7 junio, 2015

SANTIAGO – El Fondo Monetario Internacional acaba de reducir sus previsiones sobre el crecimiento económico de América Latina por quinto año consecutivo, y en consecuencia los países de la región buscan formas de reanimar la inversión y aumentar su productividad.

Para esto, deberían inspirarse en el rápido crecimiento de Asia, afirman los partidarios del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP según su sigla en inglés), el propuesto megaacuerdo de comercio internacional que uniría a 12 países de la cuenca del Pacifico. ¿Es útil esta recomendación?

Si se lleva a cabo de manera correcta, el TPP podría ayudar a que México, Perú y Chile -los miembros latinoamericanos del acuerdo- dieran el salto hacia exportaciones de alta productividad basadas en la innovación. Sin embargo, para lograr este objetivo sería necesario que el TPP no impidiera sino que fomentara el flujo de conocimientos dentro de la cuenca del Pacífico. Desgraciadamente, Estados Unidos insiste en una serie de normas sobre la propiedad intelectual que sirven los intereses de empresas de su nación, pero no contribuyen mayormente a la creación de un ambiente propicio para la innovación en otros países del TPP.

Esto debe cambiar -y dentro de poco tiempo- para que los años de conversaciones concluyan con éxito.

Los retos de crecimiento que enfrentan los tres países latinoamericanos del TPP son muy diferentes. En los últimos veinte años, México ha logrado diversificar su base de exportaciones, y hoy es un importante proveedor de productos industriales a Estados Unidos y Canadá.

Lo malo es que las perspectivas de crecimiento para México han pasado a estar íntimamente ligadas a las de su poderoso vecino del norte. Lo bueno es que en la actualidad Estados Unidos está creciendo con mayor rapidez que cualquier otra economía industrializada de importancia, de modo que, según el FMI, México puede esperar unos dos años de aceleración de su crecimiento económico.

Por el contrario, Perú y Chile son exportadores de recursos naturales que se beneficiaron enormemente con el auge de los productos básicos, impulsado por China, que se produjo en los últimos diez años.

Puesto que es difícil llegar a ser más eficiente en la producción de una tonelada de cobre o de un kilo de fruta (y en el caso de Chile la ley del mineral de cobre está declinando), el crecimiento debe provenir de la diversificación: reasignar el capital y el trabajo a sectores nuevos, donde la productividad sea mayor.

Es en este ámbito donde la cuenca del Pacífico y el TPP adquieren importancia. Una empresa de Tailandia, Las Filipinas o Vietnam puede desarrollar un producto nuevo sumándose a la gran cadena de valor del Asia Oriental y produciendo, por ejemplo, un pequeño componente que, junto a otros múltiples componentes, será ensamblado en una fábrica en China para producir un teléfono inteligente.

Pero las empresas de Chile o de Perú -así como las de Colombia o Uruguay- no tienen esta oportunidad: América del Sur se encuentra fuera de las cadenas de valor más importantes del mundo. En esta región, las empresas innovadoras enfrentan la ardua tarea de desarrollar productos enteramente nuevos y de venderlos en mercados muy distantes en términos geográficos y económicos.

El TPP podría contribuir a cambiar la situación facilitando el comercio de insumos intermedios y ayudando a crear cadenas de valor a través de la cuenca del Pacífico. De particular valor sería simplificar la maraña de las “reglas de origen”, que dictan cuándo los insumos producidos en otros países pueden usarse en productos que cumplan las condiciones necesarias para recibir los beneficios del libre comercio.

Hasta aquí, todo bien. Los optimistas pueden imaginar una nueva generación de flujos de comercio, inversión y conocimientos a través del Pacífico, que aportaría beneficios a todos. Sin embargo, los impulsores del TPP tienen que enfrentar la obstinación de los productores de arroz en Japón (el primer ministro Shizo Abe promete que lo hará) y de los titulares de patentes y derechos de autor en Estados Unidos.

La propiedad intelectual se ha convertido en una de las cuestiones más contenciosas dentro de las negociaciones del TPP, y no es difícil ver por qué. Estados Unidos está ejerciendo presión para alargar el plazo de la propiedad de los derechos de autor relacionados con obras, películas y música. Además, busca cambios técnicos que en la práctica significarían plazos más largos en la vigencia de las patentes de los productos farmacéuticos y en el proceso de aprobación de los fármacos genéricos, además de ampliar la protección de los medicamentos biológicos.

La lista de exigencias polémicas por parte de Estados Unidos es larga. Una de las que ha indignado a los activistas de Internet en especial es la que clasificaría a las copias caché de sitios de web resultantes de búsquedas en la Internet como copias temporales, de modo que los usuarios podrían quedar sujetos a multas por infracción a los derechos de copyright. Además, existe preocupación en cuanto a la libertad de expresión en caso de que se retiren publicaciones por supuestas transgresiones a los derechos de autor.

Por lo general, tales disposiciones no forman parte de los acuerdos internacionales vigentes - como el Trips de la Organización Mundial del Comercio- ni de los acuerdos bilaterales de libre comercio que el propio Estados Unidos ha negociado con una diversidad de países. En otros casos, el plazo de protección se ampliaría de manera considerable. Para los derechos de autor, Estados Unidos pide 95 años de protección con posterioridad a la publicación, o 120 años después de la creación, mientras que el Trips contempla 50 y los acuerdos de Estados Unidos con Australia, Chile, Corea y Perú estipulan 70.

Todos estamos de acuerdo en que la propiedad intelectual requiere de una protección fuerte. Si los inventores no pueden esperar recompensa por sus logros, dejarán de inventar o los inversores dejarán de financiar sus invenciones. Pero la mayoría de los economistas concuerda en que estos incentivos deben ser equilibrados con la necesidad de acelerar la difusión y absorción del conocimiento, y que el punto óptimo se encuentra cerca del medio. En este sentido, la ampliación de los plazos de protección de patentes y derechos de autor que exige Estados Unidos es arbitraria, puesto que no se fundamenta en una presunción de mayor eficiencia económica.

La política de la cuestión es compleja para los tres miembros latinoamericanos del TPP, los que ya han negociado acuerdos sobre propiedad intelectual con Estados Unidos llegando a lo que parece ser un nivel de protección mutuamente aceptable. ¿Por qué habría de llegarse a un cambio en esto ahora?

Este dilema es especialmente fastidioso para Chile, que ha celebrado acuerdos de libre comercio bilaterales con todos los posibles miembros del TPP. Si es improbable que el país obtenga un acceso importante a nuevos mercados, los críticos preguntan por qué no debería Chile abstenerse de toda concesión comercial.

Esto es ir demasiado lejos. Precisamente debido a la necesidad de diversificar las exportaciones, acuerdos como el TPP podrían ser de gran beneficio para Chile, Perú y otros países de ingresos medios. Pero este potencial solo se puede concretar si una cantidad mayor, no menor, de conocimientos fluye entre los miembros del acuerdo. Incluso Estados Unidos podría beneficiarse de tener socios comerciales capaces de innovar, en lugar de servir solo de compradores pasivos de películas y canciones estadounidenses. Cuanto antes comprendan esto los negociadores comerciales de Estados Unidos, mejor para todos.

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es Professor of Professional Practice in International Development en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de Columbia University, Estados Unidos. © Project Syndicate 1995–2015