Opinión

Lo anormal vuelto norma

Actualizado el 22 de septiembre de 2017 a las 10:30 pm

El costarricense suele ser reacio a que le normen su conducta, y en la calle lo confirma

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Viajando en taxi rojo o en Uber, a como la oportunidad mejor se presta, por mi sordera suelo sentarme al lado del conductor, y cantidad de veces la plática redunda en lo vial. De repente, lo aquí planteado, con ejemplos de fuera, refuerza lo escrito por David Gómez Murillo ( La Nación, 16/9/17) sobre “una nueva cultura vial”.

Nos sentimos viviendo en una isla, geográfica y mental, a la que magistralmente aludía mi maestro, don Isaac Felipe Azofeifa. Por ello, muchas veces comparo: mi tierra de origen tiene algo más de la mitad de esta donde vivo desde hace cuatro décadas… pero aloja tres veces más población: ¡Imagínese! Se impone, nos han impuesto una observancia estricta de reglas comunitarias.

El belga no es más solidario, pero la circunstancia lo obliga. Y, lo siento, pero las excusas presentadas ante infracciones a la aplicación de la ley de tránsito solo demuestran lo anormalmente infantiles como nos comportamos.

Norma no respeta ninguna norma; para Norberto, lo normado es anormal. Definitivamente, el costarricense suele ser reacio a que le normen su conducta, en la calle se confirma. A uno, venido de frío foráneo, se le calienta la bilis al ver cómo se maneja por aquí; allá, le enseñan que incluso en la vereda o en una escalera, uno respeta el lado derecho. Cierto, esos códigos de caballería se suelen olvidar en todas partes —incultura universal— ahora ante esa mentalidad posmoderna de “tengo derecho” con invasión del ruido y del celular.

Notificaciones. Pero allá, rápidamente las cámaras ocultas, así como una Policía nada blandengue ni corrupta (tantos casos, ahora, por Dios, aquí) se la agencian para que a fin de mes le llegue la notificación, a direcciones que sirven (las de aquí van hechas para escabullirse: lo demuestra la revista del domingo del 17/9/17): tal día a tal hora, por tal calle usted, placa tal, manejó a 45 km por hora, en ruta desértica y nocturna, no importa, donde solo se autoriza 35. Aquí, madre mía, parece que todos son hijos de aquel Sammy Hagar con su canción I can’t drive 55 , peor: ¡en millas!

Inquieta que en el excelente artículo citado no se haga referencia a la categoría internacional que grandemente tiene el código de tránsito: de allí que nunca he entendido por qué cantidad de letreros en la vía de Circunvalación van en verde: ¡señalización reservada a autopistas! Igual, la línea amarilla, más si es doble, no lo es en homenaje a las mariposas de García Márquez en nuestro local Macondo, sino por norma supranacional.

Ahora, cada vez más, por una rara cortesía, los automovilistas ceden el paso a peatones imprudentes que no utilizan los pasos cebra, diseñados en todas partes para ellos. Pero la caballerosidad no es para caballos atrevidos que cruzan por donde los carros tienen prioridad: ¡el código internacional de la circulación obliga a cada caminante o vehículo andante, en su momento y en su carril!

Cuánta gente sigue con el bracito afuera, confundiendo al de atrás si es para frenar o doblar a la izquierda: ¡trate de hacer eso en Nueva York… se le congela el brazo! Los choferes de Uber, por lo general más formados (vea el reportaje reciente de La Nación ), también paran a media calle o en medio cruce. Algunos he visto cometiendo graves infracciones: mientras no se castiga al infractor, ¡viva la Pepa! Prevalece además un malsano choteo al policía.

Ley de la selva. ¿Por qué un costarricense, sin haber pasado por algún país europeo o por Estados Unidos me viene con la sugerencia de que los camiones sean prohibidos en centros urbanos después de cierta hora de la mañana? Porque por su profesión sabe ser solidario. ¿Por qué aquí los motociclistas, —heredianos todos— se permiten circular por media calle, pasándole a uno a diestra y siniestra, zigzagueo sancionado fuera? ¿Por qué en mi barrio de San Pedro, aquel hidrante —sagrado fuera— aquí lo valoran menos que un florero? Idos los policías municipales… rige la ley de la selva… ¿somos salvajes, o por lo menos anarquistas disfrazados de demócratas?

En esta Suiza centroamericana no nos atrevemos siquiera a compararnos con aquella otra Suiza, la europea, donde a punta no tanto de educación (que entra por una oreja y sale por otra), sino de represión policial, han logrado bajar sensiblemente el índice de accidentes y hasta de muertes, sobre todo de jóvenes, en sus carreteras. Pero no: por ignorancia comparativa ahora nos vanagloriamos de menospreciar “los goces de Europa” tan en alto en tiempos de nuestros abuelos.

La norma, vaya, qué es eso, si todos nos consideramos anormales, ajenos a toda norma; pero quizá todos deberíamos pasar de nuevo por una buena escuela “normal”… normativa de las buenas.

El autor es educador.

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