Queremos estar intoxicados, y el amor-pasión es (quién lo duda) un buen tósigo

Por: Jacques Sagot 7 septiembre, 2015

“En un jardín te he soñado, alto, Guiomar, sobre el río, jardín de un tiempo cerrado, con verjas de hierro frío”. Sí, sí, don Antonio, muy hermoso, pero hay dos cosas que urge aquí reformular. La primera: ya va siendo hora de que sea Guiomar quien sueñe a su poeta, en lugar de ser esta la residente perpetua de los sueños del insigne bardo.

Segunda: ¿Es Guiomar la mujer amada o más bien una presidiaria confinada a una celda de máxima seguridad? Un jardín alto –como un torreón–, sobre un río –¿o diremos más bien foso?–, de un tiempo cerrado –¡vamos, que también al amor sufre claustrofobia!–, con verjas de hierro frío –algo o alguien va a tener que descerrajar de una vez por todas esos malditos barrotes de hierro frío–.

¿Tan aterrador es el amor que hay que ponerlo tras rejas y asilarlo en un inaccesible predio rodeado de un foso infranqueable? ¡Ah, sí, y se nos olvidaba el tiempo, que ha de ser cerrado, es decir, circular, cíclico, mítico, inescapable! ¡Aun el tiempo es aquí cárcel! La hora ha llegado quizás de liberar a Guiomar, y dejarla volar como el pájaro que canta dulcemente en el almez.

Vivimos en una cultura que nos hace temer el amor. Todo amor, no solo el amor erótico. Lo que vende es el romance, el affaire, el flechazo, el enamoramiento, la pasión, en otras palabras, la masiva secreción hormonal que nos enajena –en su sentido etimológico: que nos torna ajenos a nosotros mismos–.

El amor no suele manifestarse con esta sintomatología. Es lento, requiere de ese fermento espiritual que solo el tiempo es capaz de conferir, es una progresiva cristalización fundada en la vida compartida. Pero claro está, tal concepción del amor no es glamorosa y suele vender mal, en Hollywood.

Todo lo contrario: es erróneamente homologada a una domesticidad chata y rutinaria. Preferimos ser galvanizados por el amor-epifanía, ese estremecimiento súbito e inmediato que la mitología erótica ha publicitado tan eficazmente. No queremos construir el amor, preferimos que se nos manifieste como revelación. Queremos cosquillitas en el alma, no conmociones profundas. Nuestra sociedad promueve el discurso en torno al amor-pasión, pero instaura una veda contra el amor alimentado en la temporalidad síquica del ser humano. El primero es impacto, el segundo es resonancia, y no hay resonancia sin vivencia del tiempo compartido.

La bella concepción de don Antonio sitúa el amor dentro de un tiempo acotado, en un espacio discontinuo, sagrado. Adivino sin embargo temor en sus imágenes. Temor a que la bestia escape a su celda de máxima seguridad y pierda su lírica pureza.

Sagrado no es aquello que no se toca, es antes bien aquello que se consume eucarísticamente. Es también aquello por lo cual uno se sacrifica. ¿Los hijos, la familia, la patria, la libertad, un equipo de futbol? Poco importa: si usted se sacrifica por ello, es porque es sagrado.

Desconfianza. Don Antonio pone su amor en un reducto tan fortificado, que jamás tendrá que inmolarse por él: no hay vándalos capaces de entrar al recinto.

Desconfío del amor impoluto, del amor congelado en el tiempo, del amor-momia, por bello que el embalsamado cadáver pueda parecer. Solo la palabra puede ser impoluta –y de forma eminente la palabra poética–. Creo que Machado confina su amor a un convento que es al mismo tiempo museo, jardín, fortaleza, alcázar, relicario. Lo preserva sub specie aeternitatis . Bello, muy bello –soy el primero en reconocerlo–, pero con tal gesto le dice “no” a la vida en tanto que movimiento, que permanente mutación.

Le regala su amor a Parménides, y lo protege celosamente del río de Heráclito, cuyas aguas-tiempo presuponen el cambio, el movimiento y, por ende, la muerte. Con este poema, don Antonio se nos convierte en taxidermista del amor y en viudo profesional –que, en efecto, lo fue–.

Mucho estrépito. Pero su concepción del amor nos interpela hondamente, y la mitad de mi corazón está con él. Nuestra moderna sociedad no favorece, no enseña, no irriga el amor-construcción. Lo que quiere es marejadas de feromonas y oxitocina, sunamis de pasión. Amores recreativos, rápidos, violentos, pero epidérmicos. Un amor “de aventura” afín al turismo llamado “de aventura”.

El volcán está ahí y proyecta su magma espectacularmente, pero la materia no viene del centro de la tierra: a lo sumo de diez kilómetros de profundidad. Son fuegos de artificio. Mucho estrépito, mucha actividad sísmica, mucha lluvia de escoria abrasada… pero nada que proceda de los estratos hondos del alma.

Hemos optado por la intensidad, en lugar de la extensividad. Queremos estar intoxicados, y el amor-pasión es –quién lo duda– un buen tósigo. Embriaguez, enajenación, locura: eso es lo que anhelamos. Sí, es un eficaz veneno, el amor.

El problema es que si no nos mata, la intoxicación no tardará en disiparse. Nuestra sociedad sacó el amor del museo-jardín-alcázar de don Antonio y lo sentó en un McDonald: será expeditivo, regido por el principio del value meal (“adquiera dos hamburguesas por el precio de una”), de lo desechable, lo práctico, lo serial.

El amor era color azul turquesa: ahora es de plástico amarillo.

Pero tampoco puedo darle mi adhesión incondicional a don Antonio. Nuestro poeta hace malabares por detener la fluencia del tiempo, y se dedica a la eterna contemplación de una esfinge.

Cada día lustra con Anibru su amor, y sacude hasta la menor molécula de polvo que sobre él pudiese acumularse. Se convierte en su custodio y curador a tiempo completo.

Con todo respeto, Maestro, amar es ensuciarse. ¿De qué? De vida, de dolor, de yerros, de extravíos, de tiempo. ¿El amor en el museo? Solo cuando no ha sido plenamente vivido, y puede, indemne, inalterado, prístino, virgen de todo rasguño, aspirar a la eternidad.

Creo en los amores llagados y erosionados por el tiempo. Esos donde la lluvia y el viento, habiendo barrido la grata superficie de lapislázuli, dejan al descubierto las menos bellas pero recias, inamovibles estructuras graníticas.

Jacques Sagot es pianista y escritor.