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La buena vida: olvidamos lo que es

Actualizado el 02 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

Es necesariovolver a tenerclaro ydespierto el yo

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La buena vida: olvidamos lo que es

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En estos días pasan cosas muy curiosas: nadie habla del 10% de desempleo, la presidenta recién descubrió que las tasas de interés eran altas y que curiosamente afectaban a la gente y en un arrebato de indignación, culpó a los bancos estatales (es decir, a los bancos del Gobierno, es decir, del gobierno de ella ); se percató también de que los combustibles estaban “carillos” y furiosa, increpó a Recope y a Aresep (que, hasta donde sabemos, forman parte también del Gobierno, el de ella ).

Pero también, se ha develado un secreto a voces: la UCR se ha convertido en una víctima más del decadente sistema. Por sus aulas, solo se pasean los ricos y los privilegiados –con contadas excepciones–. Por si fuera poco, y dicho por un ilustre galeno, por demás enterado de lo que pasa en la Caja por dentro, la institución desde la perspectiva financiera, está dando coletazos de muerta. Y así, abundan las curiosidades y en consecuencia, los colerones.

Sin embargo, existe un factor que agrava lo anterior y este elemento no se ubica en las externalidades del ciudadano sino más bien, en su interior. Veamos.

Problema antropológico. Hace muchos años, que vengo afirmando que el principal problema del país es antropológico y que los problemas sistémicos son solo reflejo de un yo, que se prolonga en las acciones, para bien o para mal, es decir, somos lo que hacemos.

Desde esta perspectiva, llama la atención que desde el otro lado del charco, dos autores ingleses hayan llegado a conclusiones semejantes, Robert y Edward Skidelsky, en su libro ¿Cuánto es suficiente?, plantean la confusión de unos tiempos como los actuales, en los cuales, tenemos todas las posibilidades técnicas y materiales para llevar una vida buena, pero nos hemos olvidado de lo que es.

Conectemos ahora las primeras reflexiones con las segundas.

Cuando las personas que conforman una sociedad, olvidan que sus vidas, estructuralmente deben aspirar a la felicidad, es fácil que corran detrás de promesas de ella, que no son ella misma. La felicidad, desde la perspectiva de los clásicos, era un proyecto social, compartido. Tan convencidos estaban los griegos de que el ser humano era esencialmente un ser social, que cuando pensaron en la palabra adecuada para designar “felicidad”, pensaron en una palabra compuesta que integraba, “bien” con “los otros” (“eudaimon”). Es decir, luego de un proceso de búsqueda hacia dentro, se llegaba a la apertura a los otros, a construir con otros, dado que estábamos llamados a ser con otros. Esto es lo contrario al pesimismo de Sartre cuando proclamaba al otro como el “infierno”.

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Dos cosas son claras, el deseo infinito de felicidad que anida el corazón humano, y su condición social, con lo cual, los proyectos compartidos de vida felicitante son fundamentales. Cuando el ser humano pierde esta mirada, todo empieza a resquebrajarse.

La nación, el país, es un proyecto compartido; si la felicidad se ve reducida a la superficie, al sentimentalismo pasajero, al disfrute individual de un gozo, que de por sí está marcado por la fugacidad, los proyectos-país, devienen en incomprensibles. Y los sistemas construidos por las generaciones anteriores, mucho más claras en esta mirada socializante, se ven como anacrónicos, inservibles, o como oportunidades para lucrar o beneficiarme.

Y así, se va minando cualquier sistema. En eso estamos, por eso vemos cómo todo se cae a nuestro lado y no es culpa de la presidenta de turno, es la culpa de todos, es generacional.

Despertar. Es necesario volver a tener claro y despierto el yo.

Las sociedades no cambian por decreto, las sociedades son la suma de las voluntades libres de quienes las conforman, si son conciencias lúcidas, despiertas, solidarias, claras, constructivas, tendremos sociedades en las que se plasman esos predicados, si solo tenemos aprovechados, cínicos, buenos para criticar y destruir sin proponer, entonces tendremos eso reflejado en la cotidianidad, como parecen ser los tiempos actuales.

¿Cómo salir de este entuerto? Educando. A todos y en todos los niveles. Hay que volver a hablar de antropología: ¿Quiénes somos? ¿Para qué vivimos? Hay que perderlo el miedo a estas preguntas, hay que volver a plantearlas porque solo con personas despiertas, con un proyecto de vida, que tengan conciencia de su condición social y de que están llamados a ser felices y que no se conformen con menos que eso, empezaremos a ver surgir sociedades que erigen instituciones, sistemas, condiciones de vida y convivencia que tengan como horizonte último la felicidad compartida, y no el lucro, el placer, el consumo o el poder individual como metas.

Los escenarios son claros, escuelas, colegios, universidades, familias, iglesias, grupos deportivos y de voluntarios, scouts , etc., en todos los escenarios debe hablarse de qué personas queremos ser, no de valores ni de ética, porque eso viene en un segundo momento. Solo requiere de la ética (pensar antes de hacer) y de los valores (guía para la toma de decisiones) quienes saben para dónde llevan su vida.

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Esto requiere un amplio esfuerzo nacional, un profundo acuerdo, para que, sin sospechas ni exclusiones, todos los actores que tengan que ver con la educación de las personas se pongan de acuerdo en los contenidos y en los métodos. Debemos volver a tener el coraje de formar hombres y mujeres, en el sentido de la vida, en las razones de todo lo que hacen y olvidarnos para siempre de esa reducción inaceptable de la educación a mera transmisión de herramientas instrumentales.

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