Consagrarse a este cometido es la más alta de las dignidades, el mayor de los servicios

 29 noviembre, 2015

En lo que sigue comento algunos temas asociados al meritorio contenido de lo escrito por Óscar Álvarez Araya en el artículo “El ordoliberalismo” ( La Nación, 5/10/15 p. 33A).

Existen distintos tipos de capitalismo, o de sistemas a los cuales se les llama de ese modo. En la literatura especializada se habla de capitalismo de Estado burocrático y dictatorial, capitalismo anglosajón, capitalismo de matriz alemana, capitalismo de empresa, de emprendedores, oligárquicos, mercantilistas, democrático-liberales, de amigos y compadrazgos.

Cabe discutir si estas u otras denominaciones corresponden o no a capitalismos en sentido estricto, pero lo que deseo destacar en esta ocasión es que en el contexto de tal debate adquiere importancia la caracterización del liberalismo o, sería mejor decir, de los liberalismos; de ahí el significado positivo y bienvenido del comentario de Óscar Álvarez sobre el ordoliberalismo, llamado Escuela de Friburgo, que él distingue del liberalismo clásico, y que también se diferencia de la Escuela de Viena, mejor conocida como Escuela Austríaca de Economía, y del anarco-capitalismo.

Escuela de Friburgo y Escuela Austríaca de Economía. Álvarez menciona a Walter Eucken y a Franz Böhm como representantes del ordoliberalismo, pero es obligado referir los nombres de Wilhelm Röpke, Alfred Müller, Alexander Rüstow y Ludwig Erhard, que junto a Eucken y Böhm, configuran el grupo fundador de esta tendencia, y conviene precisar que el ordoliberalismo, si bien se distingue del liberalismo clásico, es en lo fundamental, como ocurre con otras escuelas liberales, su heredero, continuador y enriquecedor, en cuanto acepta el primado de la libertad política y la mayor eficacia de los mercados respecto a la planificación centralizada de la economía.

En el entramado interno del liberalismo, y en correlación con el ordoliberalismo, como he dicho, es básico mencionar a la Escuela de Viena o Austríaca de Economía, donde sobresalen pensadores como Carl Menger, Eugen von Böhm-Bawerk, Friedrich von Wieser, Robert Meyer, Ludwig von Mises, Federico von Hayek, Ludwig M. Lachman, Israel Kirzner y Joseph Schumpeter.

Es en el seno de la Escuela Austríaca de Economía y del ordoliberalismo donde surgen los más contundentes análisis críticos del clasicismo y del neoclasicismo económicos.

Y es también en estas corrientes de pensamiento donde se concibe al capitalismo como una unidad o correlación peculiar del orden socio-económico, jurídico-político y ético-cultural, de ahí la imposibilidad de comprender la lógica de este sistema si se le reduce a solo mercado y dinero.

Representantes de la Escuela de Friburgo y de la Escuela Austríaca han hecho un aporte valioso a las distintas corrientes de pensamiento político y económico, al evidenciar la irracionalidad de un sistema social donde la ciudadanía traslada sus recursos económicos hacia Gobiernos feudalizados por grupos de interés, lo que constituye una de las fuentes de la desigualdad y de la pobreza.

Anarco-capitalismo y Estado sabio. En contraposición a las corrientes dominantes dentro de la Escuela de Friburgo, la Escuela Austríaca de Economía, el liberalismo clásico o el liberalismo conservador de Novak y Weigel, se sitúa el anarco-capitalismo, cuya tesis consiste en afirmar que “el Estado mínimo es el Estado más extenso que puede justificarse”, y que la propiedad privada ilimitada, incondicionada y acumulada por quien pueda acumularla es la fuente de todos los derechos individuales.

En esta línea de pensamiento se sostiene que todo lo que existe en la sociedad y en la naturaleza debe ser privado, y que el Estado debe desaparecer en la privatización universal.

Obsérvese que una visión como la señalada es la antítesis de la sustentada en los planteos estatistas y neoestatistas más extremos, según los cuales la propiedad privada debe desaparecer para dar paso a la socialización universal. Mientras, en el anarco-capitalismo se privilegia la acción individual en los divinos mercados, en los extremismos estatistas la divinización del Estado sustituye a la idolatría del mercado.

Unos proclaman “todo en el mercado, nada fuera del mercado, nada contra el mercado”, mientras otros sostienen “todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.

Lo tragicómico es que en ninguna parte existe o ha existido nada como lo proclamado en estos dogmas, no obstante lo cual emocionan y fanatizan hasta el terror y la violencia.

Cuando las ideas y las emociones caen prisioneras de semejantes tortuosidades mentales es cuando el odio despliega toda su capacidad destructiva, verbal y física. El fanatismo permanece prisionero de ideas tenidas como puras, perfectas y divinas, que en cualquier momento exigen los sacrificios más completos y atroces en el altar de sus ficciones.

Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable –dicen que dijo Voltaire– y que agregó que el fanático pronto puede matar por el amor de Dios. No sé si estas ideas son o no de Voltaire, pero quien sea su autor tiene razón.

Vivir sin fanatismos. En relación con el fanatismo, la Escuela de Friburgo, la Escuela Austríaca de Economía, otras corrientes liberales y el artículo de Óscar Álvarez poseen el mérito de que el odio, derivado predilecto de los fanatismos no tiene cabida en sus aparatos conceptuales.

Este mismo mérito es atribuible a tendencias intelectuales socialistas, socialdemócratas y socialcristianas; pero más allá de cualquier fórmula política debe afirmarse, con toda la pasión y la racionalidad de que se sea capaz, que vivir sin fanatismo y vivir sin odio constituye la fortaleza mayor que puede albergar una vida humana.

La violencia que envuelve al mundo, que envenena las mentes y las emociones de las personas, amargándoles la vida, y que todos los días estalla en insultos, mezquindades, sangre, dolor, divisiones y sufrimientos, tiene su origen en el odio derivado de los fanatismos, en la ignorancia y en la egocéntrica apología de unos intereses en vez de otros.

Vencer al odio sin odio, es este el desafío más importante, la prueba definitiva que la vida y la historia imponen al espíritu humano. Consagrarse a este cometido es la más alta de las dignidades, el mayor de los servicios, la más profunda libertad y la más alegre de las alegrías.

El autor es escritor.