8 noviembre, 2014

SANTIAGO – Hace cuarenta años, el economista brasileño Edmar Bacha bautizó a su país como “Belindia”, combinando una Bélgica próspera y moderna con una India pobre y atrasada. Según muchos observadores, en los comicios presidenciales del pasado domingo, la India dentro de Brasil reeligió a la presidenta Dilma Rousseff, mientras que la parte belga votó por el socialdemócrata Aécio Neves. Como la India es más grande, ganó Rousseff.

Dicha tesis está en vías de convertirse en la interpretación convencional de la elección en Brasil, la más reñida y enconada de los últimos tiempos. Y es fácil entender por qué. En el subdesarrollado nordeste del país, Dilma (en Brasil se conoce a los políticos, tanto como a los futbolistas, por su nombre de pila) arrasó con los votos.

En el sur de Brasil, que es relativamente rico y responsable del 70% de la producción económica, Aécio triunfó con facilidad. Una división similar surge cuando se clasifica a los votantes según su grado de dependencia de transferencias públicas (alto en el noreste) o sus años de escolaridad (elevados en el sur).

Sin embargo, de esta elección se desprende más de lo que sugiere el amplio panorama anterior. En 1974, cuando Bacha acuñó su término, resultaba obvio que el Brasil moderno y próspero era solo una pequeña franja del total. Pero en el 2014, Neves, el candidato del Brasil belga, obtuvo más del 48% de los votos.

Esto revela lo mucho que ha cambiado el país en los últimos cuarenta años, y lo numerosa e influyente que ha pasado a ser su clase media. Fue, precisamente, esta clase media, harta de las acusaciones de corrupción y del estancamiento de la economía, la que se rebeló contra el oficialista Partido de los Trabajadores (PT) y votó por el cambio.

Pero no por eso deja de sorprender que, pese a la desaceleración económica –el promedio del crecimiento durante la primera presidencia de Rousseff apenas llega al 1,5% y hoy la economía se encuentra técnicamente en recesión, habiéndose contraído durante dos trimestres seguidos–, Dilma y el PT hayan logrado retener el apoyo de muchos millones de votantes pobres y excluidos. Esto se debe, en parte, a que, como la recesión no ha golpeado mayormente al empleo, muchos hogares todavía no sienten sus consecuencias.

Dilma también se vio favorecida por el superciclo de las materias primas, que llenó las arcas del fisco brasileño y le permitió implementar ambiciosos programas de transferencias monetarias con los que muchas familias salieron de la pobreza. De hecho, estas políticas fueron iniciadas por el expresidente Fernando Henrique Cardoso, del mismo partido que Neves, el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). Pero la imaginación pública las asocia con Luiz Inácio Lula da Silva, el mentor y predecesor de Dilma, también perteneciente al PT. Al afirmar (sin ofrecer evidencia) que Aécio iba a eliminar estos populares programas, Dilma le asestó un fuerte golpe electoral al PSDB.

La estrategia de usar ingresos devengados de las materias primas para obtener apoyo político no es exclusividad de Brasil. En Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela, los populistas han intentado recurrir al mismo truco. También lo han hecho en Chile gobiernos tan dispares como el de Sebastián Piñera (conservador) y el de Michelle Bachelet (socialista). Y las semejanzas no terminan ahí.

Ahora que el auge de las materias primas está llegando a su fin, todos estos Gobiernos enfrentan el desafío de construir un nuevo motor para la economía que sea capaz de sostener el crecimiento y crear empleo. Sin los ingresos extraordinarios de las materias primas, deberán desarrollar sectores nuevos que produzcan nuevos bienes y servicios, lo cual requiere nuevos conocimientos y nuevos tipos de infraestructura.

Esto dista de ser fácil, especialmente para Brasil. Aunque hace tiempo que las deficiencias de su economía están claras, se ha hecho poco para corregirlas. Brasil tiene el Gobierno más grande de América del Sur (con una recaudación fiscal que excede un tercio de su PIB), pero sus autoridades no ahorran ni invierten lo suficiente, creando así problemas de índole micro- y macroeconómica.

Por el lado micro-, la escasa inversión pública significa una infraestructura deficiente y altos costos de exportación. En Brasil no existe la alta tributación con que se han gravado las exportaciones en Argentina, su país vecino, pero sus elevados costos de transporte producen el mismo efecto.

En educación tampoco hay suficiente financiamiento público, especialmente en la educación preescolar y primaria. Al igual que en Chile, la matrícula en Brasil ha aumentado de manera muy pronunciada, pero el sistema educativo aún no brinda oportunidades de calidad a los niños vulnerables. En los resultados de la prueba PISA, administrada por la OCDE, Brasil ocupa uno de los últimos puestos, por debajo de México y de Chile.

Por el lado macro-, la escasez de ahorro fiscal implica una insuficiencia de ahorro a nivel nacional. Cuando hay fondos internacionales disponibles, esto produce bums de corto plazo y altos déficits de cuenta corriente, que se financian mediante un cuantioso endeudamiento externo. Cuando se agota la liquidez internacional, como suele suceder en Brasil y América Latina en general, se debilita la inversión interna y el crecimiento se estanca.

Neves tenía un plan para enfrentar estas deficiencias. Dilma no lo tiene. En el discurso que pronunció la noche en que fue reelegida, hizo muchos llamados a la unidad y al diálogo, e incluso se comprometió a “emprender acción urgente” para reactivar el crecimiento. Pero, al igual que durante su campaña, se abstuvo de proporcionar detalles.

Con respecto a política industrial, la intuición del PT es acertada, pero no así sus herramientas. Asociarse con sectores productivos líderes para promover la innovación es una cosa, pero hacerlo a través del control de precios (como en el caso de los combustibles), de subsidios indiscriminados y de proteccionismo es otra. Esta es la vía por la que ha optado Brasil en los últimos años.

Rousseff no tiene tiempo que perder. Va a presidir un país con una fuerte deuda pública (60% de su PIB), una moneda volátil y una inflación más bien alta. Los nerviosos mercados financieros internacionales mantendrán su gobierno a raya.

Neves y su PSDB salen muy fortalecidos de esta elección, pero también enfrentan grandes desafíos en los próximos años. Los socialdemócratas ocuparán un mayor número de escaños en el Congreso (incluido Neves como senador) y gobernarán algunos de los estados más grandes de Brasil, entre ellos São Paulo, con 43 millones de habitantes y un tercio del PIB de la nación. Pero, para llegar al palacio presidencial de Planalto tras los comicios del 2018, el PSDB deberá convencer a los brasileños pobres –los que viven en la India de Bacha– de que trabaja a su favor y aboga por políticas que los benefician a ellos más que a todos.

Entonces, y solo entonces, comenzarán a desaparecer las históricas divisiones que ha sufrido Brasil. Cuando esto suceda, el país tendrá el moderno y efectivo Gobierno socialdemócrata que merece.

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile,esprofessor of Professional Practice in International Development, en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de Columbia University, Estados Unidos. © Project Syndicate.

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