Macho Madrigal no era muy alto, pero sí buen mozo, con mucha suerte con las damas

 17 diciembre, 2016

Cuando han pasado muchos años de un acontecimiento, aunque sea importante, las brumas del recuerdo hacen que se pierdan muchos de estos aspectos principales y solo quede una imagen, borrosa a veces, solo una sensación, un sentimiento. Esto pasa con todos los aspectos de mi niñez, tan lejana hoy día.

Hay, sin embargo, una imagen, un recuerdo que permanece intacto, como si hubiera pasado ayer y no hace tanto tiempo: mis encuentros, todos muy agradables, con mi primo Rafael Ángel Macho Madrigal.

Aunque éramos de la misma familia, la diferencia de edad era muy grande. Yo era un chiquillo de unos pocos años y Macho ya era el mejor futbolista de su época. No era muy alto, pero sí buen mozo, con mucha suerte con las damas. Tan rubio y con los ojos tan azules que parecía un vikingo que había olvidado su armadura.

Todo el mundo lo conocía y lo admiraba. Anotó el primer gol al iniciarse el fútbol en Costa Rica con la Libertad, que fue el único equipo nacional con el que jugó, aunque también jugó profesionalmente en Cuba y en los Estados Unidos.

Participó en los primeros Juegos Atléticos Centroamericanos, efectuados en Guatemala. Por cierto, como a menudo sucede, había interés en participar, pero no había dinero para el viaje, por lo que el equipo nacional fue formado por 11 jugadores, es decir, no se podía hacer ni un solo cambio y se financió el viaje con contribuciones de aficionados. El presidente de la República Julio Acosta donó ¢100 y cada uno de los equipos que existían donó ¢50.

La Selección tica venció a Honduras 10 a 1, a El Salvador 7 a 0 y a Guatemala 6 a 0, y ganó el trofeo de campeón centroamericano en forma invicta. Además, como nuestro país solo envió 11 futbolistas, todos participaron en las otras competencias deportivas y ganaron tres medallas de oro, seis de plata y nueve de bronce.

Costumbre familiar. Macho practicaba varios deportes y era excelente en todos. Además, siguiendo una tradición familiar, era cazador y a menudo se iba de cacería a alguna montaña, a veces no muy lejos, y siempre me llevaba.

Por mi edad, nunca usé un arma, pero disfrutaba mucho de esos paseos y de la naturaleza. Me disgustaba ver morir a un pobre animal, pero tenía que aceptar esta tradición familiar.

Mi tío Roberto tenía en el corredor de su bella casa de campo en San Isidro de El General como 40 cabezas de venado con sus correspondientes cacheras.

Por cierto, en una ocasión, que venía guiando una carreta de bueyes con su carga de tapas de dulce hacia el pequeño pueblo de San Isidro de El General que apenas despertaba entre la montaña y la llanura, dos científicos que visitaban el lugar, uno de los Estados Unidos y otro de Francia, se extrañaron al encontrar a ese pintoresco campesino.

El francés, quien tenía más tiempo de estar en Costa Rica, dijo a su colega: “Este es un país muy especial. ¿En que otro país centroamericano se puede encontrar un campesino legítimo rubio y de ojos azules?”.

El norteamericano se acercó y le pidió una dirección en un español ininteligible y mi tío se la dio en un inglés impecable; el francés exclamó ¡mon Dieu!, y mostró su extrañeza de que aquel simple peón hablara inglés. Ante lo cual el campesino “de pata en el suelo” le habló en un francés perfecto. Los dos científicos se marcharon convencidos de que Costa Rica era un país de superhombres.

Prisión. Y un día llegó la tragedia. No lo supe directamente, sino a través de comentarios en voz baja. Macho estaba en la cárcel por haber matado a un hombre; oí palabras como “tenía que hacerlo”, “el honor está sobre cualquier inconveniencia” y cosas parecidas.

Quería ir a verlo y mi madre me prometió llevarme, lo cual nunca hizo. Sabía que estaba en la Penitenciaría (hoy convertida en el Museo de los Niños), así que un día, casi sin pensarlo, fui a visitarlo. Le dije al soldado de la puerta que venía a visitar a mi primo y luego oí la voz fuerte del comandante decir: “Macho, aquí está un primo tuyo que viene a verte”.

Entonces salió y me abrazó. Me pareció que había envejecido, pero me contó que lo trataban muy bien, le permitían usar su ropa y no tenía ninguna restricción de movimiento, excepto que no podía abandonar el edificio.

Después lo vi poco, no sé cuánto duró el proceso, ni por cuánto tiempo fue su condena, pero aunque volvió a jugar ya no fue el mismo de antes.

Me fui a los Estados Unidos a estudiar y, cuando regresé, Macho se había retirado del fútbol activo y tenía una tienda deportiva en la cual también vendía los frutos que producía una pequeña finca en Santa Ana, donde vivía.

Ahí también vendió una revista literaria –deportiva que publiqué varios años–. Lo invité en varias ocasiones a pasar el día en un club deportivo del cual era socio y disfrutaba mucho del sol y de la piscina.

Solo una vez hablamos del acontecimiento que lo tuvo en la cárcel: “Mario –me dijo–, es el error más grande, el más absurdo que he cometido en mi vida. La palabra honor no tiene sentido. La vida sí la tiene y no hay razón alguna para quitársela a nadie”. Sabías palabras que deben ser nuestra guía.

El autor es periodista.