Opinión

Nada me asusta y todo me sorprende

Actualizado el 20 de abril de 2015 a las 12:00 am

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Nada me asusta y todo me sorprende

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¡Cuánto daría por hacer que las palabras de este título fueran la descripción de mi realidad existencial más profunda! Pero la verdad es que, conforme la sociedad evoluciona caóticamente, más cosas me asustan porque reniegan de los valores que hasta hace poco parecían irrevocables. Por otro lado, menos cosas me sorprenden, porque cualquier relativización es previsible en nuestra sociedad. ¿Qué nos puede sorprender en nuestro contexto sociocultural, maniatado por las fuerzas de la anarquía mediática y el irrefrenable deseo egoísta?

Si pensamos en utopías ¡todas nos han sido mostradas! Si imaginamos mundos alternativos ¡la primera película de ciencia ficción nos supera con creces! Si tratamos de diseñar comportamientos sociales alternativos ¡hay mucha más variedad en la realidad!

No hay duda de que pensar en la esperanza de algo nuevo resulta hoy algo difícil, porque los mundos digitales, la creatividad sumada de tantas personas en el incentivo de una buena oferta laboral (sustentada en que la inventiva personal debe estar sometida a las leyes del mercado) nos inunda de símbolos y signos que ofrecen una catarsis emocional a niveles muy altos.

Pero sucede algo inesperado: detrás de las marquesinas de colores, efectos especiales, diálogos bellos y emotivos, escenas de pasión o manifestaciones de las más nobles emociones ofrecidas a precios de mercado, se enciende en las generaciones de mediana edad el gusanillo de la crítica ideológica.

Entonces me doy cuenta de que vengo de otro planeta: de aquel que existía antes, que era vivo y dinámico no hace tantos años en el espacio que ocupa hoy la Tierra. No soy un extraterrestre, pero hay tantos que quieren que lo piense porque no comparto en su totalidad lo que esta sociedad globalizada me ofrece como bueno, justo y agradable.

Ver la TV es un hobby para los que nacimos en la década de los 60, pero de ella recibimos tantas informaciones y capacidades cognitivas que no podemos simplemente desprendernos de lo que hemos aprendido a lo largo de los años por ese medio. No hay serie de TV o película de la cual no intente hacer una crítica ideológica. En otras palabras, disfruto de la trama y de las imágenes, pero no asumo como una verdad objetiva el mensaje oculto que transmiten: intento develar, entender y tomar posición objetiva ante cualquier cosa que quiere ser comunicada subrepticiamente en lo que se me ofrece como entretenimiento.

Puedo celebrar y emocionarme con una escena diseñada magistralmente, en donde el héroe se libra de milagro del peligro; puedo manifestar incluso perplejidad por la fortuna exacerbada, por la astucia del protagonista, por la calidad de las imágenes o sonidos que intentan mostrar las emociones más profundas; pero nunca podré aceptar sin más que sus razones son las mías, porque la manera en la que otra persona interpreta la realidad es siempre parcial, convicción que mantengo incluso sobre mis propias conclusiones.

He aquí el motivo de una perplejidad que me ha venido atormentando muchas veces: ¿las nuevas generaciones pueden crear ese espacio de criticidad entre lo que ven, oyen y sienten en los contenidos mediáticos en boga, cuando se confrontan con la realidad concreta en la que viven?

Como educador, una y otra vez uno se encuentra con situaciones ambiguas al respecto de estas interrogantes. No queda otro camino que preguntar y descubrir lo que hay en la mente de nuestros jóvenes. Según lo que me han dicho ellos mismos, son capaces de distinguir entre lo “objetivo” (entendido como incumplimiento de las normas socialmente aceptadas que pueden interferir en la consecución de los propios impulsos) y la relativización de cualquier valor para hacer efectiva la consecución emotiva del propio deseo sin causar conflicto social. En otras palabras, en los jóvenes la realidad es relativa, así como lo son las imágenes en una social network , en Internet o en la publicidad cambiante y omnipresente.

