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Seis apuntes junto a ‘Charlie’

Actualizado el 20 de enero de 2015 a las 12:00 am

La libertad no puede rendirse ante la barbarie inducida

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Seis apuntes junto a ‘Charlie’

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1. Los medios de comunicación no operan en el vacío. Están sumergidos en un sistema de interacciones de las que no pueden separarse. Estas, algunas veces, expanden su acción; otras, la limitan.

En su universo actúan factores sociales: las costumbres, usos, tradiciones y jerarquías prevalecientes en una comunidad, o parte de ella; profesionales: los cánones que remiten a la buena o mala praxis de su artesanía simbólica; éticos: el sentido de lo bueno y lo malo, lo que daña o redime; comerciales: la búsqueda del beneficio material; también, legales: las normas que adoptan los legisladores y aplican los jueces.

En las sociedades más lúcidas, abiertas y democráticas, las relaciones entre estos elementos se asientan en valores esenciales que son, a la vez, variables operativas del sistema: la libertad, la independencia, la dignidad y el respeto a la vida humana.

Es inadmisible que, en ese entramado de vínculos, un grupo se atribuya el derecho a establecer los límites, y que utilice la violencia criminal para que los presuntos “transgresores” paguen su libertad con la muerte.

Por la sangre derramada, los valores violados y la tolerancia herida hasta lo más profundo, es que Charlie duele tanto.

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2. La acción terrorista contra Charlie Hebdo y la arremetida antisemina contra un supermercado kosher en París no son resultado de un choque de civilizaciones, o de una auténtica reivindicación religiosa. Menos aún pueden atribuirse a una “culpa” de las víctimas, sea por acción (ejercer la sátira), omisión (no cuidarse lo suficiente) o simple condición (ser judío).

La responsabilidad de la barbarie es de un puñado de asesinos fanatizados por líderes aún más perversos, que han travestido al islam para instrumentalizarlo como fulminante de odio y violencia.

Si volvemos la vista al “Estado Islámico” en Siria o Irak, a Al Qaeda en Afganistán, Pakistán o la Península Arábica, o a Boko Haram en Nigeria, vemos, sobre todo, grupos terroristas que masacran a musulmanes con la misma ligereza que a cristianos, animistas o judíos

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3. En un lúcido artículo publicado el miércoles por The New York Times, Mustafa Akyol, intelectual musulmán, nos recuerda que la interpretación de “blasfemia” (insulto de lo sagrado) que encubre los atentados contra Charlie Hebdo y alimenta la militancia en nombre del islam, no proviene del Corán.

Para enfrentar la blasfemia, el texto sagrado no llama a la agresión; ni siquiera a la censura, sino al desdén. La apelación a la violencia y la venganza surge de otra fuente: un conjunto de “leyes” religiosas, o sharia , dictadas por hombres a partir valores y realidades del siglo XII.

El principal conflicto, entonces, es entre la Edad Media y el mundo contemporáneo; entre visiones manipuladas que justifican el terror, y valores de verdadera entidad sagrada que lo rechazan.

Akyol recomienda a los líderes religiosos musulmanes predicar la no violencia frente a los insultos contra el islam. Replantear la sharia es un deber ineludible.

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4. Las filas que se formaron en las ciudades francesas para comprar la primera edición de Charlie Hebdo tras el atentado tienen dos significados básicos. Uno es el permanente interés humano por la reliquia, ese objeto que atesoramos para mantener viva la memoria o la fe. El otro es reafirmar la solidaridad con lo que Charlie representa: un compromiso con la libertad de expresión ejercido hasta sus últimas consecuencias.

Los tres primeros millones del tiraje se agotaron. Hubo que imprimir mucho más. Frente a los tres asesinos y sus amos, una avalancha de ciudadanos grita de nuevo, en silencio, su no rotundo a la intolerancia.

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5. El verdadero apego a la libertad de expresión se mide por la capacidad de aceptar el discurso incómodo, transgresor y hasta insultante. Cuando toleramos lo que nos disgusta, demostramos nuestra real convicción liberal y democrática.

La sátira es, por ello, una vanguardia de la libertad de expresión. Su tarea es derribar pedestales, destruir egos, triturar vanidades y aplanar pretensiones. Francia tiene una extensa y admirable tradición satírica: recordemos, entre otros, a Honoré Daumier. Es parte de su rica historia y su vibrante cultura; por ende, de su identidad.

La defensa de esa dinámica no solo corresponde a los franceses. Es, también, una tarea de todos los que creemos en la vigencia universal de los derechos humanos.

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6. En las sociedades democráticas, republicanas y liberales, la tarea es clara. Debemos impulsar la inclusión, el respeto a la diversidad, el rechazo al dogmatismo y al sectarismo, el respeto mutuo, el apego a la libertad de expresión y a la expresión de la libertad.

Se impone, además, construir un balance adecuado entre los derechos individuales y los recursos necesarios para combatir el terrorismo; cualquier desequilibrio debe ser favorable a los primeros.

Estamos ante uno de los desafíos más importantes de la contemporaneidad.

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