Cuando los padres poseen un léxico amplio, enriquecen el conocimiento de sus hijos

 24 marzo

Yo sufro mucho por la pobre formación en caligrafía, redacción, ortografía y léxico que tienen, en general, muchos estudiantes universitarios. Tengo 60 años dedicados a la enseñanza, en varios centros universitarios, y veo año con año que la dificultad se agrava.

Tengo la convicción de que es un asunto que debió haberse resuelto entre la familia antes de la vida escolar y, luego, en la escuela, fundamentalmente.

En la familia, si logran expresarse los mayores usando un léxico apropiado y rico, de modo que el niño de solo escuchar y contestar lo que se le pregunta, sin que se percate, va adquiriendo léxico suficiente para comprender luego lo que se le irá explicando en la escuela.

Cuando los niños tienen la fortuna de que los mayores de la casa dominan un buen léxico, sin que esto sea un asunto intencional, enriquecen el léxico del niño. Al llegar a la escuela, la diferencia entre los que han tenido esa dicha de escuchar hablar bien y los que no, va a señalar una distancia difícil de salvar. Si un niño tiene la dicha de escuchar a personas que saben contar cuentos, expresados de viva voz o leídos, ricos en léxico, eso será un tesoro para el resto de su vida.

Actividades necesarias. Luego, en la escuela, el niño necesita aprender copiando los textos apropiados que le da y le corrige el maestro. Posteriormente, haciéndoles dictados a los niños y corrigiéndolos y finalmente pidiéndoles composiciones que el maestro corrige y explica al niño lo que debe corregirse y mejorarse. Simultáneamente, se les enseña caligrafía hasta que hagan letra legible y hermosa. Y estas actividades efectuadas a todo lo largo de la escuela: copia-dictado-composición-caligrafía.

A ello se agregará presentarles buenos textos o libros de lectura, no tan simples que los niños no aprendan nada nuevo, sino de cierta complejidad, porque solo así se crece, se aprende, se avanza; y el maestro pedirá a cada discípulo leer un párrafo en clase y le indicará la manera correcta de pronunciar sobre todo las consonantes; cómo se hace la inflexión de la voz cuando se trata de una interrogación o de una admiración; cómo se baja la voz en la coma, en el punto y coma, en los dos puntos, en el punto…

Al cabo habrán aumentado su léxico, tendrán buena dicción, hermosa letra, escritura sin faltas de ortografía, capacidad de redactar.

Si la escuela no hace eso, prácticamente es un tiempo perdido para el niño que seguirá por el sistema escolar pobre en todo eso que nunca le enseñaron en el momento oportuno.

Eso que hay que hacer y no se hace, es lo que me causa una pena permanente.

Capacidad de aprendizaje. Algunos creen que todos los niños tienen defectos de aprendizaje o que son negaditos intelectual o emocionalmente. Sí es cierto que algunos niños tienen dificultades de aprendizaje, pero la mayoría, si se sigue lo indicado a grandes rasgos, aprovecharán la vida escolar como un secante ávido de tinta.

Yo estuve en escuela pública y bendigo todo lo que me enseñaron mis maestros, y cuando llegué al Colegio de San Luis Gonzaga no tenía, al igual que casi todos los compañeros provenientes de otras escuelas de la provincia de Cartago, ni dificultades para leer y entender ni para redactar, ni para hacer la letra legible, y sabía pronunciar las consonantes como debe ser.

Ese tesoro yo lo quisiera para todos los niños.

El facilismo, el pobrecitismo y la falta de auténtica preparación y disposición para la buena enseñanza han hecho de las escuelas, en muchos casos, sitios casi de pasatiempo. Todo esto es un desahogo para indicar que es un tema crucial.

Cuando uno trata de enseñar a los adultos que nunca aprendieron esas capacidades, se necesita mucho tiempo para que lleguen a aprender lo que un niño, con buenos maestros, aprendió casi que para siempre al concluir su sexto grado de la escuela. Y cuando un niño aprende a disfrutar libros bien escritos y aprende a preguntar lo que no entiende, crece y crece y se le abren posibilidades inmensas para toda su vida.

¡Hay que salvar a los niños de la mediocridad escolar; se están desperdiciando sus talentos que constituyen el mayor tesoro de cada vida!

¡Qué dichosos son los niños cuyos padres han comprendido esto y desde la cuna han puesto manos a la obra suave y continuamente en hacer crecer a sus hijos, no solo en masa corpórea, sino en buenos hábitos y gusto por aprender! Porque el tiempo perdido hasta los santos lo lloran… y ya se ve que muchos pasan por la escuela, pero la escuela no pasa por muchos.

El autor es educador.