La frase “reforma política profunda” en América Latina ha probado ser un peligro para los pueblos

 10 mayo, 2016

En su artículo en La Nación “La insoportable levedad (ligereza) del juicio de Dilma” (1/5/16), el brillante joven politólogo Kevin Casas nos hizo un favor a quienes vivimos intrigados por lo que ocurre en Brasil. Nos ofrece un panorama que permite un diagnóstico: lo que le pasa a Brasil es que no es un país serio.

El desfalco en Petrobras es real, pero se acusa a la presidenta de otra cosa. Lo que pretende Eduardo Cunha al enjuiciar a la presidenta es “poner una lápida” para terminar con la investigación sobre el desfalco en Petrobras en que él y otros miembros del Congreso están ligados.

Don Kevin fue testigo presencial de las consecuencias de la votación legislativa que autorizó el juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff. Las circunstancias de ese juicio no podían ser más trascendentales. Estaba en juego la estabilidad política y económica de Brasil. Pero al conocerse el desenlace de la votación en contra de la presidenta, en el recinto legislativo lo que hubo fueron “empujones, alaridos y una lluvia de confeti”.

El resultado, comenta don Kevin, “fue recibido (por el pueblo) con un encogimiento de hombros”. La avenida Paulista, sitio de una concentración anti-Dilma, “no albergaba una masa enardecida, sino una multitud sonriente que disfrutaba a mares un soleado domingo” y al día siguiente “nadie en la calle hablaba del impeachment”. Era otro vacilón más como el carnaval. Lo único que faltó fueron mujeres semidesnudas.

La falta de seriedad en América Latina ha probado ser un defecto cultural intrínseco de sus pueblos. Mi impresión es que este fenómeno se origina en el hecho de que su orientación social no partió de la codificación de buenas costumbres. Fuimos víctimas del pensamiento delusorio del socialismo que no probó conducir “al bienestar del mayor número”.

Escogimos mal. No copiamos la sociedad forjada por los peregrinos de la otra América, la del norte. Allí no hubo campo para la levedad. Se enfrentaba la vida sin demandar dádivas, con duro trabajo, con responsabilidad personal, con respeto a la libre empresa, a la propiedad privada y a la supremacía de los derechos del individuo frente a los de la sociedad y el Estado.

Es interesante notar cómo un intelectual costarricense talentoso como don Kevin tiene la confianza que los problemas políticos y económicos de Brasil se resolverán “hasta que los bene-ficiarios del actual sistema no se convenzan de que una ‘reforma política profunda’ es la única forma para revertir el acelerado deterioro de la democracia brasileña”.

La frase “reforma política profunda” en América Latina repetidamente ha probado ser un peligro para los pueblos porque siempre termina tratando de corregir los defectos que genera el socialismo, con más socialismo. Nos hunde más.

El socialismo del siglo XXI fue “una reforma política profunda”, lo mismo que el socialismo del siglo XX en Cuba, y ambas reformas empeoraron la condición de sus pueblos. El igualitarismo ha probado ser una quimera perversa que conduce a la miseria colectiva.

El autor es médico.