8 marzo, 2015

He leído libros de Coelho y los he disfrutado. Lo escrito hasta aquí es suficiente para que más de uno se sienta autorizado para burlarse de mí o ridiculizarme. También he leído a López Aranguren, Cronin, Hux-ley, Lagerlöf, Orwell, Stevenson, Stoker, Unamuno y Wilde, por citar algunos, y estoy seguro de que muchos de los burlistas son incapaces de reconocer a la mayoría de estos autores.

No se trata de definir cuál género o escritor es mejor que otro, ni de enorgullecernos de haber leído un resumen del Quijote (sin haber hojeado jamás alguna de las novelas que lo inspiran), sino de discutir la validez de burlarnos de otras personas por tener gustos diferentes a los nuestros.

Si una niña en edad escolar dijera que le gustó el libro del oso Eduardo (conocido como Winnie Pooh, por los que jamás han leído el original) y un grupo de compañeros se burlaran de ella, no dudaríamos en tildarlos de acosadores o bullies , como les dicen en estos días. Pero si nosotros, adultos, hacemos lo mismo bajo el escudo de una red social, no somos capaces de descubrir nada inapropiado en nuestro comportamiento.

Intolerancia. Siendo joven, para evitar ser el blanco de las burlas, no podía decir que escribía poesía o me gustaban algunos juguetes “para niñas”. Hoy lo que se me prohíbe es decir que escucho a Arjona o leo a Coelho. Los temas cambian, la intolerancia es la misma.

Como pueblo, hemos alcanzado un punto donde gran cantidad de personas han comprendido que no está bien burlarse de otros por su género, identidad sexual, color o estatura. Pero parece que, para sentirnos satisfechos, requerimos un resquicio de burla en cosas menos importantes.

Se vale decir que no nos gusta algo, que no lo toleramos (arte, comida o hasta colores), pero de esto a descalificar a quien le gusta cierto tipo de música hay una buena distancia. No objetamos el gusto, sino que agredimos a la persona.

Todos nos damos la misma excusa: son bromas inocentes, no hay que tomárselas en serio. Pero lo que a unos divierte, a otros hiere; eso es una constante en las escuelas, en los trabajos y en el ciberespacio.

Si asistí a un recital en el Teatro Nacional, soy raro, y si fui al concierto del Buki, estoy trastornado. La premisa es atacar al que gusta de cosas distintas hasta que ceda, hasta convertirlo en alguien con quien nos sintamos cómodos. Preste atención a los comentarios que se hagan a partir de este artículo; allí encontrará –entre otros– a los que siguen haciendo burla para silenciar al disidente.

Cuesta animarse a decir que te gusta un tipo de ropa, un lugar para comer, un cantante o un tipo de películas, si sabes que algunos conocidos y extraños encontrarán cómo ridiculizarte.

Nadie se somete a la discriminación y a la intolerancia por placer, así como ninguna persona se mejora a sí misma burlándose de otras.

Cierro con una anécdota: me atreví a escribir en una red social que me gustaba la música de Arjona y pedí que no se burlaran de mí por eso. Aún así, recibí burlas de gente cercana y querida, y además un par de mensajes privados de personas a las que también les gustaba, pero no querían hacerlo público porque temían que sus propios amigos hicieran mofa de ellos. Esto es lo que estamos logrando: no solo miedo, sino privarnos de conocer auténticamente a los demás, porque preferimos mostrarles lo peor de nosotros.

El autor es psicólogo.