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Zarandeando el síndrome del niño sacudido

Actualizado el 10 de junio de 2014 a las 12:00 am

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Zarandeando el síndrome del niño sacudido

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Con respecto al artículo publicado en Foro de La Nación, el pasado 5 de mayo, intitulado “Sacudiendo el síndrome del bebé sacudido” suscrito por la Dra. Wayne Squier, neuropatóloga pediátrica de Oxford, resultan preocupantes las afirmaciones simplistas que en él se emiten por el hecho de que podrían ser utilizadas para defender a padres o cuidadores que agreden a la población infantil más vulnerable e indefensa de nuestro país.

Hay una serie de inconsistencias en el mencionado texto que no pueden pasarse por alto y favorecer la descalificación de este síndrome, que ha sido descrito e investigado exhaustivamente en la literatura médico-científica mundial desde hace 40 años.

Errores. El primer y más grave error es considerar que está constituido, como lo sugiere la autora, únicamente por la tríada (conjunto de tres síntomas o signos) de sangrados en la parte posterior del ojo (hemorragias retinianas), hemorragia de las membranas de recubrimiento cerebral (hematoma subdural) e inflamación del cerebro (edema).

El segundo error es que, a pesar de que la Dra. Squier tiene formación en neuropatología pediátrica, su currículum no menciona estudios formales en medicina legal o patología forense lo cual, además de limitar la visión que tiene de este problema, la lleva a catalogar de forma temeraria y sin ser experta en la materia que este tipo de agresión es una “hipótesis médico-legal científicamente no comprobada”.

Ojalá fuera tan sencillo el diagnóstico de muerte por síndrome del niño sacudido que propone la autora, basada únicamente en una tríada de hallazgos morfológicos. Dichosamente, la formación médico-legal le permite al perito responsable de un caso de estos tener una visión mucho más integral.

Por ejemplo no se menciona en ningún apartado la historia clínica o médico legal que, con circunstancias como la tardanza en buscar atención médica por parte de los padres o cuidadores del niño, se levantan altas sospechas de que el trauma no fuera accidental, sino provocado.

No nos habla de que la edad en que se produce este Síndrome (generalmente por debajo del primer año de vida) coincide con el periodo de crisis de llanto incontrolable de los lactantes, que aparece entre las cuatro semanas y los seis meses. Esto, en casos bien documentados, ha constituido el principal estímulo para que los padres o cuidadores sacudan violentamente a un niño con el fin de silenciarlo, cuyas proporciones anatómicas (cabeza más grande en relación con el cuerpo) y características fisiológicas (inmadurez del cerebro y de los músculos del cuello) hacen que el trauma secundario a este movimiento de aceleración y desaceleración súbita y repetitiva sea mucho más grave de lo que podría constituir su equivalente en un adulto.

No señal, tampoco, que en una autopsia médico legal y en un examen neuropatológico forense deban investigarse a fondo todas las lesiones que se encuentren, determinar por métodos validados científicamente si tienen diferentes tiempos de evolución y, de esta manera, concluir que el abuso existió y que ha sido recurrente.

Es omisa en explicar que, para que se produzca una muerte por este síndrome, no basta únicamente el hematoma subdural, las hemorragias retinianas o el edema cerebral, sino que hay lesiones que justifican mucho más objetivamente la pérdida de conciencia casi inmediata en la que estos bebés entran después de una sacudida violenta, como la ruptura de fibras nerviosas en la unión del cráneo y la columna vertebral (daño axonal traumático en el bulbo raquídeo o en la médula espinal alta) o en otras zonas del cerebro; o las laceraciones que se producen en este órgano por su inmadurez y mayor proporción de agua que su contraparte adulta (desgarros contusionales por diferencia de densidad entre la sustancia gris y la sustancia blanca).

Signos y alerta. Las lesiones anteriores, capaces de provocar la muerte en un niño menor de un año, el cual ingresa con una historia que no corresponde con la magnitud del daño y que no tiene lesiones externas, no puede ser atribuida a una caída o a una precipitación de baja altura (como habitualmente señalan los padres: de la cama, de un sillón o cuando los tenían alzados) y mucho menos producirse espontáneamente. Entonces, a menos que se trate de un accidente de tránsito con un componente de alta velocidad, que obviamente estaría bien documentado, ¿cómo explicaría la Dra. Squier o cualquier colega que quiera responder a esta pregunta, la aparición repentina de este tipo de lesiones?

Los signos que menciona la autora en su artículo son, al igual que la hemorragia en el canal de la médula espinal del cuello (hematoma epidural de la unión cráneo cervical) y las hemorragias de los músculos que sostienen la cabeza, lesiones que habitualmente no son capaces de producir la muerte; pero, si están presentes en un contexto de abuso con otros hallazgos más graves como los que se han mencionado, apoyan el diagnóstico definitivo.

Si por el contrario estos signos menores aparecen aislados o asociados con otras causas pues, como bien insiste en el artículo, no son exclusivos del síndrome del niño sacudido, el indefenso ser que no es capaz a su edad ni siquiera de expresarse con lenguaje merece que sean investigados con objetividad y profesionalismo.

No conozco cómo funciona la Administración de Justicia allá donde resida la Dra. Squier. En Costa Rica, la ciudadanía debe estar tranquila porque a raíz de un hallazgo de la triada, que expone la autora, nunca se va a perseguir y mucho menos condenar al responsable de cuidar a un lactante.

Finalmente, más que confrontar y zarandear el artículo de marras, sería más importante que el mensaje final a los lectores sea el que el hecho de sacudir a un bebé por cualquier razón tendrá graves consecuencias que van desde deficiencias neurológicas leves hasta la muerte y que aunque ellos, por su corta edad, no puedan ni siquiera hablar, siempre existirán profesionales y autoridades que investigarán y llegarán hasta las últimas consecuencias para defenderlos.

Maikel Vargas Sanabria, especialista en medicina legal, anatomía patológica y neuropatología forense.

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