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El ascenso de un gigante inseguro

Actualizado el 16 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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El ascenso de un gigante inseguro

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SEÚL – Para cuando la economía de China desplace a la de Estados Unidos y se convierta en la mayor del mundo (en algún momento de aquí a unos pocos años), el país habrá cimentado su condición de gran potencia militar (potencia que en su afán de afirmación estratégica ya despierta el temor de sus vecinos). Pero lo cierto es que el ascenso de China es el ascenso de una potencia solitaria y vulnerable, enfrentada a serios obstáculos en el plano interno.

China se encuentra en este momento rodeada de bases militares y aliados de los Estados Unidos. Si bien los países asiáticos en su mayoría están interesados en mantener e, incluso, ampliar sus lazos económicos con China, ninguno (con excepción de Corea del Norte, que depende de la ayuda china) está dispuesto a aceptar que sea la principal potencia regional. De hecho, la entrada en la escena internacional de actores como Indonesia y la India, aliados de Estados Unidos, se debe en gran medida al ascenso de China.

Por su parte, Estados Unidos trasladó a Asia una importante cuota de su poder militar, lo cual incluye una notoria presencia de uniformados en Australia y Filipinas, el actual despliegue del 60% de su capacidad naval en la región y el fortalecimiento de sus acuerdos de defensa con Japón y Corea del Sur. Además, Estados Unidos promueve el Acuerdo Transpacífico, un tratado económico y comercial que excluye a China, pero incluye a muchos de sus vecinos.

En este contexto, que Estados Unidos afirme que el motivo de su rebalanceo estratégico no es contener a China, no es muy convincente. De hecho, la estrategia de Estados Unidos en Asia es de supremacía, no de alianza entre iguales, y esto, unido a las tensiones internas que aquejan a China, dificulta la participación productiva de Pekín en los foros regionales e internacionales.

En su situación actual, China carece de la confianza y la experiencia que se necesitan para desempeñarse en el ámbito internacional. Por ejemplo, no acepta someter a un foro internacional la disputa que mantiene con Japón en el mar de China oriental por las islas Diaoyu (llamadas Senkaku por los japoneses). China considera que el derecho internacional es un arma de doble filo, que podría volverse en su contra en otras disputas territoriales o en relación con sus asuntos internos.

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Asimismo, su mezquina oferta inicial de $100.000 para ayudar a Filipinas tras el reciente tifón demuestra lo lejos que está China de ser un miembro maduro de la comunidad internacional. Según admitió un funcionario chino durante un reciente seminario en Seúl, conceptos como el de “orden regional” nunca han sido parte del vocabulario político del país.

En cuanto a Japón, China se enfrenta a un dilema. Que aquel país sea un protectorado militar de Estados Unidos la tiene mayormente sin cuidado, ya que le teme más a la otra posibilidad: que Japón amplíe el alcance de su poder militar independiente. Pero las iniciativas de Estados Unidos para evitar esa misma posibilidad tampoco tranquilizan a los chinos, pues implican una profundización de los acuerdos de defensa bilaterales y el apoyo estadounidense a la mejora de la capacidad militar japonesa.

En síntesis, el excepcionalismo regional de China la metió en una trampa estratégica. China no desea aceptar el liderazgo estadounidense en Asia, pero al mismo tiempo está renuente a asumir un papel más prominente en la promoción de la integración regional, por temor a que esto conduzca a presiones a favor de una mayor liberalización económica, respeto a los principios y normas internacionales, y mayor transparencia en lo concerniente al desarrollo de su poder militar.

Incluso, la multiplicación de lazos económicos entre China y países de África, Medio Oriente y Sudamérica puede ser señal de vulnerabilidad más que de ambición imperial. Su voraz búsqueda de nuevas fuentes de energía ya la llevó más allá de su limitada capacidad de proteger sus corredores marítimos.

A pesar de los audaces planes de reformas trazados en el reciente Tercer Plenario del 18.° Comité del Partido Comunista de China, el futuro del país todavía está condicionado por contradicciones arraigadas. Por ejemplo, la tensión inherente entre los cambios sociales que demanda el desarrollo y el imperativo de estabilidad política exigido por el modo de gobierno autoritario vuelve la situación actual insostenible a largo plazo.

Asimismo, si la promesa de otorgar al mercado un “papel decisivo” incluida en el plan de reformas lleva a un aumento de salarios para los chinos pobres, puede ser que la demanda interna aumente, pero China perderá su principal ventaja competitiva en los mercados internacionales. Dilemas como este han contribuido a la caída de otras dictaduras en países en desarrollo.

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China entiende que, por ahora, la supremacía estratégica de Estados Unidos es una realidad inmutable. Pero, aun así, las preocupaciones estratégicas de sus líderes se expresaron durante la reunión mantenida en junio entre el presidente, Xi Jinping, y su par estadounidense, Barack Obama, cuando Xi demandó, con la vaguedad propia de los funcionarios chinos, “respeto mutuo” y reconocimiento de la “integridad territorial” de China.

Esa expresión aparentemente trivial, “respeto mutuo”, en realidad es un eufemismo que esconde el auténtico deseo de China: un regreso al principio westfaliano de no intervención en los asuntos internos de los Estados, particularmente en materia de derechos humanos. China se ha opuesto tenazmente a todos los intentos que hizo Occidente (en Siria o en Corea del Norte) de eludir este principio con doctrinas como la de “responsabilidad de proteger”.

Del mismo modo, el pedido de Xi a Estados Unidos de que respete su “integridad territorial” conlleva un mensaje específico y claro: China considera que Estados Unidos está inmiscuyéndose cada vez más en su soberanía sobre Taiwán, al tiempo que se niega a reconocer muchos otros reclamos territoriales y marítimos que mantiene China contra aliados de Washington en el mar de China meridional.

La experiencia demuestra los peligros que acechan cuando las potencias vulnerables actúan por cuenta propia. Basta pensar en Israel, con su tendencia a la reacción exagerada en cuestiones de seguridad, o Irán, con su insistencia en el enriquecimiento de uranio, para ver lo que puede suceder cuando una potencia en aislamiento basa sus acciones en una sensación de vulnerabilidad existencial.

El ascenso de China está plagado de miedo e incertidumbre. Verse rodeada por una potencia extranjera que amenaza inmiscuirse en lo que considera sus derechos soberanos inalienables no puede sino impulsarla a convertirse en una potencia revolucionaria empeñada en sostener el statu quo a toda costa.

Antes de que China y Estados Unidos crucen sus respectivos límites, es necesario que abandonen las ideas de “supremacía” y “contención”, y promuevan, en cambio, un concierto de potencias asiáticas capaces de resolver sus diferencias.

Shlomo Ben Ami, exministro israelí de Asuntos Exteriores, es vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz. © Project Syndicate.

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