La nueva administración republicana desde el primer día estaráen su negocio

 15 enero

E l espectro de Trump recorre un mundo abrumado entre asombro y desconcierto. A esta altura, no creo que se pueda afirmar que ese gobierno sea impredecible. Sus acciones de candidato electo y el carácter de sus nombramientos hablan claro de sus políticas y del estilo predictible de su gestión.

Pero su opinada impredecibilidad renuncia a borrarse de los análisis, por más que Trump insista en intenciones y talante. Estamos en “negación”. Es la primera fase del duelo, cuando rehusamos aceptar una realidad que nos asusta. Después viene la “negociación”, cuando se proponen alternativas improbables, como creer que Trump se dejaría convencer de dejar a Costa Rica fuera de su huracán si se le explica lo bien que le fue a Estados Unidos en su negociación del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (Cafta-DR, por sus siglas en inglés) o enviar emisarios competentes para salvar el día.

No obstante, si descontamos una que otra contradicción verbal, la nueva administración republicana expresa, en lo fundamental, coherencia de fondo y de forma.

En lineamientos, está claro que quiere mejorar el clima de negocios de los Estados Unidos, eliminando regulaciones ambientales y de inversión, bajando impuestos corporativos, atrayendo inversiones –con zanahoria y garrote– y defendiendo la producción nacional con políticas proteccionistas.

En cuanto a la forma, se puede visualizar un gabinete homogéneo de alter ego del presidente, con un belicoso know how empresarial que tiene la riqueza como norte ético. Solo cabe cuestionarse si su agresividad será prudente o temeraria (Dalio, Forbes, 12/20/2016).

Son ministros curtidos en el juego rudo de la competencia y el alto riesgo. Gentes de rompe y rasga que no dan cabida a la diplomacia blanda y son poco proclives a timoratas vacilaciones burocráticas. Entre todos, acumulan más horas de experiencia gerencial de alto nivel que en cualquier otro gobierno de EE. UU., desde Kennedy, aunque tengan poco millaje político-administrativo.

Obama comenzó su primer mandato con una mayoría legislativa que desperdició. Luego le tocó el bloqueo. Eso no sucederá en esta administración. En diciembre, ordenaron la repatriación de embajadores y desde el primer día estarán en su negocio. Cuentan con una mayoría republicana más alineada y conservadora que en tiempos de Reagan.

Poco valdrá el instinto globalizador de la vieja guardia republicana que ahora debe alinearse con un electorado más nacionalista. Su buque insignia será probablemente la elección del juez faltante en la Corte Suprema, en detrimento de avances sociales y a gusto de los peores reflejos políticos.

Ambiente. Si descartamos un gesto impulsivo en el dedo o un prematuro inicio de Parkinson que desate un Armagedón, el mayor impacto histórico será un agravamiento imparable del cambio climático.

Todo parece indicar que Estados Unidos renegará de sus compromisos con el Acuerdo de París para detener el calentamiento global. Las consecuencias no serían de dramatismo inmediato, pero cambiarían de forma irrevocable la vida del planeta. Mayor traumatismo a corto plazo se espera en el comercio internacional. En ambos temas hay poco margen para la esperanza.

Estados Unidos es el segundo país contaminante del planeta. Su compromiso de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero es esencial. Obama puso en acción ordenanzas fácilmente revocables.

El anunciado nombramiento de Scott Pruitt, para la Agencia de Protección Ambiental, expresa que tendrá asidero de gobierno el discurso de campaña de Trump.

Poco factible ver aristas positivas en este acérrimo enemigo de la regulación ambiental. Como fiscal general de Oklahoma, Pruitt demandó a la misma agencia en la que ahora será jerarca. Ya los Acuerdos de París fueron difíciles y llegaron tardíos. Cualquier atraso en su implementación tendrá consecuencias catastróficas.

Economía. En cuanto a lo económico, los líderes empresariales norteamericanos conocen el carácter impetuoso de sus contrapartes de gobierno. Ellos toman muy en serio los ucases por tuits. Carrier y Ford desisten de ponderados planes de inversión en México y Toyota tiembla.

Eso refleja lo que piensan de un gobierno que por su eficiencia gerencial bien puede producir un viraje en los patrones de inversión multinacional hacia los Estados Unidos y colateral daño universal.

Semejante panorama reforzaría las banderas proteccionistas en un juego mundial de suma cero. Lo que ganen unos será necesariamente a expensas de lo que pierdan otros y, a la larga, en perjuicio de todos, incluidos los mismos Estados Unidos, por la desaceleración económica mundial que muy pronto produciría.

Lo único impredecible de la nueva administración republicana es si nos va a ir mal o nos va a ir peor. Están feas las pintas de enero. Con eso sí contamos, como con la ceniza del volcán.

Esos son signos alarmantes para Costa Rica, sorprendida in fraganti en su bucólica indolencia, con la mitad de su fuerza laboral en desprotegida informalidad precapitalista, una infraestructura de tercera y energía cara.

Es tarde ya para reaccionar a tiempo, si es que reaccionamos del todo. Estemos claros que ni el mejor emisario impedirá que también lleguen ucases al Coyol de Alajuela.

“Con ley irrevocable, la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de reconocer, en sus inicios, los grandes movimientos que determinan su época” ( El mundo de ayer, Incipit Hitler, Stefan Zweig, 1941). ¿Estamos fallando también nosotros en descifrar los signos de los tiempos que vivimos? ¿Cuándo comenzaron?

Trump no es un accidente. Es reflejo de algo más profundo. Pero todavía no queremos reconocer la antesala de un cambio de época y nos aferramos a esperar que la impulsividad o un choque de individualismos en el nuevo equipo gerencial de gobierno propicien un fracaso prematuro que cierre este capítulo.

Vana expectativa. No existe ninguna fórmula mágica que permita a nuestra apacible desidia escapar de esta aldea global, preñada de peligros y bajo el acecho de los ricos y poderosos.

La autora es catedrática de la UNED.