Opinión

Las ambigüedades del deseo de poder en la democracia

Actualizado el 15 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Las ambigüedades del deseo de poder en la democracia

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¿Qué mueve a querer ser un líder en una sociedad democrática? Esta no es una pregunta cualquiera, es esencial dentro del ámbito político (y, aunque suene latoso, aclaramos que nos referimos al ámbito de las relaciones públicas: a lo que queremos hacer en relación con los otros y a la influencia que queremos ejercer sobre ellos). No se trata de la objetividad de los discursos proferidos delante de los demás, sino de las motivaciones profundas, tanto personales como grupales. La motivación no es ajena al discurso, pues esta hace que el segundo sea cierto o falaz. Aquí no hay puntos medios, aunque la práctica del ejercicio del poder político, por demás condicionada por tantas razones, puede favorecer posiciones contrarias a la propia voluntad de líder. Sin embargo, la propia motivación es siempre el filtro decisivo de lo que se hace, se decide y se promueve cuando se tiene la posibilidad de tomar decisiones.

Un buen líder reconoce cuáles son sus motivaciones reales, y aquel que no quiere ocultarse las hace públicas. Un mal líder es el que muestra un discurso incoherente con su práctica, porque poco a poco su discurso lo desmiente y pone en evidencia sus falencias. Ahora bien, hay que distinguir la obstaculización política (cuya pretensión es destruir la imagen del contrincante político) y la incoherencia entre la praxis del líder y su discurso; o mejor, entre los valores promovidos y el ejercicio de la decisión.

La mayor incoherencia en el ámbito político tiene su origen en el deseo de mantener el propio poder al margen de una agenda axiológica. Esto no quiere decir que se crea que la discusión acerca de los valores sea algo que se detenga en el tiempo y que no esté sujeto al dinamismo dialéctico de la razón humana, sino que hablamos de la relativización de cualquier valor en función del mantenimiento a lo largo del tiempo del ejercicio decisional a nivel colectivo (sea este legal, ilegal o de simple influencia).

El rol de la envidia. Dentro del ámbito motivacional podemos hablar de muchas cosas, pero, en una sociedad consumista como la nuestra, no hay duda de que la envidia (entendida, esta, como sentimiento personal o como causante de la división de un grupo) juega un rol importantísimo. El deseo de poseer, como un criterio clave para alcanzar la felicidad, es promovido hoy en día por mecanismos sutiles que generan envidia. A veces de forma “casi” inocente, la envidia se cuela en la vida de las personas con una naturalidad increíble, hasta el punto de hacerla algo cotidiano y “bueno”.

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Desde el punto de vista político, la envidia alcanza dimensiones mucho más destructivas. Se envidia a quien tiene el poder y se le quiere derrocar, se envidia la capacidad discursiva o comunicativa o –en el peor de los casos– la bondad de quienes no quieren más que servir a los otros y alcanzan el reconocimiento social por ello (aunque no lo pretendan). Esta envidia suscita las más grandes aberraciones en la contienda política, pero aún más peligrosa es aquella que se usa como arma para alcanzar los propios intereses.

El maquiavelismo en política es más que conocido, pero la sutileza en generar la envidia como arma política es más subliminal, aunque no menos tóxica. Suscitar envidia en otros para aniquilar a un enemigo potencial es un arte singular que deja a su promotor con las manos libres de culpa. Este, incluso increpando los más altos valores, se puede proclamar defensor de todos, siendo el protagonista de los más grandes abusos del poder por su poder de manipulación. Las armas son simples: pequeños privilegios, informaciones falaces, interpretaciones ligeramente deformadas, decisiones ambiguas, miedos generados ante la autoridad, ofertas para satisfacer deseos insatisfechos... Todas estas cosas y muchas otras sirven de abono para los corazones insatisfechos que, con facilidad, se dejan influenciar por el sueño de grandeza y por la “participación” (siempre parcial) de aquel que puede escalar en el uso del poder. El precio a pagar: la fidelidad al potente, la enemistad con el contrincante del mecenas y ser soldado raso en la socavación paulatina de quienes apoyan al opositor.

Batalla sucia. Es obvio que dentro del ideal democrático nos encontramos con la batalla sucia del ocultamiento y de la utilización de la fragilidad humana. Pero el mayor problema se encuentra en la falta de honestidad de las propias motivaciones personales, en la indiferencia frente a la polémica ideológica y la falta de compromiso con una sincera búsqueda de la verdad y del bien común. Claro está, hay quienes conocen bien sus motivaciones y deseos, y no les importa en absoluto la cuestión ética o moral, pero también hay muchas personas que, simplemente, no se plantean su equidad ética o moral por comodidad o simple estupidez.

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La envidia, por tanto, se convierte en arma política cuando las instituciones están bien establecidas y los mecanismos sutiles para mover los ánimos permiten al instigador moverse en el ámbito de la lucha por el poder, en los más acérrimos niveles de hostilidad imaginados por el ser humano.

La forma más elaborada de la ambigüedad política es la utilización de la envidia como forma de influencia en los demás, pues no raras veces tiene su origen en la envidia de aquel que ostenta o pretende tener algún tipo de poder. En efecto, quien pretende mantenerse en una situación de superioridad necesita tener el control sobre los demás, de manera particular sobre aquellos a los que minusvalora para que sean afines a sus pretensiones. La manera en la cual el que ambiciona el poder atrae y seduce a otros depende de cómo los ha percibido en sus debilidades. Si acierta a tentarlos en sus halagos u ofrecimientos, es fácil controlar otras cosas desde la pretendida autoridad que ejerce para hacerlos sentir privilegiados; si falla en sus pretensiones, buscará neutralizar su influencia dentro del ámbito social donde se mueven, para hacerlos sentir sometidos.

Descrita de esta manera, las personas que buscan mantener su poder utilizando la envidia como motivación o arma, parecen personas perversas. Lo son en cuanto a sus procedimientos, no en cuanto a su apariencia, pues buscarán siempre mantener su imagen de integridad delante de cualquiera.

Entonces, ¿qué hace honesta una motivación política? Su sinceridad ideológica, su capacidad de coherencia discursiva, su flexibilidad en la polémica, su disposición al cambio, la búsqueda irrestricta de la verdad que es posible comprender y alcanzar, la pasión por la justicia, la opción por no convertirse en jueces implacables de los otros, la actitud compasiva de quien intenta entender las acciones y posiciones ajenas, y, sobre todo, la absoluta conciencia de que, si no somos una comunidad de sentimientos y acciones armónicos y solidarios, nunca podremos ser auténticos seres humanos.

En otras palabras, es el deseo permanente de crecer como personas (de conversión, diríamos los cristianos) lo que nos hace tener la motivación correcta en cualquier tipo de liderazgo que ejerzamos.

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