Opinión

En busca de la convergencia

Actualizado el 24 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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En busca de la convergencia

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CAMBRIDGE – Uno de los enigmas de la economía mundial es que, durante 200 años, los países más ricos crecieron más rápido que los más pobres, un proceso aptamente descrito por Lant Pritchett como “divergencia en grande”. Cuando Adam Smith escribió La riqueza de las naciones en 1776, el ingreso per cápita en el país más rico del mundo –probablemente, Holanda– era alrededor de cuatro veces el de los países más pobres. Doscientos años después, Holanda era 40 veces más rico que China, 24 veces más que la India y 10 veces más que Tailandia.

Pero la tendencia se ha revertido en los últimos 30 años. Hoy día, Holanda es solo 11 veces más rico que la India y apenas 4 veces más que China y Tailandia. Consciente de esta tendencia, el premio nobel de economía Michael Spence sostiene que el mundo se encuentra al borde de “la próxima convergencia”.

Pero algunos países todavía están divergiendo. Aunque en 1980 Holanda era 5,8, 7,7 y 15 veces más rico que Nicaragua, Costa de Marfil y Kenia, respectivamente, en el 2012 era 10,5, 21,1 y 24,4 veces más rico.

¿Qué explica una divergencia generalizada en un período y una convergencia selectiva en otro? Después de todo, ¿no deberían los rezagados crecer más rápido que los líderes cuando lo único que tienen que hacer es imitar, e incluso saltarse las tecnologías que quedaron obsoletas? ¿Por qué no crecieron más rápido durante tanto tiempo, y por qué algunos lo están haciendo ahora? ¿Por qué ahora unos convergen mientras otros continúan divergiendo?

Existen muchas posibles respuestas a estas preguntas. Pero me gustaría esbozar una explicación que, de ser válida, podría tener importantes implicaciones para las estrategias de desarrollo que son viables hoy.

La expansión económica de los últimos 200 años se ha basado en una explosión del conocimiento sobre lo que se puede hacer y cómo hacerlo. Una metáfora apropiada es el juego Scrabble: los bienes y servicios se producen uniendo capacidades productivas –insumos, tecnologías y tareas–, al igual que las palabras se forman uniendo letras. Los países que tienen una mayor variedad de capacidades pueden producir bienes y servicios más diversos y complejos, al igual que el jugador de Scrabble puede generar, con más letras, un mayor número de palabras y palabras más largas.

Si un país no tiene una letra, no puede hacer las palabras que la emplean. Además, cuanto mayor sea el número de letras que posee un país, mayor es el número de usos que puede encontrar para cada nueva letra que adquiere.

Esto lleva a una “trampa de quietud”, que sería la causa central de la “gran divergencia”. Los países que tienen pocas “letras” carecen de incentivos para acumular más porque no es mucho lo que pueden hacer con una letra nueva: para qué tener control remoto para la TV, si no se tiene televisor, y para qué crear un canal de TV cuando los espectadores potenciales carecen de energía eléctrica.

Esta trampa se hace más profunda mientras más largo sea el alfabeto y más largas las palabras. En los últimos 200 años se ha producido una explosión de letras (tecnologías) y de palabras más largas (bienes y servicios más complejos). Esto hace que los países avanzados tengan incentivos para seguir avanzando, mientras que los rezagados se quedan cada vez más atrás.

Entonces, ¿por qué hoy algunos países más pobres están convergiendo? ¿Acaso se está reduciendo el alfabeto de la tecnología? ¿Acaso ahora se están simplificando los productos?

Evidentemente no. Lo que pasa es que la globalización ha fragmentado las cadenas de valor, permitiendo que el comercio pase de letras a sílabas. Hoy, los países pueden participar en el mundo con menos letras y añadir letras de manera más paulatina.

Antiguamente, si se quería exportar una camisa, había que diseñarla al gusto de gente desconocida, adquirir los materiales apropiados, fabricarla, distribuirla a través de una red logística eficaz, establecer una marca, mercadearla y venderla. Si alguna de estas funciones no se realizaba adecuadamente, sobrevenía la bancarrota. Pero ahora la globalización permite que estas funciones se lleven a cabo en distintos lugares, de modo que los países pueden empezar a participar más temprano en la cadena global de valor, cuando todavía tienen pocas capacidades, que más tarde pueden expandir.

Uno de los ejemplos recientes es Albania. Conocida como la Corea del Norte europea hasta principios de la década de 1990, cuando abandonó su quijotesca búsqueda de la autarquía, Albania comenzó apenas cortando y cosiendo prendas de vestir y calzado para fabricantes italianos, pero con el tiempo llegó a desarrollar empresas propias plenamente integradas. Otros países que comenzaron con prendas de vestir –como Corea del Sur, México y China– terminaron por volver a usar las letras acumuladas y añadir otras, con lo cual pasaron a la producción de artículos electrónicos, automóviles y equipos médicos.

Consideremos esta versión estilizada de la venta de Thinkpad por parte de IBM a la empresa china Lenovo: érase una vez un fabricante chino al que IBM le pidió que ensamblara su Thinkpad –usando los componentes que IBM le enviaría y siguiendo sus instrucciones– y que luego le mandara el producto terminado. Unos años después, la empresa china sugirió que ella se podría encargar de adquirir los componentes. Luego, ofreció encargarse de la distribución internacional del producto. Posteriormente, ofreció encargarse de rediseñar el computador mismo. Y así fue como, pasado un tiempo más, la contribución de IBM al negocio dejó de ser relevante.

Aprender a dominar nuevas tecnologías constituye el núcleo del proceso de crecimiento. Si durante el aprendizaje se enfrenta competencia por parte de los que ya tienen mucha experiencia, es poco probable que la empresa sobreviva lo suficiente como para adquirir experiencia propia. Este es el argumento que se ha utilizado para respaldar las estrategias de sustitución de importaciones, que emplean las barreras comerciales como instrumento principal de su política. El problema que conlleva la protección comercial es que, al restringir la competencia externa, también impide el acceso a insumos y knowhow .

Una forma alternativa de aprender haciendo, potencialmente más poderosa que cerrar los mercados a la competencia externa, es participar en las cadenas mundiales de valor. Ello permite una acumulación más parsimoniosa de capacidades productivas al reducir el número de capacidades iniciales que hay que tener para empezar a participar en el negocio.

Esta estrategia requiere una política comercial muy abierta porque implica que los bienes deben atravesar muchas veces las fronteras. Pero eso no justifica el laissez faire , sino que, por el contrario, exige políticas activas en diversos ámbitos, como educación y capacitación, infraestructura, I+D, promoción de empresas y el desarrollo de vínculos con la economía mundial.

Hay quienes descartan esta estrategia diciendo que, con ella, los países terminan por ensamblar productos de otros. Pero, como dijo alguna vez el famoso astrónomo Carl Sagan: “Para hacer un pastel de manzana partiendo de cero, primero hay que crear el universo”.

Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor de Economía en la Universidad de Harvard, donde también es director del Centro para el Desarrollo Internacional. © Project Syndicate.

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