Opinión

Más allá de la democracia

Actualizado el 23 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Más allá de la democracia

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Podríamos estar frente a la desnaturalización de nuestra moderna democracia, originalmente asentada en los pobres, pero ahora penetrada de los valores económicos y su poder expansivo (ver artículo de Enrique Obregón Valverde: “Los sagrados derechos del pueblo”, La Nación , 4/7/13). Junto a este empobrecimiento y su repercusión en la cultura política y la vida colectiva, caben otras consideraciones, relativas al descenso de la temperatura moral y espiritual de nuestra sociedad.

Presa de la ideología del consumismo y de una libertad sin límites, hemos olvidado ser personas de fines superiores y practicantes de unas virtudes humanas necesarias para enriquecer el sentido de la vida. Así, por ejemplo, responsabilidad, veracidad, honradez, humildad, generosidad, solidaridad, lealtad, afabilidad, laboriosidad, respeto mutuo, comprensión, alegría, orden, celeridad, aprovechamiento del tiempo, servir… Son virtudes para vivirlas, en la familia, en el trabajo, en la vida de relación; no para teorizar sobre ellas. Lo sabemos. Este saber conviene interiorizarlo, hacerlo propio, vivir la vida con amor y hacerla agradable a los demás. A su vez, no se escoja ninguna de ellas para convertirla en una antivirtud y construirse un diosecillo omnímodo, ni nos convirtamos en esclavos suyos.

La ética de las virtudes resguarda la dignidad humana y sustenta la vida personal, política y social. Hay un abandono de esta dimensión antropológica propia de la persona humana, y se debe volver a vivir estas virtudes. Sin ellas no se es persona.

Aparte de progresar, de ser-más al vivir las virtudes, combatamos males, tantos según se hayan acumulado con el paso del tiempo, como el grave problema de las aguas negras, contaminantes de ríos y playas. Asimismo, la basura, tirada en alcantarillas, acequias y ríos. Otro mal son las vallas publicitarias, enemigas del paisaje y una peligrosa distracción para los chóferes. Cuidemos el mundo, tan maltratado por el hombre. Y despertemos del sueño de ser el país más feliz del mundo. Falta mucho para serlo.

Retomando la desnaturalización de nuestra democracia, no convirtamos la acumulación de bienes materiales en un fin primordial. Es indispensable crearlos, mas son apenas un medio para alcanzar fines superiores, como la justicia, la solidaridad social, la fraternidad y el mundo trascendente y eterno, tan olvidado en esta época de libertad sin límites y engañosas autonomías personales. No caigamos en esta ruta. Es la ruta del desamor y la deshumanización.

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El valioso artículo precitado me hizo recordar estas palabras tan preferidas de Juan Pablo II: “La opción preferencial por los pobres”, nuestros hermanos. Hagamos mucho por ellos. Conviene abandonar la comodidad y ayudar a quien lo necesite.

Revisemos conductas. Tal vez así, levantando la temperatura moral y espiritual, seamos más felices y gocemos de una democracia más solidaria y pluralista, más humana y funcional.

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