Opinión

Lo que es bueno para el ganso…

Actualizado el 16 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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En su artículo “A propósito de Intel” (17-04-14), el profesor Alfredo Alfaro Ramos señala con el dedo acusador las limitaciones de la educación secundaria y primaria, pero lamentablemente exime de ese análisis al gremio universitario.

Como egresado del Instituto Tecnológico de Costa Rica (ITCR) y profesor de educación técnica comparto muchas de las inquietudes expresadas por el profesor Alfaro. Definitivamente, tenemos mucho que mejorar en secundaria. Sin embargo, me parece que el profesor Alfaro se expresa con un marcado sesgo a favor de la educación universitaria, la cual, a mi modesto entender, también es sujeto de un análisis igualmente concienzudo. Comparto las siguientes razones para justificar mi opinión.

Calidad. El profesor comenta que la educación universitaria ha venido aumentando en calidad pero no aporta ningún tipo de evidencia que soporte su argumento. ¿Cómo se midió esa mejoría? ¿Quién la midió y con qué referencia se concluyó que significaba una mejoría? El profesor rasga sus vestiduras ante el hecho que para ser profesor de primaria o secundaria, el único requisito es tener una licenciatura en Educación. ¿Cuántos profesores universitarios cumplen con ese requisito?

Por ejemplo, en los concursos externos del ITCR para puestos docentes en las escuelas de agronomía y electrónica RH-106-2012 y RH 210-2013, no se hace mención alguna de ese requisito académico. El único requerimiento relacionado con docencia es la experiencia, la cual es opcional, ni siquiera es excluyente. De acuerdo con los mencionados concursos, para laborar como docente en el ITCR, en algunas carreras al menos, no es necesario haber llevado ni media hora de Pedagogía o Didáctica.

Ningún director de secundaria responsable pensaría, como primera opción, en poner un recién graduado de secundaria al frente de un salón de clase de III o IV ciclo. Sin embargo, ha sido una práctica de las universidades públicas encargar a estudiantes recién graduados sin experiencia laboral, o inclusive por graduarse, la responsabilidad de un curso de carrera teniendo varios candidatos con mayor preparación y experiencia en el registro de elegibles de la institución. En mi opinión, un caso es tan perjudicial como el otro.

El profesor Alfaro propone exámenes psicométricos, de conocimientos y pedagógicos para futuros docentes de escuela y colegio. ¿Por qué no incluir también a los colegas de nivel universitario? ¿No sería al menos tan necesario en su caso, ante la ausencia de requisitos académicos en docencia? Podrían, incluso, prepararse para esas pruebas durante su jornada laboral ya que los profesores de universidades públicas tienen, como parte de su horario semanal, horas de preparación de lecciones debidamente asignadas, a diferencia de los colegas de secundaria y primaria quienes, en su mayoría, atendemos estudiantes entre el 95% y el 100% de la jornada, dejando para nuestro tiempo libre todas las labores docentes que no involucran contacto directo con los estudiantes.

Formación. Todas las generaciones de graduandos de secundaria deben cumplir con un estándar mínimo para obtener su bachillerato y (si procede) su título de técnico medio. A nivel universitario, se carece actualmente de algún instrumento que mida requisitos mínimos de conocimiento en los graduandos, lo que es una oportunidad perdida de brindar retroalimentación a los docentes. Incluso, esa carencia puede ser un estímulo perverso para tener un bajo sentido de urgencia por mejorar sus habilidades pedagógicas.

En un tono más personal, como estudiante del ITCR, admiré mucho las cualidades pedagógicas de mis profesores del departamento de matemática, quienes entiendo, tienen esa formación específica en docencia. Sin embargo, con mucho mayor intensidad padecí la carencia de esa formación en mis profesores de carrera. Por tanto, la formación en pedagogía no es trivial, aunque pareciera no estar en las prioridades de contratación docente en mi alma máter.

Hay mucho que hacer por mejorar en primaria y secundaria, pero, por las razones señaladas, considero que los colegas universitarios también deben acompañarnos en ese proceso de mejora. No pueden sentirse eximidos.

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