Opinión

El arte de gobernar

Actualizado el 29 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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¿Qué se requiere para ser un líder político? Luego de leer el artículo “¿Es usted un líder político?”, escrito por el abogado constitucionalista Fernando Zamora, publicado en esta sección, hice una reflexión en torno al tema del liderazgo.

Las personas que se vinculan a los partidos políticos, o inclusive que llegan a ocupar cargos de representación, no necesariamente son líderes. En ocasiones, estos líderes ni siquiera se relacionan con estas organizaciones. Claro, debe ser interesante verse a sí mismo como un líder y tratar de demostrarles a los demás que se es, porque esto trae ventajas a la vida personal, como la cercanía con el poder. Está claro que se es líder o no se es. El liderazgo no es algo que se aprenda. No por realizar cursos o desarrollar diferentes metodologías se adquiere: uno nace o no nace líder.

Formas y definiciones. Varios pensadores en el transcurso de la historia abordan el tema. Platón imagina una polis ideal en manos de filósofos sabios, bajo la conducción de los más educados; una sociedad en la que nadie ocupa un lugar que no le corresponde, donde cada miembro realiza lo que por naturaleza está llamado a hacer.

Aristóteles visualiza la República como un régimen en el cual se respetan las leyes y se guía por el bien común, y donde se reconoce el papel del líder que busca la realización del bien general, no del propio, como es el caso de otros regímenes. Maquiavelo identifica el liderazgo con la capacidad de mando, la utilización de esa capacidad y los recursos disponibles para mantener el poder.

Nuevamente el poder… Este término se origina del latín posse, poder ser capaz de, ser posible, también a veces tener una potestad o un poder. El verbo se forma de una contracción con el verbo esse (ser, estar, existir) con el adverbio y adjetivo pote (posiblemente, posible, capaz) ( Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana ).

Muchos teóricos han estudiado el poder. Thomas Hobbes (1651) considera el poder como el impulso que propicia la concertación de intereses en un contrato social. Para John Lock (1690) el poder se encuentra circunscrito a límites concretos donde debe primar un orden e igualdad para los miembros, y no extenderse más allá de lo necesario para el bien común. En el caso de J. Rousseau (1762), el poder es un medio en la realización dentro del valor significativo de lo social, es decir, de las relaciones sociales. Es el instrumento que vence las diferencias y hace prevalecer los intereses generales sobre los individuales; es una condición del contrato social.

Más allá de lo público. No obstante la cantidad de teóricos dedicados al estudio del poder, el concepto que nos cautiva es el de Michael Foucault, quien considera que el poder trasciende la esfera de la política. Él observa el ejercicio del poder en todos los ámbitos, inclusive en el doméstico.

Considera que el poder existe solamente cuando es puesto en acción, no implica consentimiento, ni renuncia a la libertad; no se posee, se ejerce; nadie es su dueño, al contrario del común de la gente, que considera ser poseedor de este. Foucault dice que no se sabe quién lo tiene, pero sí quién no lo tiene. Al ejercer poder sobre un sujeto, este se transforma. El ejercicio del poder no es simplemente el relacionamiento, es la forma en que ciertas acciones modifican otras.

El ejercicio del poder consiste en guiar las conductas, conducir o liderar a otros y poner en orden sus consecuencias, lo que sucede cuando se ejerce el poder sobre otros. Básicamente, el poder es, de igual forma, una cuestión de gobierno. Gobernar, para Foucault, es estructurar el posible campo de acción de los otros. No es algo que posee la clase dominante; no es una propiedad sino que es una estrategia.

De acuerdo con esto, los líderes políticos pueden o no ejercer el poder, esto dependerá de si en realidad se es un líder. Lo que sabemos, en la medida en que sus acciones modifican las acciones de otros, guían sus conductas. No obstante, estos podrían considerarse poseedores de poder por el solo hecho de considerarse líderes políticos, que, partiendo del concepto de Foucault, es un error. El hecho de ser elegido representante del pueblo, no hace a la persona poseedora de poder, ni mucho menos la convierte en un líder. Tendrá que manifestarlo mediante acciones, las cuales deben modificar los actos de otros.

El talento innato. En su artículo, Fernando Zamora nos habla de un líder político poseedor de un talento innato para desarrollar capacidades, conocimientos y habilidades. También, hace referencia a que para involucrarse en la actividad política debe existir un llamado genuino: se nace para ser líder y se tiene ese propósito como forma de vida.

Tal visión nos refiere al sociólogo alemán Max Weber, quien afirma que la política es una vocación, por medio de la cual el líder se responsabiliza, pero, sobre todo, se dedica de forma apasionada a satisfacer las necesidades emocionales de sus partidarios. La pasión es requerida para no sucumbir ante lo malo y lo difícil del ejercicio del poder. Las consecuencias de este ejercicio, muchas veces, son de carácter negativo. Solo quien tiene la vocación, de la cual también nos habla Zamora, puede, a pesar de todo, practicar el arte de gobernar.

Los líderes políticos, por lo tanto, deben demostrar ciertas capacidades naturales para asumir un proyecto histórico, las cuales no se aprenden; convencer sobre su compromiso con una causa; y poseer carisma para ganar el apoyo.

Por ello, al hablar de “vocación para la política” se alude a la profesionalización política y a las motivaciones que inducen a las personas a llevar adelante una carrera política, entendida en términos de aptitud y capacidades de los actores políticos, que: “representa la ruta que el político ha trazado en su camino profesional y que va íntimamente relacionada con el reclutamiento político, el liderazgo, la selección de candidatos en los partidos políticos y la elección de los mejores gobernantes en las elecciones”, señala Mónica Montaño Reyes.

Reto para el elector. No todos los “líderes políticos” modernos cuentan con una carrera política, muchos de ellos son “outsiders”, emergen de fuera del sistema de representación, personalizan la política, improvisan, se hacen evidentes en coyunturas específicas e incursionan en la política partiendo de un prestigio forjado fuera de ella.

Esto resulta confuso para los electores porque se desconciertan cuando una persona exitosa de un espacio privado incursiona en el ámbito de lo público. Es allí donde los “líderes políticos” se enfrentan a numerosos desafíos, que al final los sentencian a defraudar y a no cumplir las expectativas que en ellos se depositan. Esto porque existe una diferencia clarísima entre el mundo político y el no político.

Los nuevos políticos resultan ajenos a los intereses de los ciudadanos y tienden a ser caracterizados como preocupados por el bien particular o acaso por el poder, más que por el bien común.

La carrera política no es garantía de que quien la emprende sea un buen líder, a pesar de que se construye basada en la motivación por el interés público; la carrera debe estar amparada por competencias profesionales que enriquezcan el desempeño, por la experiencia, por el carisma, por el ya mencionado talento innato y la vocación y, sobre todo, por la capacidad para ejercer el poder.

Elma Bejarano Lichi es máster en Ciencias Políticas con énfasis en Gerencia Política de la Universidad de Costa Rica, candidata a doctora por el Doctorado de Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad de Costa Rica.

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