8 enero, 2015

El escritor Carlos Luis Fallas Sibaja publicó en 1960 un extenso estudio sobre el problema de la propiedad de la tierra en la provincia de Guanacaste, en particular acerca de los conflictos entre los grandes propietarios (principalmente, la familia Morice) y los pequeños y medianos productores agrícolas. Brevemente titulado Don Bárbaro –en clara alusión a la célebre novela que Rómulo Gallegos diera a conocer en 1929–, dicho trabajo constituye una de las investigaciones pioneras sobre las condiciones sociales del agro guanacasteco.

Un antecedente importante de Don Bárbaro fue un amplio informe que Fallas publicó en 1944 en el semanario Trabajo , después de una gira de 20 días por Guanacaste, en la que, en sus propias palabras, “tragamos polvo y más polvo, nos despellejamos al sol, pasamos no pocas noches a campo raso o acurrucados entre el jeep . Así, días enteros con la tripa vacía”.

En la primera entrega de ese texto, impresa el 15 de abril, Fallas explicó que en ese jeep –facilitado por la saliente administración de Calderón Guardia– había visitado Las Juntas, Cañas, Bagaces, Liberia, Sardinal, Filadelfia, Ortega, Belén, Santa Cruz y Nicoya, con el propósito de reunirse y conversar con grupos “de obreros y campesinos guanacastecos”, y promover y defender las reformas sociales impulsadas por el Gobierno (en particular, el Código de Trabajo y las Garantías Sociales).

Atraso. Fallas se refirió, además, a ese Guanacaste en el que los grandes latifundistas hacían “trabajar a los sabaneros desde las tres de la mañana hasta las siete de la noche por dos colones”, cobraban derecho de peaje a “los peatones, los jinetes y boyeros” que transitaban por sus vastas propiedades, castigaban a sus trabajadores, cobraban “esquilmes jugosos” y se apoderaban de “las pequeñas heredades de las gentes humildes”.

En la segunda entrega, publicada el 22 de abril, Fallas expuso las pésimas condiciones sociales que prevalecían en Guanacaste (en particular, en relación con la salud), y enfatizó que la falta de trabajo obligaba a los guanacastecos pobres a emigrar a las zonas bananeras. Para él, la miseria y el atraso de dicha provincia no se explicaban fundamentalmente por el supuesto olvido en que la habían tenido los distintos Gobiernos, sino porque “en su inmensa mayoría, sus grandes latifundistas no tienen siquiera la mentalidad progresista del empresario burgués: son feudales en todo… Son incapaces de transformar sus inmensos y casi improductivos feudos en prósperos campos de cultivo o en verdaderas haciendas de ganado; son incapaces de importar un tractor o un arado mecánico, de buscar un sistema de riego, de planear una nueva empresa cualquiera”.

Chapulín. Al igual que lo haría durante la investigación de campo que fue el origen de Don Bárbaro, en el viaje que efectuó a Guanacaste en 1944 Fallas aprovechó el recorrido para entrevistar a grupos de agricultores y documentar los diversos tipos de conflictos que tenían con los latifundistas.

La última entrega de Fallas sobre su gira por Guanacaste, publicada el 13 de mayo, se concentró en el problema de cómo el chapulín afectaba a los pequeños y medianos agricultores. Esta situación, según él, era favorecida por los grandes latifundios, que servían de refugio a esos insectos, y por la falta de colaboración de los dueños de esas inmensas propiedades en la lucha contra dicha plaga.

Poco conocido, este informe de Fallas está ausente en los principales estudios históricos realizados sobre Guanacaste. Sería muy importante recuperarlo hoy en día no solo porque ofrece una perspectiva nueva para aproximarse al estudio de Don Bárbaro , sino también porque constituye una fuente muy valiosa para conocer la historia social y ambiental guanacasteca, escrita por aquel a quien sus camaradas llamaban “el mejor defensor de los trabajadores”.