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Los aliados islamistas de conveniencia para Estados Unidos

Actualizado el 15 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Los aliados islamistas de conveniencia para Estados Unidos

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NUEVA Delhi – En tan solo un decenio, Estados Unidos ha intervenido militarmente en tres países de mayoría musulmana y ha derribado a tres gobiernos. Ahora, la misma coalición de intervencionistas izquierdistas y neoconservadores americanos que promovieron dichas guerras está presionando para que se lancen ataques punitivos en Siria, sin reflexionar sobre el hecho de que la política de EE. UU. haya acabado fortaleciendo a los islamistas y fomentando el antiamericanismo. De hecho, el resultado de la última “intervención humanitaria” ha sido claramente contraproducente, al convertir a Libia en un caldo de cultivo para militantes transnacionales.

Como pone de relieve el intenso debate habido en EE. UU. sobre la propuesta de utilización de la fuerza militar por parte del presidente Barack Obama, el objeto de la presión a favor del ataque a Siria no es el de defender el interés nacional de los Estados Unidos. Más bien, el deseo de proteger el “crédito” de los EE. UU. ha pasado a ser el último refugio de quienes desean otra guerra en Oriente Medio.

Si se eliminara del debate el “crédito” y se centrara la atención directamente en hacer avanzar a largo plazo los intereses de los EE. UU., quedaría claro que un ataque a Siria podría no brindar siquiera beneficios geopolíticos temporales. A largo plazo, desencadenaría importantes consecuencias no deseadas, entre ellas una división “suave” de Siria al estilo del Iraq y la creación de un refugio para extremistas que se extendiera por gran parte de la Siria septentrional controlada por los islamistas y las zonas suníes de Iraq.

De hecho, un ataque aumentaría con la mayor probabilidad la dependencia de los Estados Unidos con respecto a indeseables gobernantes islamistas en países comprendidos desde Arabia Saudí hasta Qatar, pasando por Turquía y los Emiratos Árabes Unidos. Algunos monarcas árabes se han comprometido a financiar el ataque de los EE. UU., inversión que recuperarían fácilmente pues, como se habla de guerra, los precios del petróleo ya han subido.

Los grupos del tipo de Al Qaeda ya han ganado terreno en Oriente Medio y en el norte de África como resultado no deseado de las políticas de los EE. UU., lo que ha creado condiciones favorables para un mayor terrorismo internacional en los próximos años. La invasión y la ocupación de Iraq por los EE. UU., por ejemplo, brindó una importante oportunidad a Al Qaeda, cuyos afiliados representan la lucha suní contra el Gobierno dominado por los chiíes.

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Asimismo, el cambio de régimen en Libia contribuyó al ascenso de todos los militantes vinculados con Al Qaeda, lo que propició el asesinato, en Bengasi, del embajador de los EE. UU. Se ha impuesto un sistema basado en la sharía (ley islámica), las violaciones de los derechos humanos son legión y el movimiento transfronterizo de armas y militantes ha socavado la seguridad de los países vecinos de Libia.

Entretanto, el apoyo de los Estados Unidos a los regímenes del Yemen y de Arabia Saudí ha contribuido con el ascenso de Al Qaeda en la península Arábiga. En algunas zonas de Yemen meridional, una organización afiliada a Al Qaeda, Ansar Al Sharia, hace de gobierno de facto.

En Siria, donde grandes extensiones del territorio están ya bajo control islamista y el Frente Al Nusra está eclipsando al Ejército Sirio Libre, que respalda EE. UU., el Gobierno de Obama está contemplando la amarga cosecha de sus opciones políticas anteriores. Ahora, los ataques aéreos no harían sino empeorar la situación al socavar la legitimidad del Ejército Sirio Libre en las bases, y ayudar a las fuerzas islamistas.

Más al este, EE. UU. desea una salida “honorable” de Afganistán, la guerra más larga de su historia, mediante un acuerdo de paz con los talibanes, sus principales oponentes en el campo de batalla. Al intentar cooptar a los talibanes (medida cuyo resultado ha sido el establecimiento, por parte de los segundos, de lo que equivale a una misión diplomática en Doha, Qatar), EE. UU. está concediendo legitimidad a una milicia de matones que emplean métodos medievales en las zonas que controlan.

Los coqueteos de los Estados Unidos con fuerzas políticas –y gobiernos– proislamistas se han debido a la idea de que la capa del islam contribuye a proteger el crédito de unos dirigentes a los que, de lo contrario, se considerarían marionetas extranjeras. Eso no dará resultado, sencillamente, ni siquiera a corto plazo. Al contrario, hasta que el ejército egipcio destituyó de la Presidencia a Mohamed Morsi, de los Hermanos Musulmanes, muchos estaban empezando a considerarlo el hombre de los Estados Unidos en El Cairo.

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A largo plazo, EE. UU. no ganarán nada –y arriesgarán mucho– si siguen respaldando a jeques del petróleo que financian a grupos extremistas musulmanes, y las madrazas desde las Filipinas y la India, hasta Sudáfrica y Venezuela. Al apoyar a los gobernantes islamistas, EE. UU. está contribuyendo a una tendencia evidente desde el Magreb hasta los páramos de Afganistán y de Pakistán: musulmanes que matan a musulmanes.

La política americana ha contribuido, también, a un conflicto en aumento entre fuerzas islamistas y laicas en los países musulmanes. La mejor ilustración de ello es Turquía, donde Obama ha pasado por alto las medidas adoptadas con mano dura por el primer ministro, Recep Tayyip Erdoðan, para anular la libertad de expresión y convertirse en un sultán del siglo XXI.

Allí, y en otros sitios, EE. UU., motivado por el objetivo geopolítico más amplio de contener al Irán chií y sus aliados regionales, han aceptado a gobernantes suníes rebosantes de fanatismo religioso y político, pese a que representan una amenaza transnacional a los valores de la libertad y del laicismo. Además, es probable que el choque dentro del islam sea desestabilizador para esa región, y contraproducente para los intereses del mundo libre.

Con ese fondo, Obama debería atender la doctrina propuesta en 1991 por el general Colin Powell, según la cual Estados Unidos debe utilizar la fuerza militar solo cuando esté en juego un interés decisivo para la seguridad nacional, el objetivo estratégico sea claro y alcanzable, los beneficios sean probablemente mayores que los costos, se puedan limitar las circunstancias adversas, se haya obtenido un amplio apoyo internacional e interno, y se haya formulado una estrategia de salida convincente.

Dada la ejecutoria de EE. UU. desde que se formuló dicha doctrina, se debería añadir otro criterio: que los beneficiarios principales de la intervención militar no sean enemigos mortales de los Estados Unidos.

Brahma Chellaney es profesor de Estudios Estratégicos en el Centro de Investigaciones Políticas de Nueva Delhi. © Project Syndicate.

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