Opinión

El ambiente de la pobreza

Actualizado el 28 de junio de 2014 a las 12:00 am

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El ambiente de la pobreza

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COPENHAGUE – A pesar de los avances en la esperanza de vida, el mayor acceso a la educación y los menores índices de pobreza y hambre, falta mucho por hacer en el planeta para mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Casi 1.000 millones de personas siguen acabando la jornada con hambre, 1.200 millones viven en la pobreza extrema, 2.600 millones carecen de acceso a agua potable e instalaciones sanitarias, y casi 3.000 millones deben quemar materiales dañinos dentro de sus hogares para combatir el frío.

Cada año, 10 millones de personas mueren a causa de enfermedades infecciosas como la malaria, el VIH y la tuberculosis, además de la neumonía y la diarrea. Se estima que la falta de agua e instalaciones sanitarias causa al menos 300.000 muertes al año, mientras que la desnutrición provoca al menos 1,4 millones de fallecimientos infantiles.

La pobreza es uno de los factores que más mata. Es la razón de que los niños no reciban una nutrición adecuada y vivan en zonas con aguas sucias e higienización inadecuadas. Y explica por qué una enfermedad completamente prevenible como la malaria mate cerca de 600.000 personas al año. Muchos son demasiado pobres como para comprar medicamentos y mosquiteros para camas, al tiempo que los Gobiernos carecen de presupuesto para erradicar los insectos que transmiten la enfermedad, y para tratar los brotes epidémicos de manera oportuna.

Sin embargo, algunos de los problemas más letales tienen que ver con el medioambiente. Según la Organización Mundial de la Salud, cerca de 7 millones de muertes se deben cada año a la polución del aire, la mayoría como resultado de la quema de ramas y estiércol dentro de los hogares. Se estima que el uso, por parte de generaciones anteriores, de plomo en pinturas y gasolina causó casi 700.000 muertes al año. La polución del ozono de superficie mata a más de 150.000 personas al año, mientras que el calentamiento global provoca otras 141.000 muertes. El radón radioactivo, que se encuentra en la naturaleza y puede acumularse dentro de los hogares, da cuenta de la muerte de cerca de 100.000 personas cada año.

Aquí, también la pobreza tiene un papel desproporcionadamente grande. Nadie enciende una fogata dentro de su casa por diversión, sino por carecer de la electricidad necesaria para cocinar y mantenerse sin frío. Si bien la polución del aire exterior se explica en parte por la industrialización incipiente, representa un término medio temporal en beneficio de los pobres: escapar del hambre, las enfermedades infecciosas y la polución del aire dentro de los hogares para estar en mejores condiciones de acceder a una buena alimentación, atención de salud y educación. Cuando los países alcanzan niveles de riqueza suficientes, pueden permitirse tecnologías más limpias y comenzar a aplicar leyes ambientales que reduzcan la polución del aire externo, como vemos en Ciudad de México y Santiago de Chile.

Una de las mejores herramientas contra la pobreza es el comercio. China ha logrado sacar a 680 millones de personas de la pobreza en las últimas tres décadas gracias a una estrategia de rápida integración a la economía global. Es probable que la mejor medida para combatir la pobreza que puedan llevar a cabo las autoridades en esta década sea ampliar el libre comercio, especialmente en el ámbito agrícola.

También resulta reconfortante que se esté destinando más dinero a ayudar a los pobres del mundo: la ayuda para el desarrollo casi se ha triplicado en términos reales en los últimos 15 años, reforzando recursos para ayudar a quienes sufren de malaria, VIH, desnutrición y diarrea.

Y, si bien los datos son un poco inconsistentes, no hay duda de que el mundo está destinando más recursos al medioambiente. Los aportes para proyectos ambientales se han elevado desde un 5% de la ayuda bilateral en 1980 a casi un 30% hoy en día, con un total anual de cerca de $25.000 millones.

Suena fenomenal. El mundo puede centrar cada vez más su ayuda en los problemas ambientales más acuciantes (la polución del aire exterior e interior, junto con la polución del ozono y el plomo) que causan casi todas las muertes relacionadas con el medioambiente.

Lamentablemente, no está pasando así. Casi toda la ayuda ambiental (cerca de $21.500 millones, según la OCDE) se destina al cambio climático.

No hay duda de que el calentamiento global es un problema que debemos enfrentar de manera inteligente (si bien nuestro historial hasta el momento no da pie a mucho entusiasmo). Pero, para hacerlo, se necesita energía renovable barata, especialmente en el mundo desarrollado, y no destinar dinero a reducir las emisiones de gases de invernadero como el CO? por parte de los países en desarrollo.

De hecho, hay algo fundamentalmente inmoral en el modo en que fijamos nuestras prioridades. La OCDE estima que el mundo gasta al menos $11.000 millones del total del dinero para el desarrollo en reducir las emisiones de gases de invernadero. Gran parte de ello a través de energías renovables como la eólica, hídrica y solar. Por ejemplo, Japón otorgó hace poco $300 millones de su ayuda para el desarrollo a subsidiar energía solar y eólica en la India.

Si la totalidad de esos $11.000 millones se destinaran a la energía solar y eólica en la misma proporción que el gasto global actual, las emisiones globales de CO? se reducirían en cerca de 50 millones de toneladas al año. Si se simula en un modelo climático estándar, ello bajaría las temperaturas de manera tan trivial (cerca de 0,00002 ºC en el año 2100) que equivaldría a posponer el calentamiento global para fines de siglo algo más de siete horas.

Por supuesto, los abanderados del cambio climático podrán aducir que los paneles solares y las turbinas eólicas darán electricidad (si bien de manera intermitente) a unos 22 millones de personas. Pero si ese mismo dinero se destinara a la generación de electricidad mediante gas, se podría sacar a casi 100 millones de personas de la oscuridad y la pobreza.

Más aún, esos $11.000 millones se podrían utilizar para dar respuesta a problemas incluso más acuciantes. Los cálculos del Consenso de Copenhague demuestran que podrían salvar casi 3 millones de vidas al año, si se utilizaran en la prevención de la malaria y la tuberculosis, y en el aumento de la vacunación infantil.

También se podrían destinar a elevar la productividad agrícola, salvando a 200 millones de la inanición a largo plazo, al tiempo que se aliviarían los efectos de los desastres naturales mediante sistemas de alerta temprana. Y todavía quedarían fondos para ayudar a desarrollar una vacuna contra el VIH, distribuir medicamentos para tratar ataques cardíacos, proporcionar una vacuna contra la Hepatitis B al mundo en desarrollo y evitar que 31 millones de niños mueran de hambre cada año.

¿Realmente es mejor posponer siete horas el calentamiento global? Incluso si seguimos gastando $11.000 millones para retardar 100 años el aumento de los gases de invernadero, postergaríamos el calentamiento global menos de un mes para fines de siglo, un logro sin efectos prácticos para nadie en el planeta.

¿Por qué el mundo escoge a propósito vivir de manera tan ineficaz? ¿Será, tal vez, porque la ayuda para el medioambiente no apunta tanto a ayudar al mundo como a sentirnos con la conciencia un poco más tranquila?

Bjørn Lomborg, profesor adjunto de la Escuela de Negocios de Copenhague, fundó y dirige el Centro del Consenso de Copenhague, y es autor de El ecologista escéptico y En frío. © Project Syndicate.

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