, la que hoy no queremos, porque nos da pena reconocer nuestro error y justificamos lo insalvable, recomendando nuestra escuela, colegio o universidad, o peor aún, criticándola sin mover un dedo por promover una educación que marque las vidas, que deje un rastro en el corazón de las personas que más queremos y sobre todo en el nuestro.

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