Por: Armando Mayorga 14 mayo, 2015

“Cocorí” va de nuevo a la Sala Constitucional para que, una vez más, los magistrados resuelvan si es racista. Una vez más porque ya en dos ocasiones la respuesta ha sido definitiva. Tanto en 1996 como en el 2003, la Sala declaró que “no encuentra ningún elemento discriminatorio o racista en ese libro”, pero lo más importante de su resolución es que vio en este cuento una herramienta para combatir cualquier tipo de marginación.

Los magistrados lo plantearon así: “Si ha existido algún tipo de reacción contra niños de raza negra por la lectura de ese libro, esto podría evitarse con una acertada intervención del cuerpo docente de cada centro educativo, pues ellos tienen la obligación de que el material literario sea analizado en forma objetiva y no tergiversado por los alumnos”.

Claramente, los magistrados llamaron a discutir en el aula, si es del caso, el racismo, y no a evadirlo como pasaría si se censura a este niño negro, nacido hace 68 años de “papá” limonense, Joaquín Gutiérrez Mangel, quien desde la izquierda combatió todo lo que consideraba injusticia social, incluido el racismo. Irónico.

Silenciar a Cocorí más bien implicaría cerrar el telón a la oportunidad del debate en las aulas sobre la historia de los negros en Costa Rica, sobre la discriminación que sufrieron y sufren no solo de blancos sino de los mismos negros y, lo que es peor, del mismo Estado.

La Sala Constitucional, en uno de los fallos, declaró que Cocorí “es un libro que –dentro del contexto histórico de la Costa Rica de aquellos días– trata de resaltar las virtudes de la raza que en esos tiempos estaba condenada por los resabios de la esclavitud”. En forma directa, entonces, llamó a ver en ese niño una conveniente manera de poner a discutir, a las nuevas generaciones, los males de la discriminación.

Pero, además, lo absolvieron por completo: “El personaje Cocorí no tiene una sola cualidad negativa”.

De hecho, así fue como lo concibió don Joaquín en 1947, como un “heroíto” romántico, según contó acá en La Nación en 1997, cuando su “hijo” cumplía 50 años de haber recibido el beso de aquella niña rubia que vio el alma y no la piel.

Una vez más lo escribo: el racismo no se ataca con censura, sino con integración y discusión en el hogar y en el aula, como me lo inculcaron, de la mano de Cocorí, en Limón.

(*) Armando Mayorga es jefe de redacción del periódico La Nación.