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Zhivago ‘eclipsante’

Actualizado el 22 de abril de 2017 a las 10:30 pm

Combatientes de papel libraron, en este pequeño país de Centroamérica, una breve batalla

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Zhivago ‘eclipsante’

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Durante las últimas décadas, el estudio de la Guerra Fría (1945-1991) se ha desplazado de los asuntos políticos, militares y diplomáticos a la investigación de otras dimensiones de ese conflicto, en especial en la esfera de la cultura.

En términos culturales, Estados Unidos y la Unión Soviética compitieron implacablemente por dominar los corazones y las mentes del resto del planeta mediante becas, ayuda internacional para universidades, bibliotecas y otras entidades afines, y promoción, distribución y comercialización de diversos tipos de literatura, música, arte y cine.

Fue en este contexto que, el 21 de mayo de 1966, los comunistas costarricenses denunciaron que en la Universidad de Costa Rica (UCR) se había “venido ordenando la destrucción sistemática de los libros que le llegan de diversas universidades de la Unión Soviética. En esta forma parece que han sido incinerados miles de libros científicos: unos sobre medicina, sobre matemáticas, física, química, etc.”.

Aunque por el momento no es posible determinar si efectivamente se quemaron miles de obras, a los comunistas sí les interesaba abrir nuevamente un mercado para los textos soviéticos en Costa Rica. De hecho, en la década de 1940 impulsaron un proyecto de este tipo, el cual finalizó tras la guerra civil de 1948. Dieciocho años después, estaban listos para volver a intentarlo.

Protesta. El 26 de mayo de 1966, La Nación publicó en primera plana una noticia atinente a actividades comunistas en la UCR.

La denuncia fue presentada ante el Consejo Universitario el 24 de mayo por un grupo de estudiantes que manifestaron su “más enérgica protesta” porque en los salones de la Facultad de Medicina tenía lugar una exhibición de libros soviéticos.

Tal exposición, según los denunciantes, era aprovechada por militantes comunistas para tratar de confundir al estudiantado y al público general con ideas contrarias a la fe y a las tradiciones costarricenses. Además, criticaron que la exhibición no incluía “a autores rusos premios Nobel como Boris Pasternak y muchos otros” que se habían “atrevido a escribir la verdad sobre la vida de su país”.

Finalmente, los estudiantes sugirieron que la exhibición podía ofender a instituciones como la Universidad Estatal de Luisiana, a los encargados de la Alianza para el Progreso y al propio gobierno de Estados Unidos, cuya cooperación había resultado fundamental para el desarrollo de la carrera de Medicina en el país (inaugurada en 1961).

México. Ese mismo día, al ser entrevistado por un periodista de La Nación, el rector de la UCR, Carlos Monge Alfaro, explicó que en la exhibición no se habían colocado banderas rojas con la hoz y el martillo. Aunque reconoció que efectivamente algunos estudiantes habían distribuido propaganda de una editorial rusa, aclaró que esos materiales carecían de los tradicionales símbolos comunistas.

Según Monge, el Consejo Universitario autorizó la exhibición porque debíamos “penetrar en el pensamiento político y filosófico de cualquier nación”, aunque como en aquel “caso sea diametralmente opuesto al nuestro”.

“Además en la exposición se exhiben volúmenes de física nuclear, biología, etc., en cuyas ramas los soviéticos están muy avanzados y cuyas teorías debemos conocer”, afirmó.

Al finalizar la entrevista, el periodista preguntó cómo fue que la exposición llegó a Costa Rica y si en su implementación había intervenido algún organismo nacional o extranjero, a lo que Monge respondió: “El agregado comercial soviético en México entró en contacto con la Facultad de Ciencias y Letras y la exhibición se llevó a cabo”.

Editorial. La explicación de Monge no satisfizo al editorialista de La Nación, quien en la edición del 27 de mayo criticó la exposición porque excluía a los autores opuestos al régimen soviético. Además señaló que una actividad de este tipo resultaba insuficiente para conocer el sistema político y social comunista.

