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¿Y si aprovechamos el San José subterráneo?

Actualizado el 26 de abril de 2013 a las 12:00 am

Una de las opciones más coherentes y saludables para nuestro desarrollo

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San José, en menos de tres siglos, transformó la meseta apacible con ríos bucólicos donde se asentó, en un espacio urbano complejo y saturado de infraestructura civil, que absorbió a las villas vecinas y las aglomeró en una populosa área metropolitana. Nada nuevo, por cierto, pues es la tendencia general en el mundo el amalgamar grandes espacios urbanos. Vemos entonces cómo las superficies disponibles para vías de comunicación en las urbes son más escasas y con valores en ascenso.

Así, conforme ha aumentado la población y el espacio para uso industrial y tecnológico en muchas de las ciudades allende nuestras fronteras, la necesidad de usar el ambiente subterráneo y construir obras en ese entorno ha crecido exponencialmente. Tales obras van desde túneles para acueductos o de paso a través de montañas para vías automotrices y ferroviarias, hasta el desarrollo de vías urbanas para metros. Por eso, las ciudades han crecido hacia abajo, y ese desarrollo se plantea como una novedosa opción paisajística para preservar o mejorar el entorno exterior de las grandes urbes.

En Costa Rica hemos aprovechado el espacio subterráneo principalmente para túneles que alimentan centrales hidroeléctricas y para trasiego de agua potable, y con escasas excepciones, para infraestructura urbana. Pero conforme crecemos en número y demanda de transporte, el espacio en superficie está más congestionado, poco disponible, caro y difícil de acceder por compra o expropiación pública, y entonces la opción del desarrollo subterráneo se torna cada vez más imperativa.

Por distintas razones, existe una reluctancia al estudio y uso del espacio subterráneo en nuestras ciudades, a pesar de que deberíamos tenerlo como una de las opciones más coherentes y saludables para nuestro desarrollo. Estas excavaciones subterráneas en ambientes urbanos podrían realizarse con métodos y maquinarias convencionales, o bien los más avanzados y prolijos, con máquinas tuneladoras.

Para optimizar el proceso de excavación debemos conocer las características geológicas del área, las condiciones geomecánicas del macizo rocoso, y la presencia (o ausencia) de fallas tectónicas (y si son activas o no), por mencionar solo algunos de los puntos más sobresalientes.

Por fortuna, el conocimiento de la geología del entorno urbano josefino costarricense ha avanzado a raudales en las últimas tres décadas, de modo que se han producido importantes y valiosos mapas geológicos y geotécnicos, requisitos previos para una excavación óptima. Tal conocimiento es una condición indefectible para poder asegurar el éxito de las obras, su seguridad, su sostenimiento y sostenibilidad, y sobre todo, para aminorar o anular el efecto que puedan tener en la hidrogeología regional y en la deformación de la superficie, aún más cuando se excava bajo áreas urbanas con coberturas de apenas algunos metros, como es cada vez más frecuente en el mundo.

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No obstante, la buena investigación básica y aplicada de los macizos rocosos es insuficiente si no existen políticas claras en el ámbito de la planificación urbana y civil. Esto es, debemos decidirnos a perder el miedo al mundo subterráneo. Para poder desarrollar más y mejor las ciudades del país y en particular el área metropolitana del Valle Central, habrán de introducirse planes y objetivos de desarrollo del subsuelo en el entorno urbano costarricense, como una red de metro pensada para el próximo medio siglo, o viaductos subterráneos. Conjuntamente, conocimiento y políticas abundarían en beneficio de las futuras obras subterráneas en Costa Rica, cuyo auge debería ocurrir en las próximas décadas. No podemos evadir ni condenar el buen suceso del futuro nacional, parte del cual está bajo nuestros pies.

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