La burocracia es un parásito cebado en la sangre misma de nuestro ser: el tiempo

Por: Jacques Sagot 23 agosto

La corporación me pide ahora un “informe de gestión”. Y además tienen el tupé de llamarlo “tan solo un ejercicio administrativo”. ¿Qué diantres quiere decir “informe”? ¿Qué demonios quiere decir “gestión”? ¿Qué demontres quiere decir “administrativo”? ¿Por qué no me dejan simplemente vivir? La burocracia –la Zwieckrationalitat de Weber– es como el espantapájaros del chiste: “¿Para qué tienes un espantapájaros en tu maizal, si aquí no hay pájaros?” –le pregunta un campesino a otro–. “No los hay precisamente gracias a mi espantapájaros” –contesta el interpelado–. La burocracia inventa su propia necesidad. Vive de sí misma. Existe para existir. Se autojustifica neciamente.

No solo es absurda: es, además, perversa. La sacralización del papel, del documento. Un fetiche más. Sin duda habrá cretinos que se masturban con este tipo de trámites: han de encontrarlo indeciblemente excitante: “Informe de gestión, informe de gestión, informe de gestión”, a ver, a ver, gocemos sensualmente con las sonoridades: “inffforme de gessstióoonnn”, así, así, que la última sílaba sea explosiva, orgásmica, expansiva, las consonantes intervocálicas aceitosas, prolongadas voluptuosamente, como en “inffforme”, sí, sí, ¿vieron cuán erótico? Ríndanlas, disfrútenlas, hagan deslizar una infinita columna de aire a través de sus labios entrecerrados al proferirla: “ffffff…”.

¿Ya alcanzaron el clímax, sarta de mediocres? ¿No todavía? Pues vamos de nuevo: “In-fffor-me de gesss-tióoonnn” ¡Huy, qué rico! Demórense en la fricativa alveolar sorda “S”… untuosa, líquida, ciprina pura… ¿Ven qué delicia?

Extenúense sobre la “N” final, abandónense a esa divina lasitud que sobreviene al rapto del alma en el espasmo orgásmico, sí, sí, una “N” “con fermata”, y “con pedal”, ahí, resonando hasta su extinción, como el canto del órgano que se eterniza en las bóvedas de una catedral gótica…

¿Ya, por fin hablaron “en lenguas”? ¿Les gustó? ¡Pobres imbéciles! Mil veces menos abyecta me parece la asfixiofilia, práctica consistente en estrangular, asfixiar o ahogar a la pareja durante el acto sexual, o cualquier otra en el variopinto menú de las más retorcidas parafilias.

Autorreferente. La burocracia es autorreferente: se refiere a sí misma para poder referirse a sí misma, de manera que pueda seguir refiriéndose a sí misma, sin nunca dejar de referirse a sí misma, refiriéndose a sí misma con el propósito de volver a referirse a sí misma y luego poder volver a referirse a sí misma… ad infinitum.

El tonel sin fondo de las Danaides. Un monstruo que devora montañas de papel, sellos, timbres y tinta diarias, pero exige más: nuestras mentes, nuestras vísceras, nuestros cuerpos, nuestras almas. Insaciable súcubo.

Aun la muerte debe ser burocratizada. Prohibido morirse sin llenar los formularios requeridos para oficializar el cambio de estatus civil: de “vivo” a “muerto”. Sobre todo, amigos: firmar el acta de defunción antes de que el rigor mortis nos impida ya manipular el bolígrafo.

Y luego, presentar los documentos migratorios debidamente actualizados a Carón antes de cruzar la laguna Estigia. Cuenten con que hay que presentar visa para el más allá, y las filas para obtenerla son kilométricas. Siendo ciudadano costarricense, si hoy muriese en París, tendría, supongo, que ser devuelto a la vida ocho horas –la diferencia horaria entre París y San José–.

Llegaría a la presencia de Satán, y le diría: “En mi calidad de ciudadano costarricense –tal cual lo certifica mi pasaporte–, exijo que se me restituya a la vida, toda vez que en mi país soy ocho horas más joven que en Francia. No admitiré que se me escamotee este tiempo precioso: presentaré una queja formal ante todos los demonios subalternos de la Gehena, y haré valer mis derechos”.

Mi amo absoluto y santo patrono sin duda reconocería que la petición es razonable, y me devolvería a la vida ocho horas. Pero no las desperdiciaría volando de vuelta hacia el cafetal –caso en el cual moriría en el avión: ¡el viaje toma catorce horas!– No, me quedaría en París… y más no digo.

Parásito. La burocracia es un parásito cebado en la sangre misma de nuestro ser: el tiempo. De él –lo más precioso que tenemos– se alimenta. Más que de burocracia, deberíamos hablar de buromanía, porque, en efecto, se trata de una patología, de un morbo social bien tipificado. Una aberración organizativa caracterizada por procedimientos explícitos y regularizados, división de responsabilidades, especialización del trabajo, jerarquías monolíticas y relaciones impersonales.

En otras palabras, la sociedad devenida máquina. El hombre-pieza-de-engranaje. Malsano invento de la ciencia administrativa, en particular de la administración pública (la sociología no hizo sino diagnosticarla).

Podría definirse como un conjunto de técnicas o metodologías dispuestas para aprehender o racionalizar la realidad exterior –que pretende ser controlada por el poder central, generalmente anónimo– a fin de conocerla y dominarla de forma estandarizada y uniforme. Característica de las burocracias gubernamentales es la contratación y asignación o remoción de personal, es decir, funcionarios.

Reparen, amigos, en la palabra: “funcionario”, algo que “funciona”: una polea, una tuerca, una palanca, un electrodoméstico. Noción completamente divorciada de lo humano. Porque los seres humanos no “funcionan” o “disfuncionan” (el término “disfuncional” es ahora uno de los mots de la tribu en la psicología y la sociología). ¡Pero señores, señoras, lo propio del ser humano no es funcionar: es vivir! ¿Se les había olvidado ese pequeño rasgo antropológico? ¡Pues permítanme recordárselo!

¡Con que un “informe de gestión”! Cardumen de abogadillos, inspectorcillos y administradorcillos de porquería. Lean El Proceso, El Castillo o En la colonia penitenciaria, de Kafka. Todo lo sintió, todo lo palpó, todo lo intuyó, este pobre funcionario que elaboraba actas notariales durante el día, y que al llegar la noche, a la luz del quinqué, con sus desmesurados ojos de lémur, de criatura nictálope, su aire de animal acorralado, enjuto sobre su mesa de trabajo, retrataba, rasgo tras rasgo, la era en que le tocó vivir. Kafka: el poeta y exégeta del siglo XX.

El autor es pianista y escritor.