Opinión

En la antesala del cambio

Actualizado el 27 de enero de 2014 a las 12:00 am

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En la antesala del cambio

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Estos son tiempos en los que predomina la insatisfacción sobre la esperanza. El voto-castigo cobra más fuerza en la censura del pasado que en la propuesta de un futuro promisorio. Hasta en las acusaciones y reproches, el panorama de discusiones y propaganda luce el curioso entorno de la unanimidad. Aceras diferentes se unen debajo de la calle. Tirios y troyanos condenan el presente en la concordancia genérica de la necesidad de un cambio. ¿Hacia dónde? Eso no queda claro y el fantasma de la incertidumbre también ronda en el ambiente.

La pobreza y la desigualdad aparecen como catalizadores del descontento. Son los indicios más evidentes de un síndrome social ya crónico. La generación de puestos de trabajo es pieza decisiva de todos los rompecabezas. Frente a discursos parecidos, a la par que demanda un cambio, el votante también busca seguridad en el empleo.

Dentro del simplismo obligatorio del mercadeo político-electoral escapa, sin embargo, el desglose preciso del desempleo. Este problema acusa, al mismo tiempo, excedentes y escasez de mano de obra, según el segmento que se analice. En Costa Rica, las empresas más dinámicas crean gran cantidad de puestos de trabajo y se lamentan, más bien, de no encontrar suficiente mano de obra. Pero en este país se pierden más empleos que los que se generan, y el desempleo crece. El problema sigue siendo, en el fondo, tener un aparato productivo heterogéneo y la solución pasa por alcanzar una convergencia entre diferentes y disímiles competitividades productivas.

Esa problemática es demasiado compleja para resolverla en los 30 segundos de una pauta o en los de respuesta en un debate. Pero es la pregunta esencial que debemos respondernos: ¿cómo, con quién y hacia dónde superar las brechas de productividad?

Nos enorgullece tener altos niveles educativos. Eso lo sabemos. Pero es menos conocido que la educación no ha tenido el suficiente dinamismo para generar una real transformación competitiva en el mercado laboral, pues la mano de obra calificada avanzó apenas un 16% en 37 años. Hoy, 6 de cada 10 costarricenses buscan empleo como fuerza de trabajo no calificada. En los últimos dos años, 3 de cada 4 personas que salieron a buscar trabajo por primera vez, y no lo encontraron, no habían terminado la secundaria. Tampoco tenían estudios de secundaria 8 de cada 10 personas que perdieron su empleo en ese mismo período. ¡Escalofriante!

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Esa realidad se inserta en la dualidad económica que vivimos, y, además, la agudiza. La economía orientada hacia afuera tiene un fuerte dinamismo de creación de empleo, pero la economía “intra-muros” vive una todavía más poderosa contracción de la oferta de trabajo. Así, mientras, en el 2012, la economía moderna y competitiva creó 10.000 nuevos empleos, la poco sofisticada vieja economía eliminó 12.000 puestos de trabajo. Un balance negativo que aumentó el desempleo. Esto es muy grave porque quienes más fácilmente pierden su empleo son obreros no calificados, y la fragilidad de sus ocupaciones hace más endeble la superación de la pobreza.

Tenemos un segmento industrial vigoroso, pero demanda mano de obra calificada que crece solo a un ritmo del 0,65% anual. Esa no es la velocidad requerida para que la masa laboral del país pueda realmente aprovechar, a corto o medio plazo, esas crecientes oportunidades laborales. Tampoco es suficiente para los requerimientos de una industria sofisticada y de un tipo de servicios complejos y bilingües, que encuentran crecientes dificultades para ubicar recurso humano en números y calidades apropiadas.

Hasta la masa de graduados universitarios presenta un problema de pertinencia con las demandas de la economía. Nuria Marín, en su columna dominical, nos explicaba que, mientras entre 1990 y el 2000 la concentración de la matrícula universitaria en Educación y Ciencias Sociales pasaba de un 40% a un 48%, en Ciencias Básicas, Agricultura e Ingeniería oscilaban entre 1,2% y 11,6%.

Vivimos una situación de dos mundos que se expresa en la desigualdad y genera malestar en la población y desasosiego en la clase política. Se acumularon así las condiciones que demandan un giro, un cambio de políticas públicas, que deben, fundamentalmente, buscar la convergencia competitiva del desarrollo productivo del país, con una visión holística.

¿Hacia dónde queremos marcar el cambio? Convergencia hacia abajo es fácil. Convergencia hacia arriba, muy, pero muy difícil. Converger restando, sencillo. Converger sumando, muy, pero muy complejo. Sabemos lo que no queremos, pero ¿valoramos suficientemente lo que hemos alcanzado? Prevalece hoy lo negativo, pero necesitamos también reflexionar en lo que ya tenemos, pues difícilmente se pueden conquistar nuevos horizontes perdiendo el terreno ganado.Y ¿cómo conservarlo, si no se es capaz de reconocerlo? El cambio exitoso exige una dosis de continuidad que, con la flauta de Hamelin, no siempre suena. Si en algún momento de nuestra historia ha sido puesta a prueba la sabiduría política de nuestro pueblo para administrar el poder transformador de su descontento, es en la antesala de este cambio.

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