Opinión

Para acabar con el terrorismo de efecto bumerán

Actualizado el 24 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

Solo un cambio en la política exterior de EE. UU. y la UE puede reducir el terrorismo

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NUEVA YORK – Los ataques terroristas contra civiles, ya se trate del derribo sobre el Sinaí de un avión ruso que acabó con la vida de 224 pasajeros civiles, la espantosa matanza de París que se cobró 129 vidas inocentes o el trágico atentado con bomba que mató a 102 activistas por la paz, son crímenes contra la humanidad. Hay que parar a sus perpetradores, en este caso, el Estado Islámico (EI). Para lograrlo, hará falta entender con claridad las raíces de la despiadada red de yihadistas.

Por doloroso que resulte reconocerlo, Occidente, en particular los Estados Unidos, cargan con una importante responsabilidad por haber creado las condiciones en las que se ha desarrollado el EI. Solo un cambio en la política exterior de los EE. UU. y la Unión Europea para con Oriente Medio puede reducir el riesgo de más terrorismo.

Se deben entender los recientes ataques como “terrorismo de efecto bumerán”: un espantoso resultado no deseado de las repetidas acciones militares, encubiertas o manifiestas, europeas y de los EE. UU. en todo Oriente Medio, el norte de África, el Cuerno de África y Asia central encaminadas a derrocar a gobiernos e instalar regímenes dóciles para los intereses occidentales. Esas operaciones no solo han desestabilizado las regiones a las que iban destinadas y han causado un gran sufrimiento, sino que, además, han colocado a las poblaciones de los EE. UU., la Unión Europea, Rusia y Oriente Medio en gran riesgo de ataques terroristas.

Nunca se ha contado de verdad al público la historia de Osama bin Laden, Al Qaeda o el ascenso del EI en el Irak y Siria. A partir de 1979, la CIA movilizó, reclutó, entrenó y armó a jóvenes suníes para que lucharan contra la Unión Soviética en Afganistán. La CIA reclutó abundantemente entre las poblaciones musulmanas (incluida Europa) para formar a los muyahidines, fuerza de combate multinacional movilizada para expulsar a los infieles soviéticos del Afganistán.

Se contrató a Bin Laden, miembro de una adinerada familia saudí, para que contribuyera a dirigir y cofinanciar la operación. Fue algo muy propio de las operaciones de la CIA: contar con financiación improvisada gracias a una adinerada familia saudí y los beneficios del contrabando local y del comercio de estupefacientes.

Al promover la visión fundamental de una yihad para defender las tierras del islam (Dar al-Islam) contra injerencias exteriores, la CIA creó una enardecida fuerza de combate de miles de jóvenes desplazados de sus hogares y deseosos de combatir. Esa inicial fuerza de combate –y la ideología que la motivó– es la que actualmente sigue constituyendo la base de las insurgencias yihadistas, incluido el EI. Aunque el objetivo original de los yihadistas era la Unión Soviética, actualmente los “infieles” son también los EE. UU., Europa (en particular Francia y el Reino Unido) y Rusia.

Al final del decenio de 1980, con la retirada de los soviéticos de Afganistán, algunos elementos de los muyahidines se transformaron en Al Qaeda, que en árabe significa “la base”, como referencia a las instalaciones militares y campos de entrenamiento para los muyahidines creados en el Afganistán por Bin Laden y la CIA. Después de la retirada de los soviéticos, el término Al Qaeda de base militar específica pasó a significar la base organizativa de las actividades yihadistas.

El efecto de bumerán contra los EE. UU. comenzó en 1990 con la primera guerra del Golfo, cuando los estadounidenses crearon y ampliaron sus bases militares en el Dar al-Islam, muy en particular en Arabia Saudí, que alberga los lugares sagrados y fundacionales del islam. Ese aumento de la presencia militar de los EE. UU. era un anatema para la esencia de la ideología yihadista, a cuyo fomento tanto había contribuido la CIA.

La guerra no provocada de los Estados Unidos en Irak en el 2003 soltó a los demonios. No solo se lanzó la guerra misma basándose en las mentiras de la CIA, sino que, además, iba encaminada a crear un régimen encabezado por los chiies y sometido a los EE. UU. y que era anatema para los yihadistas suníes y los muchos más suníes iraquíes dispuestos a tomar lar amas.

Más recientemente, los EE. UU., Francia y el Reino Unido derrocaron a Muamar el Gadafi en Libia y los EE. UU. colaboraron con los generales egipcios que destituyeron al gobierno democráticamente elegido de los Hermanos Musulmanes. En Siria, a raíz de la violenta represión de las pacíficas protestas públicas en el 2011, los EE. UU., Arabia Saudí, Turquía y otros aliados regionales contribuyeron a fomentar una insurgencia militar que ha lanzado al país a una espiral descendente de caos y violencia.

Esas operaciones repetidas y con frecuencia desastrosas no han producido gobiernos legítimos y ni siquiera una estabilidad rudimentaria. Al contrario, al derribar a gobiernos afianzados, aunque autoritarios, en Irak, Libia y Siria y desestabilizar el Sudán y otros partes de África consideradas hostiles a Occidente, han contribuido en gran medida a avivar el caos, el derramamiento de sangre y la guerra civil. Esa agitación es la que ha permitido al EI conquistar y defender territorio en Siria, Irak y partes de África del norte.

Para derrotar al EI y a otros yihadistas violentos, se necesitan tres medidas.

En primer lugar, el presidente de los EE. UU., Barack Obama, debe poner fin a las operaciones clandestinas de la CIA. La utilización de esta como un ejército secreto de desestabilización tiene una larga y trágica historia de fracasos, ocultos todos ellos a la vida pública por el secreto que cubre a esa agencia. Poner fin al caos causado por la CIA contribuiría en gran medida a cortar la inestabilidad, la violencia y el odio antioccidental que aviva el terrorismo actualmente.

En segundo lugar, los EE. UU., Rusia y otros miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas deben poner fin inmediatamente a sus luchas internas y crear un marco para la paz en Siria. Tienen un interés compartido y urgente de afrontar al EI; todos ellos son víctimas del terror. Además, una acción militar contra el EI solo puede triunfar con la legitimidad y el respaldo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

En el marco de la ONU debe figurar el fin inmediato de la insurgencia contra Asad que los EE. UU., Arabia Saudí y Turquía han alentado, un cese el fuego en Siria, una fuerza militar autorizada por las Naciones Unidas para hacer frente al EI y una transición política en Siria no dictada por los EE. UU., sino por un consenso formulado en la ONU para apoyar una reconstrucción política no violenta.

Por último, la solución a largo plazo para la inestabilidad regional estriba en el desarrollo sostenible. Todo Oriente Medio padece no solo guerras, sino también graves fracasos en el desarrollo: intensificación de la escasez de agua potable, desertización, elevado desempleo juvenil, sistemas educativos deficientes y otros graves bloqueos.

Con más guerras –en particular las encabezadas por Occidente y respaldadas por la CIA– no se resolverá nada. En cambio, un aumento de la inversión en educación, salud, energía renovable, agricultura e infraestructuras, con financiación regional y mundial es la verdadera clave con miras a crear un futuro más estable para Oriente Medio y el mundo.

Jeffrey D. Sachs es profesor de Desarrollo Sostenible y de Política y Gestión de la Salud y director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia. También es Asesor Especial del Secretario General de las Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio. © Project Syndicate 1995–2015

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