Opinión

Mi bendición

Actualizado el 23 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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“Gracias, y que Dios me lo bendiga”, me dice el taxista, tan pronto bajo de su vehículo. La expresión me llega al epicentro mismo del alma. En particular, el uso del pronombre dativo “me”. La partícula le confiere a la bendición una hondura singular. Las palabras salen aromadas con ese humus profundo propio del estrato espiritual donde se originaron.

Ese “me” significa que, en el deseo, se involucra quien lo formula, que hace de él algo personal, que se compromete con él, y lo convierte en dación. Y la palabra cae sobre mí como una cálida garúa de estío. ¿Quién dice que para ser uno bendecido debe ir a un templo?

La expresión suele trivializarse, a fuer de habitual. En realidad, es de una hermosura incomparable, y no debería dejar a nadie indiferente. Creer o no creer en Dios carece de importancia, para lo que aquí considero. Lo esencial es el significado de la expresión. La persona convoca al Creador, y solicita para nosotros su bendición. Como si esto fuese poco, añade, con el “me”, un encargo especial, le dice a Dios: “Y trátemelo con cariño, porque él es persona próxima a mi corazón”. ¿Qué más podría pedirse?

Todo esto no es más que una codificada forma de decir “te quiero”. ¿ Agape, caritas, philias, eros ? No importa. Es amor. Expresiones así sostienen el mundo. Pequeñas constelaciones de palabras que perfuman la vida, que operan como bienaventuranzas cotidianas en una sociedad donde el odio y la agresión campean soberanas.

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