1 abril, 2015

En Panamá rueda la alfombra roja para atraer  jubilados de Estados Unidos, Canadá y Europa, incluida Rusia. Los resultados de ese esfuerzo gubernamental han sido positivos y generosos. La estancia de  ciudadanos de cabelleras nevadas, de existencias entradas en  años, forman parte del paisaje cotidiano en las poblaciones chiricanas  de Boquete y Punta Piedra, en las estribaciones del volcán Barú.

Las nuevas construcciones de techos triangulares, al estilo de las clásicas estructuras de los alpes suizos,   menudean en la región y contrastan con las rústicas chozas de madera y teja de los criollos que labran la tierra.

Mientras   los vecinos del sur caminan a pasos agigantados e incrementan su riqueza por esa vía, los costarricenses duermen en una nube y dejan escapar decenas de millones de dólares que obtendrían con ese rico filón.

En la década del ochenta, Costa Rica ocupaba la cúspide de la pirámide como destino para  pensionados extranjeros, tras la aprobación de la ley No. 4812 del 28 de julio de 1971.

Entonces estábamos bajo la mirada de más de cinco millones de jubilados estadounidenses, que se sentían tentados por nuestro clima, hospitalidad, estabilidad política y la belleza natural, tanto costera como de montaña.

Eran otros años. ¡Todo eso fue flor de unas décadas!  El 31 de marzo de 1992, la Asamblea Legislativa derogó los beneficios que tenían los retirados mediante la Ley  No. 7293.

Con esa decisión, los costarricenses espantaron  a todos aquellos pensionados que anhelan invertir en nuestro país y disponer de un domicilio donde vivir en un ambiente placentero.

Se calcula que el arribo de 10.000 ciudadanos de oro  podría  generar aquí 15.000 empleos  y un ingreso al fisco de $340 millones anuales.

Para nadie es un secreto que los foráneos que se establezcan aquí depararían múltiples beneficios. Y ellos están a pocas horas, en viaje aéreo,  de nuestras costas. Solo basta una ley que les facilite el atractivo de afincarse y con ello se habrá logrado robustecer la gallina de los huevos de oro, tal como se le llama a nuestra  industria turística.

De ocurrir ese milagro, los jubilados  de otras latitudes vendrían presurosos. No debe demorarse más este asunto. Debemos extender  la alfombra roja y no  la  escoba detrás de la puerta.

El autor es empresario.

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