Opinión

Las angustias y amarguras de Teresa

Actualizado el 24 de agosto de 2012 a las 12:00 am

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Las angustias y amarguras de Teresa

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Después de escuchar el canto de los pájaros en las palmeras múltiples llenas de frutos, contemplé por el suelo la pequeñez de una hormiga; casi invisible, llevaba en sus pequeñísimas tenazas una migaja de pan, como si llevara una perla de gran valor. Su ir y venir me hizo recordar la imagen de una mujer pobre en pos de una oficina donde presentar la solicitud para pedir ayuda y así construir su “casa". El pequeño lote se lo había donado su esposo, ahora prisionero de otro “amor” y con otros hijos.

Llena de optimismo se puso su mejor indumentaria, preguntó la dirección y llegó muy de mañana. Ya había agente haciendo fila. Contó el número de personas y ella era la número veinte. Estuvo a las seis y abrieron a las ocho. La atendieron y quiso saber cuándo resolverían su asunto. Le dijeron:“Tiene que armarse de paciencia. Recibo su solicitud y se la paso a una trabajadora social, después al jefe y por último la estudia una comisión. No se haga de ilusiones. Como usted, hay cien personas más. Vuelva dentro de dos meses. No sólo usted es pobre, los demás también.” “Sí, le comprendo, pero...”. Alzando la voz, la oficinista gritó: “El que sigue”.

Fue tal su desconsuelo, decepción y desesperanza ante las indicaciones, preguntas, papeleos y trato, que, cual la hormiga, no sabía adónde coger. Con pasos tambaleantes y oprimido el corazón llegó a su “casa”, besó a sus hijos, sintió como nunca la humedad de su tugurio y lloró amargamente.

Tenía muchos nombres: Teresa, María del Socorro, Concepción, Guadalupe, Clementina, Odalisa, Josefa... Pobre, pobrísima, y sin ninguna esperanza, al poco tiempo murió. Y llevaba en su alma dos frutos entrañables: el privilegio de ser madre y el amor de sus hijos. Los hijos quedaron al amparo de la abuela. Su padre, ya fallecido, había sido peón de una finca llamada Costa Rica.

Yo pensaba hablar de la generosidad en el trato entre ricos y pobres, pero el recuerdo de las angustias y amarguras de Teresa me lo impidió. Entonces me quedé pensando en la brevedad de la vida, en la ambición desmedida de los hombres y en el tesoro de la hormiga.

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