Opinión

El aplauso de los ‘excelentes’

Actualizado el 06 de marzo de 2017 a las 12:00 am

Algo raro pasa cuando solo 49 funcionarios de 33.500 fueron calificados como malos

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El aplauso de los ‘excelentes’

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El periódico La Nación evidencia que “solo 49 empleados públicos perdieron bono de desempeño” entre “33.500 funcionarios cobijados por el Servicio Civil”, dado que la inmensa “mayoría obtuvo nota excelente” (7/12/2016). Confirma que “las anualidades se pagan a los funcionarios del Gobierno Central que sean calificados como buenos, muy buenos y excelentes, lo que hoy ocurre en el 99,9%” (20/2/2017).

Es más que evidente para el ciudadano medio –y más aún para los que hemos ostentado no una sino varias jefaturas en la función pública– que solo 49 funcionarios malos de 33.500 no se condice. Algo raro pasa ahí dentro, pensaría hasta el ciudadano más cándido.

Cabe complementar esa evidencia estadística incontestable (99,9%), preguntándose: ¿por qué los jefes nos hacen tan flaco favor a los ciudadanos al favorecer a los empleados públicos subalternos y regalarles un espaldarazo de excelencia generalizado?

Claramente, el daño que hace un jefe, no solo a la sociedad sino a su subalterno, al no corregirlo y exigirlo es inconmensurable. Al grado que no hay irresponsabilidad mayor por parte de quien, precisamente por su jefatura, debe tener además de la objetividad, la empatía para motivar a los buenos y muy buenos, el acierto de promover solo a los excelentes, pero también el temple para señalar a los mediocres que desmerecen el honor de la confianza pública que se les ha depositado.

Esos deben ser calificados y desplazados, por el bien de la institucionalidad. Tal como suele ocurrir en el sector privado. Ni más ni menos.

Aplauso generalizado. Pero entonces: ¿Por qué los jefes no califican en serio y más bien parece que se dedican consuetudinariamente a aplaudir como focas a su personal? Es decir: ¿Qué le espera en la Administración Pública a un jefe cuando califica a alguno de sus subalternos como “regular o deficiente”? La experiencia muestra que lo que suele pasarle a ese jefe es que esos funcionarios pierden la pasividad y mutan a proactivos y hasta estrategas, valiéndose de alianzas con su gremio para generar resultados que confirman su maldad redondeada: en tanto malos para construir y buenos para destruir.

Todo gremio descansa sobre el principio “hoy por ti, mañana por mí”. De tal suerte que los demás funcionarios mediocres rodearán al calificado y lo defenderán ciegamente. En vez del mediocre será el pobrecito. En vez del vago acomodado será el maltratado. Y en vez del cínico será el mártir.

Y así es como esa burocracia acorazada irá en escalada elevando las cosas al extremo necesario para que todos los demás jefes queden advertidos de que el poder real descansa en la burocracia, no en la democracia.

Esa masa amorfa, pero muy articulada, de burócratas amurallados, desemboca indefectiblemente en lo que en este país a nadie le ha importado notar: la existencia progresiva del acoso laboral ascendente o mobbing invertido.

¿Quién se solidariza con el jefe valiente y responsable ante el contraataque de los subalternos “probreciticos”? Esos mismos cínicos que no tardarán en filtrar falsedades o preconstruir informes de clima organizacional absolutamente sesgados para fabricar escándalo y barrer al jefe que amenaza con exigirles.

Y si el jefe calificador que hace lo que tiene que hacer, que no es otra cosa que exigir resultados y por tanto no aceptar excusas mediocres, es un político o su nombramiento ha sido por la vía democrática en vez de la burocrática, aún peor para él.

Mediocres y malos. La prensa –ni que decir de las “redes antisociales”– se ahorrará afinar el lápiz y hará el coro junto con algún diputado pueril, al burócrata envalentonado que un presunto déspota desalmado se atrevió a calificar de mediocre o malo.

Así que la pregunta correcta no es cuántos funcionarios públicos están siendo objetiva y realistamente calificados como mediocres o malos. Ya sabemos que casi ninguno (0,01%).

La interrogante útil sería más bien: ¿por qué prácticamente ningún jefe de la Administración Pública tiene la valentía de cumplir con la obligación de calificar seriamente y dicho instrumento (la calificación) se ha convertido en un recetario de “excelentes” para apaciguar ánimos y permanecer plácidamente en la jefatura, sin enconos ni venganzas juradas?

He ahí la lógica perversa que impera en gran parte de la función pública criolla. La que impide buena parte de los cambios y mejorías que el ciudadano sigue y seguirá esperando.

Por esta vía, la democracia continuará siendo progresiva y silentemente absorbida por la burocracia.

Desde hace tiempo debió prestarse más atención al aplauso de los “excelentes”.

El autor es abogado constitucionalista.

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