Igualmente, el editorialista indicó que la exhibición había sido utilizada como un instrumento propagandístico por quienes “no cejan un solo instante en sus afanes de penetrar medios que consideran necesario infiltrar”. Si bien este era apenas un pequeño avance, podía traer consecuencias más graves y profundas.

Para el editorialista, la UCR se había distinguido en América Latina por exceptuarse de una politización creciente; en contraste, “la gran mayoría de esas universidades de nuestro continente” se habían convertido “en focos de agitación política, de subversión muchas de ellas e incluso reductos francamente comunistas”.

Respuesta. El Consejo Universitario respondió al editorial de La Nación el 2 de junio con la infaltable mención de las obligaciones que le imponía el Estatuto Orgánico, en particular la de dar la mejor educación posible a los estudiantes y prepararlos para enfrentar los desafíos del “drama histórico que caracteriza a todos los pueblos del mundo, sean estos de Asia, de África o de cualquiera parte de la tierra”.

De seguido, el Consejo indicó que en la UCR “los jóvenes tienen sus propias ideas y pertenecen a distintos grupos políticos”. Frente a esto, los profesores lo único que podían hacer era respetar esas creencias y tratar de orientar a los estudiantes “hacia el desarrollo de una concepción democrática de la vida”.

Por último, el Consejo reconoció que en la UCR había estudiantes comunistas, “que siempre los ha habido y que los habrá, pues la Universidad no cierra las puertas a ningún costarricense por las ideas políticas o religiosas que tenga o cultive. Hay comunistas como los hay en el país, y, posiblemente, en la misma proporción”.

Moscú. Casi un mes después de la respuesta del Consejo, Enrique Benavides, en la edición de La Nación del 28 de junio, se refirió al comentario que le envió un lector, en el que preguntaba si se tenía noticia “de la fecha en que en Moscú se abrirá una exposición del libro costarricense”, ya que si había “equidad en las relaciones extraoficiales” que algunos habían establecido con la Embajada soviética en México”, esa exposición del libro tico debía inaugurarse en el curso de ese año.

Benavides aprovechó la consulta para criticar a “los amigos de la dictadura roja”, de quienes indicó que solían ser acérrimos defensores de los principios democráticos en Occidente, mientras que justificaban su negación en el bloque soviético.

En respuesta a lo publicado por Benavides, la Asociación de Padres de Estudiantes Becados en Países Socialistas propuso, el 2 de julio, organizar efectivamente una exposición de esa índole en Moscú, con base en los libros ya traducidos al ruso de Carlos Luis Fallas y de otras obras costarricenses existentes en las bibliotecas soviéticas.

Zhivago. La polémica por la exhibición de libros soviéticos pudo tener un contexto más amplio y complejo. Hacia abril de 1966, la Metro Goldwyn Mayer acordó, al parecer a petición del gobierno entrante de José Joaquín Trejos Fernández, que el estreno latinoamericano de la película Dr. Zhivago se efectuaría en San José el 23 de junio, a beneficio del asilo Carlos María Ulloa.

Tras su publicación en 1957, la novela de Pasternak, primero, y la película basada en ese texto, después, se convirtieron en instrumentos fundamentales en la lucha contra el comunismo. Precisamente por su potencial anticomunista, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos publicó la primera versión en ruso del Dr. Zhivago y la distribuyó clandestinamente en la Unión Soviética.

¿Fue la exposición de libros en la Facultad de Medicina de la UCR un intento de contrarrestar, en alguna medida, al estreno de esa película en Costa Rica al exhibir una muestra de toda esa literatura soviética que había sido eclipsada por el Dr. Zhivago?

La información por ahora disponible no permite responder a esa pregunta, pero independientemente de si la exposición de libros y el estreno de la película estuvieron directamente relacionados, su coincidencia en el tiempo se constituyó en un episodio más de esa dimensión cultural de la Guerra Fría en la que los combatientes de papel libraron, en un pequeño país de Centroamérica, una breve batalla.

El autor es historiador.

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