Los jóvenes no son peores a los que gustamos de la crítica ideológica, son solo diferentes. Tal vez para nuestros progenitores, nuestra generación resultaba demasiado libre o ingenuamente proclive al cambio y a la modernización; o bien éramos para ellos exacerbadamente librepensadores y poco sumisos a la tradición que les había dado tantas satisfacciones.

Ahora nos parece que los jóvenes traicionan nuestros ideales modernistas y transformadores para hacerse esclavos de sentimientos bajos y de emociones pasajeras.

La verdad es que esos sentimientos los teníamos también nosotros, pero el camuflaje de la “racionalidad” nos ofrecía un lindo escondite, sino es imposible explicar tantos fracasos sentimentales, amorosos o profesionales de las generaciones de edad media actuales. Los jóvenes simplemente no creen en la cobertura o seguridad “ideológica”, son demasiado pragmáticos y privilegian sus propios sentimientos, aunque solo sean pasajeros.

Con el desarrollo exponencial de los medios de comunicación digital, la brecha comunicativa generacional crece asintóticamente. ¿Es que podemos encontrar algún punto de contacto entre nosotros (los de edad media) y las generaciones más jóvenes? La respuesta es positiva: tanto ellos como nosotros habitamos un mismo espacio, un mismo tiempo y limitamos nuestras relaciones cara a cara, porque son pocas personas a las que podemos encontrar espacialmente. La realidad corporal nos tiene atados a las coordenadas espacio-temporales, nos tiene vinculados al teclado y a la pantalla de un computador, a la conversación, al uso del lenguaje hablado y gestual, al abrazo, a las lágrimas que expresan emociones.

Si bien podemos ser multitasking, jamás seremos multidimensionales y, mucho menos, incorpóreos. El contacto vehiculado por la cercanía es único, importante, sensible y decisivo entre las generaciones: es una oportunidad para compartir la vida que nos ha tocado en suerte.

El mundo virtual puede poner entre paréntesis la importancia del mundo real, pero la urgencia biológica, la necesidad de respirar y de alimentarse, el origen corporal de toda vida humana, no puede más que recordarnos que la “pureza” del mundo virtual no es más que ilusión.

Si bien la mente es una poderosa amiga del ser humano, ella se manifiesta a través de reacciones biológicas: esa extraña relación entre carne y espíritu jamás puede ser separada, aunque por muchos medios se nos diga que la mente es más poderosa que el cuerpo.

Un cuerpo débil no es sinónimo de fatalidad e inutilidad; una mente débil en un cuerpo fuerte, por otro lado, puede revelarse decadente. El mundo virtual, que intenta suplantar el mundo corporal o el mental, no es más que un artificio cuya validez tendría que superar la prueba histórica: ¿Hace o no más humana a la persona concreta?

Si en el mundo virtual se manifiesta la inteligencia, necesita sin duda de la sabiduría que da la experiencia vivida en carne propia.

Hoy nada me asusta, pero hay cosas que me sorprenden. Me sorprende que alguien quiera pensar por sí mismo y reniegue de una buena paga para ser fiel a su consciencia.

Me sorprende la fuerza del amor, que no se apaga a pesar de los miles embrujos en su contra, pronunciados por una ideología que privilegia el deseo individual a la solidaridad comunitaria y al compromiso político.

Llena de alegría que hay gente descontenta con la ambigüedad de una vida autorreferencial y poco autocrítica, que se arriesga a pensar con libertad de espíritu. Me encanta el coraje de desestructurar el statu quo de manera crítica y constructiva, renegándose a refugiarse en la palabra fácil, ineficiente y fútil, proclive conveniencia política. La esperanza renace cuando, reconociendo que hemos actuado mal contra el prójimo o contra nosotros mismos, pedimos perdón, abrimos nuestra mente a la corrección y asumimos las consecuencias de lo actuado como el inicio de una nueva etapa de nuestras vidas.

El autor es franciscano conventual.

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