Opinión

El antisemitismo como síntoma de descomposición social

Actualizado el 06 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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El antisemitismo como síntoma de descomposición social

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A raíz de un artículo que publiqué en mi perfil en Facebook, sobre la necesidad de reducir el tamaño del Estado costarricense para mejorar la gobernabilidad, una persona que se identifica en dicha red social como funcionario del Ministerio de Educación Pública (MEP) hizo el siguiente comentario: “Que más se podía esperar de un judío…” (sic).

Un día después, en el muro de mi amigo Jorge Polimeni (hijo del recordado Dante de la antigua librería Macondo), en una discusión acerca de las circunstancias de la muerte del fiscal Alberto Nisman, un argentino residente en Costa Rica hizo un comentario que descalificaba mi opinión por el hecho de ser judío, y dejó entrever que, en su retorcida imaginación, todos los judíos del mundo pensamos y actuamos igual.

Para terminar de agravar y agraviar, tres días más tarde, nuevamente en el muro de Jorge Polimeni, quien es de origen argentino, aunque tiene toda una vida en Costa Rica, una tercera persona lo criticó por la “excesiva argentinidad” de un comentario que hiciera acerca de la situación actual en Venezuela. Idéntica fórmula, distinto sujeto: todos los argentinos actúan y piensan igual.

Orgulloso de mi origen. Que me llamen judío no me ofende. Que me llamen judío sionista, como también lo hizo el funcionario del MEP, no me molesta. No solo soy judío y sionista, sino que me enorgullezco de serlo. Lo insólito es que se me descalifique por lo que soy, sin siquiera intentar desacreditar mis ideas con argumentos. ¿Qué más se puede esperar de un judío? Cambie judío por negro, homosexual, mujer, chino, musulmán, nica, lesbiana o lo que quiera, y note que el concepto sigue siendo ofensivo.

Entre otras cosas, soy judío y soy liberal. Siento una cercanía ideológica con otros liberales judíos como Hayek, Milton Friedman y Von Mises, pero también con otros grandes pensadores liberales no judíos, entre ellos, Frédéric Bastiat, John Stuart Mill o Jesús Huerta de Soto.

El hecho de ser judío no me hace sentirme más cercano a otros judíos que, como Karl Marx y Lev Davidovich Bronshtein (a quien el mundo conoce como León Trotsky, y mi esposa como el gran amigo de su abuelo), están en las antípodas de mi línea de pensamiento.

La pregunta de qué más se puede esperar de un judío no solo carece de sentido – los judíos, en tanto humanos, hemos estado involucrados en prácticamente todas las corrientes políticas, filosóficas, científicas, artísticas y sociales – sino que es maliciosa. Hay judíos de izquierda, de derecha, de centro y apolíticos; ortodoxos, laicos y ateos; homosexuales, bisexuales, heterosexuales, negros, blancos, morados, manudos, heredianos y hasta cartagineses. Solo un ignorante – y uno del peor tipo, de los que no desean aprender – puede sostener que todos los judíos pensamos y actuamos igual, o que no se puede esperar nada más de cualquiera de nosotros.

Manifestación antisemita. El reconocido analista internacional – y mi amigo personal – Juan Carlos Hidalgo, preguntó, vía Twitter, a la ministra de Educación si es aceptable que un funcionario del MEP se exprese de esa manera. La respuesta de la ministra se quedó corta: “Es lamentable leer este tipo de comentarios de un funcionario nuestro. La multiculturalidad debe considerarse un privilegio”. Doña Sonia Marta: lo de ese funcionario no fue un ataque a la multiculturalidad. Fue una manifestación antisemita, y como tal debió ser condenada.

Más aún, evadió la señora ministra brindar respuesta a la pregunta de qué acciones correctivas tomaría el Ministerio, que le planteó, también vía Twitter, mi querida amiga Alejandra Montiel, y sobre la cual insistió el personaje virtual conocido como El Chamuko.

No pido que el funcionario sea despedido; no me gustan sus odiosos prejuicios, pero le reconozco su derecho a tenerlos. Creo, sin embargo, que un maestro que manifieste semejantes ideas debe de recibir algún tipo de sensibilización contra la discriminación, o ser trasladado a un puesto donde no tenga la posibilidad de contaminar mentes ávidas de instrucción y conocimientos.

Así como la cadena de agravios me indignó, he de reconocer que la solidaridad de amigos y desconocidos me reconforta. Decenas de personas han levantado la bandera del respeto y la decencia para denunciar estos ataques en las redes sociales o enviándome mensajes de apoyo. Gente que no se deja engañar, ni se confunde. Gente que considera que el ataque contra el diferente es un ataque contra todos, porque cada persona es un ser único. Todos somos diferentes en algún sentido.

El ataque contra el judío, contra el negro, contra el nica, contra el musulmán o contra el homosexual es un ataque contra todos y cada uno de nosotros. Porque todos los seres humanos somos iguales, pero iguales únicamente en nuestra dignidad y en nuestros derechos. Yo puedo estar en desacuerdo con usted, y se lo puedo decir de manera respetuosa y, espero, inteligente. Lo que no puedo hacer es descalificarlo por lo que usted es, porque eso es parte de su humanidad.

La palabra pronunciada. En Costa Rica necesitamos aprender la diferencia entre discutir ideas y atacar a las personas. La diferencia entre usar lenguaje soez y usar lenguaje ofensivo. No se necesitan malas palabras para ofender a alguien, de la misma forma que no se necesita destruir la reputación de una persona para rebatir sus argumentos. Pero, en el fondo, el problema es mucho más grave. Estamos presenciando un vertiginoso ascenso del discurso del odio, de la discriminación, del racismo, la xenofobia y el antisemitismo.

Hemos llegado al punto donde ya este discurso no necesita esconderse a la sombra de los márgenes de la sociedad porque se ha tornado aceptable y, en algunos círculos, hasta sexi.

Dice el Talmud que solo hay dos cosas que no se devuelven: la flecha disparada y la palabra pronunciada, con la diferencia de que la palabra maliciosa tiene el potencial de causar un daño mucho más grave. Porque con las palabras que se lleva el viento sabemos dónde inicia la cosa, pero nunca sabremos cómo ni dónde parará. No hay que subestimar el poder de las palabras.

El autor es economista.

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