Opinión

Para que la burbuja no estalle

Actualizado el 08 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

Situaciones extraordinarias exigen liderazgos extraordinarios

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Para que la burbuja no estalle

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Deseo compartir con los lectores algunas reflexiones sobre la coyuntura electoral costarricense, contextualizada en el marco de la situación que atraviesa la región centroamericana.

Encuesta de Unimer. La última encuesta de Unimer, publicada por La Nación el 1 de diciembre, confirma una hipótesis política básica: cuando el centro se debilita y entra en decadencia (PLN, PUSC, PAC), se fortalecen los puntos extremos del abanico ideológico (FA y ML), que, al mismo tiempo, inician un proceso de desplazamiento hacia el centro. Este es el fenómeno reflejado en la fotografía político-electoral presentada por Unimer.

El PLN no crece fuera de sus filas históricas y dentro de estas reina una división que nadie está interesado en subsanar. El escenario óptimo para este partido es amalgamar en un solo bloque de acción y pensamiento al mongismo, el arismo, el figuerismo y el arayismo, pero su dirección electoral actual es prisionera de una retórica política que borra de un plumazo casi cuarenta años de historia política nacional y de la historia de ese partido. Esto convierte en imposible la unidad referida.

El PUSC, por su parte, no ha sido capaz de re-inventarse como fuerza electoral ni de modernizar la síntesis de economía social de mercado, liberalismo político y pensamiento social del humanismo secular-cristiano, que en los años noventa le produjo indudables réditos.

Por otro lado, el PAC, luego de cometer parricidio, negar sus orígenes, rehusar escuchar “la voz de Dios” y diluirse en una mezcla electoral que nada dice o lo dice todo para perder, está en riesgo de convertirse en un fracaso de proporciones épicas.

De este modo, la decadencia y división del centro político (tanto del tradicional –PLN y PUSC– como del emergente –PAC–) favorecen el ascenso del Frente Amplio y del Movimiento Libertario, otrora extremistas, pero que ahora no lo son tanto, como lo evidencia el hecho de que al FA, en estricta lógica de coyuntura electoral, le conviene comprometerse con un pragmatismo de centro al estilo de Tabaré-Mujica en Uruguay, Lula-Rousself en Brasil y Bachelet en Chile. Mientras, al Movimiento Libertario le es imperativo enriquecer y ampliar su perspectiva liberal clásica con un liberalismo social distinto al anarco-capitalismo que lo inspiró en los inicios de su trayectoria.

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Desafíos. Y, mientras lo anterior acontece en el escenario político nacional, la sociedad costarricense y la región de la que forma parte (Centroamérica) se encuentran en una situación de riesgo socioeconómico. La exclusión social, la existencia de Estados degradados o en situación de inercia e ineficiencia, la corrupción como sistema de gestión pública, el primitivismo político y la ausencia o debilidad de una cultura emprendedora configuran condiciones difíciles de superar.

En varios países, la pobreza y la pobreza extrema cubren a más del 50% de la población o ronda ese porcentaje, siendo mucho mayor en las zonas rurales. En Costa Rica, más de un millón de personas se encuentran en condición de pobreza y/o pobreza extrema, lo que equivale a casi 300.000 hogares. La realidad de la exclusión social es pasmosa y aplastante. Se sabe, a este respecto, que el crecimiento económico es indispensable para generar riqueza, pues, sin riqueza, solo se distribuye pobreza. Sin embargo, también es conocido que las interacciones crecimiento-equidad no son automáticas, exigen finanzas públicas ordenadas y sanas, y políticas de Estado específicas que cooperen con los esfuerzos de trabajadores, empresarios y emprendedores.

En correlación con lo anterior existe la extrema debilidad de los Estados de derecho y la incidencia de la violencia que padecen la mayor parte de los países de la región, lo cual crea la posibilidad de que surjan o ya existan Estados degradados, incapaces de articular y ejecutar políticas públicas eficaces.

La hipótesis del “Estado degradado” no es aplicable al caso costarricense, pero en nuestro país existe un Estado con alto grado de inercia, ineficacia y desperdicio de recursos ¿Dónde se origina esta circunstancia? En una tecno-burocracia politizada y gremialista, que se conduce como propietaria de la institucionalidad pública, carece de visión estratégica y se estructura a través de intereses minoritarios. Se origina también en la ausencia de una cultura emprendedora que innove y modernice al sector público, y cree cientos de nuevas empresas y miles de emprendimientos. Esto es grave porque erradicar la pobreza y la pobreza extrema, fortalecer a las clases sociales medias y disminuir la desigualdad requieren volúmenes de riqueza social mayores a los actuales, y esta no puede producirse sin una cultura emprendedora generalizada.

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A la exclusión social, la posible degradación de los Estados, la violencia criminal y la ineficacia del sector público debe sumarse el primitivismo del comportamiento político, evidenciado en la desafección ciudadana respecto a la política, y en la inutilidad de lo político, en tanto la sociedad funciona –al menos, en Costa Rica– cada vez más al margen de lo que hacen, dicen, piensan y deciden las dirigencias partidarias.

Imagínense una pirámide en cuya base encontramos datos e informaciones, le siguen conocimientos y en la cúspide están la ciencia y la sabiduría. Pues bien: los aparatos partidarios se mueven por debajo del primer nivel de la pirámide, en el plano de la irracionalidad emocional, la manipulación más grotesca y la publicidad más demagógica, y esto significa que, copados hasta el tuétano por la cultura del trepador y oportunista, todo en ellos es circo, gritos y charanga.

¿Significa lo anterior que la política es inútil? No. Lo que indica es que el tipo actual de política –y de partido político– es irrelevante, causa daño y obstaculiza la evolución del país. Esta es una realidad que favorece el crecimiento del FA y del ML, grupos cuyos principales liderazgos han sabido presentarse como alejados de la desacreditada política tradicional.

Desinflar la burbuja. ¿Cómo desinflar la burbuja de violencia y polarización que nace de la exclusión social, la degradación estatal, la inercia e ineficacia del sector público, el desperdicio de recursos, el primitivismo político y la ausencia de una cultura emprendedora? En el caso costarricense se cuenta con diagnósticos suficientes sobre la situación socioeconómica. El talón de Aquiles está en si alguno de los liderazgos políticos actuales se encuentra en capacidad de impulsar transformaciones democráticas. Si bien estos liderazgos se han originado en partidos desenchufados, divididos y primitivos, cabe la posibilidad de que, al menos, uno de ellos trascienda las limitaciones de su agrupación e, incluso, la transforme en virtud de la amplitud de sus planteamientos programáticos.

Conviene, pues, que ese eventual liderazgo active una masa crítica de recursos humanos que no sea obstaculizada por mentalidades partidarias tan subdesarrolladas y sectarias como las dominantes en el país. Por esta vía, quizás, pueda desinflarse la burbuja que amenaza con estallar.

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